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The Thompson Fields

María Schneider Orchestra

MÚSICA

Como la economía del trabajo musical las condenaba al viaje incesante, la lucha por la subsistencia y las trifulcas internas entre tipos pesados —abundan las historias—, las grandes bandas de jazz fueron por mucho tiempo tropa de hombres; con poquísimas excepciones, las damas estaban para cantar. María Schneider, una mujer rubia, menuda y grácil, pionera del fin de la división sexual del poder en la música, conduce una orquesta de diecinueve varones que interpretan y enriquecen lo que ella compone. (En un tiempo tuvo a la trompetista Laurie Frink, luego a Ingrid Jensen y alguna vez invitó a la soprano Luciana Souza). Sostener ese aparato durante más de dos décadas en el camino, componer, arreglar, dirigir en vivo, grabar, supervisar la logística y preservar las relaciones demanda un gasto de energía que podría desmedrar el sonido. No es el caso. Desde Evanescence (1994) hasta Sky Blue (2007), la obra de Schneider es un pródigo arcón de caudales sonoros que se balancea confiadamente entre la evocación sosegada y una agitación desbordante. El jazz de las grandes orquestas, el góspel, la música estadounidense de concierto (Copland, Bernstein e incluso el minimalismo), la de películas, la folclórica y la de las bandas marciales que le gustaban a Mahler nunca estuvieron desligadas, pero la evolución las fue separando. La reunión de esas tradiciones en un continuo da a las obras de Schneider, en la alegría y en la pena, un tono que podríamos llamar jovialidad de la música americana. Sin embargo, entre la variedad rítmica y la gran perspectiva cromática siempre aflora el blues recordando que esto es una big band de jazz y ofrece amplias comodidades a la improvisación. Schneider es muy liberal con sus instrumentistas, todos personalidades singulares, y en este disco tan paisajístico la orquesta es el afuera, movimiento del clima, bullicio de pájaros, geografía, turbulencias, y los expansivos solos (el del sensacional acordeonista Gary Versace en “A Potter’s Song”, el del dúo del trombonista Marshall Gilkes y el saxofonista Greg Gisbert en “The Monarch and the Milkweed”, el del guitarrista Lage Lund en el tema que da título al todo) son peripecias de las emociones y desvaríos del pensamiento. Entre la cambiante pero medida pulsación de la banda y el ascenso de los solos desde la cavilación hasta la disonancia eufórica, casi hasta el desquicio, surge un campo sonoro refulgente. Es una forma heredera de las anchurosas grabaciones de Gil Evans con Miles Davis o Cannonball Adderley, pero con alusiones propias a la brasileña o sorpresivamente a la andina, como en la introducción del pianista Frank Kimborough a “Nimbus”, una meditación sobre la tempestad. Y es intrépidamente declarativa. No se priva de homenajear a muertos queridos, pero muy lejos de la mística o el recogimiento ascético. “Gentes de paso, de duelos y temores”, parece que dijera: “regocijémonos en lo que permanece”. En una lista con varios grupos actuales liderados por mujeres —Matana Roberts, Rita Marcotulli, Nicole Mitchell, por nombrar sólo tres—, The Thompson Fields es un disco de jazz superlativo. No sólo de jazz, por lo que pone sobre el tapete. ¿Un brío para el multitasking que no anula la contemplación? ¿Ninguna esclusa entre el concepto y la fluidez emotiva? Tienta volver a preguntarse qué puede ser el carácter femenino en una música.

 

Maria Schneider Orchestra, The Thompson Fields, ArtistShare, 2015.

5 May, 2016
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