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A propósito de “Su lucha (Diario de Landsberg)”, de Patricio Lenard

DISCUSIÓN

Unidad de lugar: la cárcel de Landsberg. Unidad de tiempo: poco más de un año entre 1924 y 1925. Unidad de acción: el encarcelamiento y la liberación de Hitler y sus secuaces, al compás del progreso en la escritura de los doce capítulos de Mi lucha… Hay un clasicismo de la peripecia en la primera novela de Patricio Lenard. Pero ni la trama bien vertebrada ni lo diáfano de la escritura encubren la complejidad conceptual del artefacto. Porque el diario apócrifo que Lenard le inventa a Rudolf Hess es, al menos, tres diarios en uno. Es, en principio, la crónica de un sinnúmero de tópicos discutidos en torno a un Hitler bienhumorado. Puede tratarse de cosas tan diversas como el vegetarianismo, la homosexualidad, la fisonomía de la guerra futura, la presunta condición aria de Jesucristo o las óperas de Wagner. El registro contable incluye los chismes, los caprichos del clima y un leve historial clínico tanto del diarista como del retratado; no faltan las notas de color local en las alusiones a la masacre chaqueña de Napalpí o al golpe de Estado chileno de 1924, o en el divertido argumento sobre la indignidad estética del tango. Pero Su lucha es, en segundo término, y sobre todo, la bitácora de la escritura delegada del primer tomo de Mein Kampf. Al mecanógrafo Hess alguien lo compara con un pájaro carpintero: es eficacísimo tipeando al vuelo, pero también al momento de reescribir el texto hitleriano, señalar repeticiones y subsanar el estilo; es así como su cuaderno secreto pronto se convierte en la “trastienda de la verdadera obra”. Amanuense en la estela de los secretarios de Goethe, Wagner o Napoleón (pero heredero también de Bouvard y Pécuchet, no menos que de Pierre Menard), el Hess de Lenard es un virtuoso de la copia, la transcripción y la glosa. Encuentra una forma íntima de la felicidad al reponer tachaduras y pasajes suprimidos y al hurgar marginalia en los libros del líder adorado. Porque Su lucha es, además, en su tercer estrato, un diario de lecturas carcelarias, que registra las inquietudes intelectuales de Hess en su arrolladora conversión al antisemitismo.

Más acá del bien y del mal, hay un editor que prologa este evangelio apócrifo de los orígenes nazis y murmura precisiones en incontables notas al pie; en la más larga, justo antes del final del libro, nos recuerda la asombrosa parábola suicida que trazó la vida del viceführer Rudolf Hess. Atento al matiz, este anotador erudito denuncia atribuciones erróneas, discrimina entre la judeofobia de Wagner y el nihilismo generalizado de Schopenhauer, certifica la concreción espeluznante de ideas tan sólo esbozadas en alguna charla de sobremesa… Aunque la novela parece proponer la excursión a una forma extrema de la conciencia ideológica, la cautela del editor ¿no modera la audacia del gesto? ¿No lo hace incurrir en didactismos? ¿Necesitamos aun otro vademécum para comprender la patogénesis del nazismo? Es una suerte que el autor, que conoce muy bien la obra de Syberberg, Sebald y Sokúrov, se deje más bien seducir por la capacidad del arte para desplegar modalidades visionarias de la historia conjetural. La historia misma, se le hace afirmar a Hess en algún lado, no es más que una rama de la literatura. ¿Por qué entonces el Hitler de Lenard se niega a recibir las visitas intertextuales del Maximilian Aue de Las benévolas de Jonathan Littel y del Otto zur Linde del “Deutsches Requiem” de Borges, y sólo se limita a interactuar con los nazis de la historiografía literal? Tal vez porque al autor le preocupa el verosímil filológico, que victoriosamente alcanza a través de la documentación y el relato bien circunstanciado, y mediante la inclusión de giros comedidos, términos alcanforados (“rapacejos”, “musiquilla”) y algún que otro juego de palabras en alemán. Lo notable es que muchas de las ideas que el escritor Lenard alumbra al encarnar al diarista Hess trascienden la utilería histórica que, por otra parte, le es indispensable desplegar. La de que la lectura conspira contra la escritura es una de estas ideas felices, y también la de que, tratándose de géneros literarios, el diario personal es el padre natural del folletín: ¿no parece muy cierto que a través de un diario íntimo podemos atisbar la novela por entregas que es cualquier vida?

 

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