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A propósito de la reseña de Evelyn Galiazo sobre «Derrida», de Benoît Peeters

CORREO DE LECTORES

Evelyn Galiazo, en su reseña de la biografía de Derrida, reconoce que el autor consiguió «producir una herramienta necesaria y además entretenida», pero observa que «carece del misticismo y del amor que el biografiado inspira en sus lectores». Lo del misticismo me recuerda a esos términos del periodismo deportivo que, como la «actitud» que se le reclama a los jugadores de fútbol, son de una vaguedad que bien le cabe a la cocina, a una biografía de Derrida o a una empresa de calzado deportivo. En lo que respecta al amor, parece un reclamo de una presidenta de club de fans. Creo que como el autor ha señalado, encaró su tarea con gran pasión y fundamentalmente con un compromiso con el filósofo que le permiten, con la perspectiva adecuada y un relevamiento impecable de las fuentes, recuperar y desplegar el marco en el que «nacieron muchas de las ideas más potentes de la filosofía contemporánea».

Horacio Zabaljáuregui, 3 de junio de 2013

 

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La brevedad de una microreseña exige un grado de concisión que obliga a obviar ciertos presupuestos, sobreentendidos para el especialista pero tal vez menos evidentes para lectores poco familiarizados con determinado autor. Aclaremos, entonces, que tanto el misticismo como el amor son dos categorías filosóficas fuertes de la obra de Jacques Derrida. El primero de estos conceptos, que se inscribe en la estela de una vieja preocupación por las teologías negativas, es una de las claves fundamentales para comprender el mesianismo derridiano al que tantas páginas le dedican en la actualidad los teóricos de la filosofía política. Por otra parte, y dicho sea de paso, no olvidemos que “amor” es uno de los componentes semánticos del término, heredado  de la época clásica, con el que todavía hoy seguimos designando esa práctica compleja que llamamos “filosofía” a falta de otro nombre mejor. Lejos de ser una categoría sentimental, para Derrida, el amor –como también la justicia– constituye el modo en que nos relacionamos con el otro, siempre inaprensible, en su absoluta alteridad. Por eso, como dice él mismo en una entrevista de 1992, “La deconstrucción no va nunca sin amor” [J. Derrida, “Le presque rien de l’imprésentable” en Points de suspension. Entretiens, choisis et présentés par Elisabeth Weber, París, Galilée, 1992, p. 89].

Evelyn Galiazo, 5 de junio de 2013

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