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El declive

Osamu Dazai

OTRAS LITERATURAS

Reeditan El declive, escrito y aparecido en 1947, en la posguerra de una sociedad devastada. El relato desarrolla un estilo típico de escritores japoneses para mantenerse vivos en sus tradiciones. La voz narrativa las acepta como herencia valiosa (la obra abunda en detalles que marcan la adherencia a modos antiguos de ser y estar) para, a continuación, destriparlas y, por fin, remozarlas.

La novela se titula Mappô: (; まっぽう), término que abre a tres direcciones: putrefacción, derrumbe y acritud. Mappô señala la adulterada tercera edad del budismo, cuando se desploma el Dharma (lo real). La degeneración fatal de todo lo creado (el Zen la reorienta en modo positivo) es la coartada de Dazai para proponer un brillante ejercicio de desapropiación-reapropiación de la tradición japonesa ilustrada.

Simula ser un libro autobiográfico (lo avalan personajes, costumbres y escenarios). Pero el vector de esta crítica a la aristocracia (de la que Osamu formó parte) es lanzar un alarido soberano en el silencio de su mundo, enfermo de cobardía. Dazai reorienta el karma nipón del fracaso vital: al final la joven Kazuko espera un hijo que será, a la vez, bastardo y libre.

Una familia tokiota languidece tras la muerte del padre y la derrota militar. Su crónica nos llega mediante una trama a dos voces. Principal es la de Kazuko, separada, de veintinueve años, ligada a su madre por lazos indestructibles: enamorada de quien considera “la última aristócrata de Japón”, devuelve una servidumbre filial inimaginable para un no japonés. La segunda voz, Naoji, adquiere doble presencia: la joven descubre diarios y cartas tras el suicidio del hermano menor; la intervención del chico arma el relato de Kazuko. Las voces se entrelazan y dibujan el viaje familiar a la destrucción y a un nuevo comienzo (en la novela, hakai —la destrucción— se torna shinsei —renacimiento—).

El asunto central del relato es construir atmósferas usando una escritura precisa, refinada, trufada de referencias al pasado vernáculo e, igualmente, a tetsugaku (saber occidental): de la Biblia a comer con cubiertos, pasando por Rosa Luxemburgo y Monet. La lengua es prenda de distinción social y hasta moral. Ayer y hoy, en Japón lo aristocrático se prueba mediante el uso de la palabra: Dazai reitera una convicción que existe desde Murasaki Shikibu (siglo XI) hasta Mishima y Kawabata. Estos dos lo consideraron un referente en materia de vida literaria (e incluso de muerte literaria: también se suicidaron).

La novela cuenta los meses transcurridos entre la mudanza de una madre y sus hijos desde el hogar familiar a una casona de la península de Izu, al oeste de Tokio. Izu (nueva guiñada al lector) es el balneario de numerosas historias literarias japonesas, de Tanizaki a Yoshimoto, y de nuevo Kawabata o Mishima.

El relato detalla una exposición de atrocidades: incendio, desamparo, desazón, abandono, decadencia progresiva y la consiguiente infelicidad. Un declive social, anímico y corporal quiere exterminarlos. Lo viven como aniquilamiento: “La destrucción es trágica, triste y hermosa al mismo tiempo. El sueño de destruir, reconstruir, consumar… Es posible que después de la destrucción nunca llegue el día de la consumación, pero aun así tengo que destruir por amor. Debo desencadenar una revolución”. La de Kazuko consistirá en “enfrentarse a la vieja moral” de rangos, herencias y apellidos, engendrando un hijo sin dote ni linaje.

 

Osamu Dazai, El declive, traducción de Marina Bornas, Sajalín Editores, 2017, 148 págs.

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