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Sobre la figura del arrepentido

DISCUSIÓN

Todo lo estructuralmente necesario acontece. Por ejemplo, la derecha tenía un lugar previsto para la voz y el ejemplo de un arrepentido de la izquierda. Al decir lo mismo que la derecha, pero desde adentro, este cumple un papel propagandístico invaluable. Que su diagnóstico del presente y su propuesta sean disparatados e inútiles poco importa: la lucha es por el pasado. El que viene a cumplir este servicio –ex comunista, ex montonero, actual jubilado luego de una activa vida académica en Brasil– es Héctor Ricardo Leis, autor de Un testamento de los años 70. Terrorismo, política y verdad en Argentina (Katz, 2013).

Leis se propone desmontar la visión valorativa de la militancia de los setenta y la represión ilegal con el fin de restarle legitimidad al actual elenco gubernativo. Acumula de manera bastante laxa testimonios personales –que, luego de libros como el de Pilar Calveiro, apenas provocan vergüenza ajena, no por las anécdotas narradas, sino por el insoportable tono de “yo ya la pasé” con que son expuestas: Leis no sabe, como sí sabía Thomas Bernhard, que el horror no tiene fin–, rápidos resúmenes de la historia argentina desde 1814, críticas a la ética y a la estrategia de los montoneros –usuales en los ochenta y muy difundidas por medios de prestigio dentro de la cultura de izquierda–, explicaciones interdisciplinarias que buscan sondear la subjetividad de Montoneros y Fuerzas Armadas a partir de conceptos como “generación” y “resentimiento”, apelaciones de explícito tenor religioso al perdón, la confesión y la reconciliación y una propuesta totémica: una lista alfabética con los nombres de todas las víctimas del accionar armado entre 1966 y 1983. Se pueden amontonar críticas puntuales: los repasos históricos adolecen de cierta inexactitud y de cuantiosas omisiones que coluden en el gesto patético de considerar la historia argentina como “tragedia”; el recurso al concepto de generación, según el cual la última que merece tal nombre sería la de los sesenta, no logra explicar, sin embargo, las transformaciones en todos los aspectos de la vida privada y pública acaecidas luego del 83, con lo cual demuestra su carácter inservible; el resentimiento sería primero un rasgo de los vencidos, desde Facundo Quiroga hasta las masas peronistas, pero también confusamente de los vencedores, desde Uriburu hasta Videla; frases tan contundentes como “Y a pesar de haber sido demoníaca e ilegal, a pesar de haber llegado a extremos a los cuales la guerrilla nunca llegaría, la lucha de la dictadura contra la subversión fue legítima”, que ameritarían, aunque más no fuera para iluminar con la verdad un sentido común tan deformado como lo describe Leis, una moderada explanación, se dan por demostradas con un simple “Este juicio no es una mera opinión: por detrás está la tradición política y democrática occidental”. Cosa de la que, dados los pergaminos de Leis, no nos atrevemos a dudar, pero que les da algo de razón a los que proponen tirar la tradición occidental a la basura.

Leis cree que al haber castigo sólo para los crímenes de la dictadura, la Argentina puede caer en otra guerra civil, que se evitaría únicamente con, no faltaba más, la reconciliación. Se le pasa por alto que la sociedad ya está reconciliada, salvo grupúsculos sin importancia, dentro de la aceptación de que sólo esos crímenes deben ser juzgados. Claro, si uno se toma a pecho las columnas de Marcos Aguinis, puede pensar que la mitad del país está dispuesta a tomar las armas para vengar el asesinato de Aramburu.

En sustancia, sólo cabe concluir que el libro es flojo, poco novedoso para alguien que conoció la “primavera democrática”, y que además se priva, debido a la poca sutileza de las herramientas conceptuales, de profundizar en un tema interesante: cómo la memoria militante pasó por múltiples transformaciones diacrónicas en la democracia. Pero, ya que su cometido se cumple en la mera enunciación, los defectos no anulan su relieve político coyuntural.

 

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27 Jun, 2013
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