El año en Otra Parte
Con ecos de la “trilogía de Oslo”, Valor sentimental se abre con una vista panorámica de la ciudad, pero la cámara vira muy pronto a una típica casa noruega de madera pintada, la rodea, se acerca a las ventanas y a la superficie rugosa de las paredes, como si rondara el misterio de la saga familiar que Joachim Trier está a punto de desovillar. También en Reprise (2006), Oslo, 31 de agosto (2011) y La peor persona del mundo (2021), los exteriores luminosos y el aterciopelado folk-jazz de la banda sonora mitigaban la melancolía de los interiores, y es quizás con ese contraste de tonos y atmósferas que el cine de Trier consiguió darle nuevo brillo a la atormentada tradición escandinava. Aunque en sus películas no faltan la depresión, las crisis de identidad o los intentos de suicidio, los dramas existenciales de Ibsen o Bergman, la intensidad emocional de Dreyer o Munch se atemperan con la sutileza expresiva de Bresson, la frescura desprejuiciada de la nouvelle vague y hasta con chispazos del humor de Woody Allen. Pero si en la “trilogía de Oslo” Trier ceñía el foco al drama de un personaje —interpretado con melancolía sublime por Anders Danielsen Lie en Reprise y Oslo, 31 de agosto, y con un arco voltaico de emociones por Renate Reinsve en La peor persona del mundo—, el bastidor narrativo de Valor sentimental, Gran Premio del Jurado en Cannes, es más ambicioso. Una red densa de relaciones familiares puebla poco a poco la casa del comienzo, teatro de cámara de los dramas íntimos que dejaron huellas en el presente —muertes, separaciones, abandonos—, pero también de la memoria histórica que alcanza a los años del nazismo. Una voz en off y algunos flashbacks revisitan el pasado, pero solo como un vertiginoso recap antes de llegar al nudo de la trama, la vuelta de un padre ausente, Gustav Borg (Stellan Skarsgård), director de cine de culto que hacia el final de su carrera busca reconciliarse con las dos hijas que han enfrentado el vacío, cada una a su manera. La mayor, Nora (Renate Reinsve), brilla como actriz de teatro pero lidia con la depresión y la soledad (en una secuencia extraordinaria, un ataque de pánico la paraliza antes de salir a escena), mientras que Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), la menor, ha conseguido en cambio sobreponerse y está dispuesta a reconciliarse.
El drama familiar y el film dentro del film en el que deriva la vuelta del padre no son nuevos en el cine, pero lo que verdaderamente cuenta son los primeros planos con que Trier acompaña pacientemente los sentimientos cambiantes a medida que los rostros los delatan. En el primer encuentro a solas con Nora, Gustav le propone protagonizar su próxima película, un guion que dice haber escrito para ella; Nora, todavía dolida por la ausencia del padre que ni siquiera ha ido a ver sus obras de teatro, se niega. “Ese tipo de cosas, sin imágenes, no son para mí. Nunca se ve realmente el rostro. No se ven los ojos”, dice Gustav tratando de justificarse, y su defensa del cine frente al teatro se lee como una declaración de principios del propio Trier. En sus dilatados primeros planos los sentimientos se desnudan a menudo sin palabras, mudan, se agolpan hasta el rubor o los ojos empañados, en una intimidad que rehúye el sentimentalismo con una proximidad de los cuerpos que sin embargo sigue entrañando distancia. El rostro severo de Gustav, tenso entre la suficiencia y la culpa, puede esbozar una media sonrisa al cabo de unos segundos, y la expresión desafiante de Nora, entre resentida y provocadora, se demuda cuando se sonroja o deja escapar una lágrima, como si el cine registrara hasta la más mínima expresión de los sentimientos con un grado de realismo que le está vedado al teatro. No sorprende entonces que Trier admire a su contemporáneo noruego, Karl Ove Knausgård, que se admiren mutuamente, y que hasta se hayan reunido en un documental sobre Munch, El otro Munch (2018). Como en las novelas de Knausgård, en las películas de Trier abundan la tristeza, la melancolía y el llanto, pero se llora sin melodrama.
De ahí que el final de Valor sentimental quizás sorprenda a los cultores de la tragedia o la negrura nórdica. No todos los dramas familiares son insalvables. Puede que algo nunca alcance a ser dicho cara a cara, pero el arte, piensa Trier, puede intentarlo, como quien da un oportuno rodeo o toma un atajo.
Valor sentimental (Noruega, 2025), guion de Joachim Trier y Eskil Vogt, dirección de Joachim Trier, 135 minutos.
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