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A propósito de «Luzazul», de Marcelo Delgado y Emilio García Wehbi

DISCUSIÓN

La ópera de cámara o teatro musical les debe a Marcelo Delgado y Emilio García Wehbi su genealogía más potente en la Argentina. En un país donde las obras casi nunca se reexponen, el compositor y el director y dramaturgo decidieron fundar una tradición sobre la base de la reincidencia. En los últimos trece años han realizado Sin voces (1999), Ana O (2004), El Matadero: un comentario (2009), El aparecido (2010) y, recientemente, Luzazul. Podríamos pensar el palíndromo de este último título en términos programáticos: un ida y vuelta entre música y teatro que genera sus propias equivalencias, un ejercicio de horizontalidad, una ética de trabajo. Las obras han producido un espacio de reflexión sobre el propio campo y las contingencias que lo asedian. Funcionaron, en algunos casos, como una caja de resonancia política, sin renunciar nunca a las instancias de exploración formal. Este doble carácter ha provocado una curiosa reacción esteticista con El Matadero: un comentario. Se estrenó hace cuatro años, en plena efervescencia de la hipérbole agropecuaria. La incomodidad de parte del público y la crítica fue evidente. Prefirieron escucharla solo en clave de la música absoluta (despojada de soporte textual). Todo aquello que rezumaba a crítica sobre el presente (a “comentario”) fue sentido como un llamado a “tomar partido”, un atentado, en definitiva, contra las aspiraciones autónomas de la esfera musical, tan refractaria a introducir estos conflictos.

El problema volvió a presentarse con Luzazul. A mediados de marzo, mientras la ensayaban, Jorge Bergoglio fue entronizado papa. Una buena parte de la Argentina se volvió pía. El senador Aníbal Fernández reconoció, en medio de ese frenesí confesional, que la existencia de un pontífice peronista obligaba a olvidarse de una ley que despenalice el aborto. Dos semanas más tarde, se presentaba en el Centro Experimental del Teatro Colón (CETC) esta notable obra basada en Tres mujeres, de Sylvia Plath. El libreto respetó la estructura del poema dramático, pero cambió los nombres de las protagonistas por Cama #1, #2 y #3, con toda la carga que tiene esta operación de crítica al discurso clínico-hospitalario. Ellas (la soprano Graciela Oddone y las actrices Maricel Álvarez y María Inés Aldaburu), inmaculadas, casi estáticas, con mínimos desplazamientos sobre la escena, se enfrentan a tres posibilidades frente al embarazo: parir, abortar o dar a luz para luego sacrificar a su hijo, en respuesta a la violencia producida por el mandato masculino. Las voces glosan a Plath y a las brujas de Macbeth, discuten sobre el estatuto del canto (el “aria” más bella y estremecedora quedó a cargo de Álvarez y no de Oddone, todo un programa se entrevé allí). Sus imágenes son intervenidas en el video, infantilizadas: un pixelado que termina por subrayar el espesor de las palabras. Delgado diseñó una orquesta peculiar: arpa, violín/viola, flautas, percusión y clarinetes. El registro es, por lo general, medio-alto. Como si en ese juego de texturas, de un gran refinamiento, se pusiera en juego una división del trabajo dramático. Lo “grave” estaba a la vista, para ser dicho por el cuerpo de Cama #1, #2 y #3. La obra se ancla en el nombre de Romina Tejerina, la joven que, en junio de 2005, fue condenada a catorce años de prisión por el asesinato de su hija, producto de una violación sexual. “Yo también daré a luz cadáveres / Me agrieto con el mundo / No hay milagro más cruel que este / La vida derramada se coagula”, se dice. Pocas veces el CETC ha asistido a una obra de tanta potencia. Arriba de la sala menor, la que se dedica a la “experimentación”, anexo al gran teatro, hay una plaza. Plaza Vaticano, se llama. Al concluir Luzazul, muchos la cruzaron quizá sin advertir que habían presenciado una de las pocas expresiones de malestar cultural e involuntaria refutación del país amarillo y blanco.

 

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