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Wormwood

Errol Morris

CINE y TV

Un consabido dilema epistemológico dicta que intentar ahondar en el conocimiento de algo no lo desnuda, lo multiplica: es la tan impotente como provechosa lección con que la miniserie de docuficción Wormwood se obsesiona hasta el regodeo, debatiéndose entre la investigación bienintencionada y la fascinación turbia del thriller paranoico. La creación para Netflix del veterano y respetado Errol Morris escarba con ánimo concéntrico y corrosivo en el caso de incidencia pública pero resolución secreta de la muerte del científico militar Frank Olson, quien cayó de un alto piso de un hotel neoyorquino el 28 de noviembre de 1953. Las hipótesis de la precipitación, que variarán de acuerdo con las décadas y los procedimientos inquisitorios, y que denuncian un fresco de raigambre política, son deslizadas en cuentagotas en cada episodio por Morris con la connivencia de un pequeño elenco —Peter Sasgaard encarna al químico en torturadas sesiones de caída al vacío— y entrevistas a personas verídicas entre las que destaca casi en exclusividad Eric Olson, el hijo de la víctima, quien hizo del enigma conspirativo su personal abismo.

Las primeras indagaciones, realizadas en la década de 1970 por la Comisión Rockefeller en su escrutinio de la CIA, revelan que Olson se encontraba bajo los efectos del LSD en calidad de cobayo de un experimento asociado a métodos de interrogación (el proyecto Artichoke, antecesor del MK-Ultra sobre control mental), versión que vehiculiza el periodista Seymour Hersh, contactado por los Olson. Pero nuevas y estremecedoras vueltas de tuerca, que incluyen una exhumación oficial del cadáver con fines forenses y un testimonio de último momento a cargo del mismo Hersh —en virtud de un “Garganta Profunda” con acceso a expedientes indómitos—, sugieren lo temido: la carátula ya no es suicidio inducido sino simple y llana ejecución, un homicidio burocrático planificado por la central de inteligencia estadounidense ante un agente disidente que sabía demasiado —de drogas, torturas, armas biológicas— en épocas recelosas y letales de Guerra Fría.

El cristal de la ventana atravesada por el cuerpo de Olson se resquebraja en sintonía con una nación, una familia y su descendiente, quien significativamente abandona su afición por el collage a cambio de un rompecabezas de piezas incompatibles que son también su historia hecha añicos. El trauma irreparable de Olson hijo es el motor narrativo-compulsivo de Wormwood, título de origen bíblico y shakesperiano de connotaciones amargas —es el término que pronuncia Hamlet carcomido por los efectos de la traición venenosa— e irreversibles: ni él ni Hersh ni Morris ni el espectador ni nadie sabrán qué ocurrió en aquella habitación hace más de medio siglo (“nunca sabrás lo que pasó en ese cuarto”, le recrimina a Eric su madre a modo de mantra admonitorio), incluso cuando los indicios y las evidencias están ahí (“un marco sin pintura”, señala un personaje).

Wormwood marca un desplazamiento del documental formalista de Morris —de recursos condensados en su obra maestra The Thin Blue Line (1988), que desentraña un hecho específico y de magnitudes sociales con hibridez, elipsis, repeticiones, detalles arty y coqueteos de género— hacia una reflexión sobre el acto mismo de buscar, de saber, de comprender, y en esa suerte de posverdad hitchcockiana la serie se repliega al borde del soliloquio, la osadía y la desintegración.

 

Wormwood, guión de Kieran Fitzgerald, Steven Hathaway y Molly Rokosz, dirección de Errol Morris, Netflix, 2017, 6 episodios.

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