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Una posible traducción de The Souffleur remite a la figura del apuntador, aquel que en el viejo teatro les soplaba a los actores los pies del texto desde el foso. En el film de Gastón Solnicki, Willem Dafoe encarna a ese tipo de personaje que conoce una obra completa y se mueve tras bambalinas. En este caso es Lucius, un gerente que sabe cómo funciona esa maquinaria monumental que es el hotel Intercontinental de Viena. Solo que, ante la huelga del personal y la inminencia de su venta, necesita dejar las sombras y salir a escena. Ya no alcanza con dirigir (o apuntar), ahora debe actuar y sumar roles a sus tareas habituales, ya sea regar la pista de hielo o recibir pasajeros. El corte y el montaje reúnen, entonces, escenas discontinuas que se imponen al tiempo progresivo y cronológico. En su lugar, el relato es como un prisma —cuyas aristas podrían ser infinitas— captando un presente desde diversos ángulos: el momento en que Lucius, con cierta ansiedad, percibe cómo todo está por cambiar.
Las películas sobre hoteles podrían conformar un género, e incluso las de hoteles grandes e inquietantes podrían ser un subgénero en sí mismo. Solnicki exhibe aquí esa inmensidad con varias secuencias en las que el protagonista camina por largos pasillos interiores. Es que vemos el hotel Intercontinental desde adentro y desde afuera, en los sótanos y en la terraza, en los rincones y en los amplios exteriores. Se trata de un lugar prácticamente vacío y un poco en decadencia, como si fuera una mole fantasmal de un tiempo ya cerrado. Mientras su dueño, fuera de campo, acuerda la venta con un empresario argentino (Solnicki, en su rol de actor), Lucius sostiene toda la carga histórica del edificio, que es también la de la ciudad.
Viena aparece en el archivo documental que se cruza en blanco y negro —decenas de chicos patinando en el hielo— y en sus monumentos musicales —planos fijos a las tumbas de Ligeti y de Schoenberg—. En suma, es la convivencia del presente con la historia y con el futuro, la duración, como esas otras escenas estáticas que presentan movimientos imperceptibles: un soufflé que lentamente se infla y crece, o un fragmento de agua que poco a poco se congela para renovar el hielo de la pista de patinaje. Pero también conviven lo mínimo y lo máximo: un tablero diminuto en el que padre e hija juegan ajedrez y un motor gigantesco que, en alguna zona indeterminada del hotel, se niega a funcionar, hasta que arranca e inunda triunfal con su estruendo el plano completo.
Y, por supuesto, conviven las personas, esos pocos empleados que todavía permanecen en sus puestos y entran de a uno o de a dos en cuadro para solo pararse y permanecer ante la cámara en silencio, totalmente expuestos, como si estuviéramos ante uno de los Screen Tests de Andy Warhol.
Rodada en Viena, narrada en inglés, con un consagrado actor de Hollywood como protagonista, The Souffleur tiene, sin embargo, muchas referencias argentinas: un chiste para argentinos (los soberbios que nos creemos europeos); una breve escena del chef Fernando Trocca; el empresario argentino intentando jugar —mal— al tenis mientras da saltitos a lo Vilas antes del saque; el cruce entre música culta y música popular: Martha Argerich, presente a través de la actuación de su hija, Stéphanie, y la cumbia de Damas Gratis que suena en una fiesta y en los títulos del final. Aunque quizás lo más argentino sea el tono nostálgico, esa melancolía del gerente, que siente que el hotel es su casa y le da sentido a su vida, pero también la del empresario, quien había pasado allí parte de su infancia. En el cruce, la paradoja neoliberal, que, ya no por nostalgia sino en nombre del capital, justifica con el impulso de la modernización todo lo que deja afuera: vidas, historias y tradiciones.
The Souffleur (Argentina/Austria, 2025), guion y dirección de Gastón Solnicki, 78 minutos.
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