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Ruda ocasión la de la crítica y el pensamiento universitario. Tras los años de expansión e inversión en los organismos estatales dedicados a la investigación en la Argentina, solapados con una fase avanzada de la estandarización y las redes de movilidad internacional en la labor académica, sobrevino un giro político y económico que motoriza la revisión de un conjunto de supuestos, entre ellos, el del valor de las humanidades. Ruda encrucijada, entonces, intríngulis más bien, porque pareciera que esta crisis de las humanidades no procede tan solo de la censura, la estigmatización y la desfinanciación que aparecen (según el caso) como radicalizaciones de problemas de larga data o ataques ideológicos cuya furia destructiva es “novedosa”, sino que se gesta en paralelo desde dentro del propio aparato institucional. ¿Cómo? Bajo la forma de la burocratización, del desarrollo de agendas desconcertantes, ficcionales o hiperespecíficas y —sobre todo— del uso y la aceptación acrítica de una lengua en exceso normada, carente de vitalidad e irreverencia, que impide pensar. Sin duda estos factores vienen gravitando, junto con el ataque recibido en los últimos años, en la escasa relevancia social que hoy tiene la producción académica, convertida en un trabajo que se cumple, muchas veces mecánicamente, usando jergas, acumulando papers, participando de encuentros de especialistas sin una visión más amplia, o acumulando líneas en un currículum: situación de una labor y de unas instituciones.
Obra de crítica y de historia del arte y la cultura a la vez, Roberto Jacoby. Un arte al alcance de la mano (Beatriz Viterbo, 2025) es tanto un texto que vale por la importancia de su objeto y por su propuesta de lectura como un libro propicio para censar el estado de algunos de estos problemas y, en parte, responder a ellos. Lo que Mario Cámara propone en este texto ágil y relativamente breve es un recorrido bien documentado por la obra de uno de los artistas argentinos fundamentales de los últimos sesenta años. El libro está organizado en tres grandes secciones que, si bien no responden totalmente al orden cronológico y plantean —a veces— diagonales y constelaciones, funcionan como un relato, una suerte de narración comentada de algunos hitos de la obra del artista que el autor va desgranando sobre el fondo del contexto histórico, político y cultural de la Argentina; a veces, también, el marco pueden ser conceptos generales de estética e historia del arte. Ante una obra como la de Jacoby, tan extensa como diversa, Cámara define la escala de su empresa y opta por un recorte que haga foco en trabajos y discursos desplegados de los años ochenta en adelante, centrándose por ello en obras y proyectos como las letras para la banda Virus, Proyecto Venus, 1968 (el culo te abrocho), El alma nunca piensa sin imagen, Darkroom, Centro de Investigaciones Artísticas (CIA) y Diarios del odio, entre otros. De este modo, el libro esboza una serie de reflexiones que atañen a las obras, pero también a las transformaciones que en el período enfocado experimentaron distintas dimensiones de la vida social como la escena de música pop y rock, los medios de comunicación o internet, las plataformas y las redes sociales.
Uno de los principales valores del trabajo de Cámara, en este sentido, es ofrecer una introducción al universo Jacoby, pero recortándolo y poniéndolo a operar dentro de una discusión específica y tocante: la del arte, la cultura y las formas y prácticas de imaginación social y política de 1983 en adelante. Ahí Jacoby no es (solo ni principalmente) un artista pionero de los sesenta, el protagonista de unos años míticos que aún intentamos comprender, sino alguien que participa de controversias que son o se convierten literalmente en las nuestras. A través de la labor de Jacoby como letrista de canciones, columnista en revistas, gestor de fiestas, colectivos y eventos, fabricante de conceptos y creador e intérprete que des-monumentaliza su pasado, sus archivos, sus propios años sesenta, Cámara lee una intervención del artista en la discusión de la nueva democracia con ideas acerca de “cómo vivir juntos” y hacer política, distintas a las de los años revolucionarios. Ahí aparecen como trasfondo explícito o implícito las voces de Josefina Ludmer, Silvia Schwarzböck y Javier Trímboli, por ejemplo, pero sobre todo un contrapunto con la figura de Fogwill que resulta estimulante para pensar las alternativas con las cuales estos dos artistas (y sociólogos) pensaron la coyuntura democrática o posdictatorial. El contrapunto importa porque permite, a partir de un común diagnóstico escéptico (tanto Jacoby como Fogwill rechazan interpretar épicamente, como genuina refundación, la etapa que se abre tras la dictadura), indagar en las formas de cultura (y) política que caracterizan a nuestro tiempo. Cámara lee el despliegue de una política de “islas” y “desutopías” y una reconsideración de la acción en una escala acotada (fiestas, pequeñas comunidades) como un rumbo constante de Jacoby de los ochenta en adelante, es decir, una política humanista y constructiva pero ajena a dogmas, heroísmos, totalidades y figuras sacrificiales, algo que contrasta con el carácter polémico, corrosivo y disolvente con el que Fogwill prolonga su lúcida lectura de las relaciones de poder. Todo esto, como se dijo, aparece en el marco de un relato condimentado con conjeturas y asociaciones: esa agilidad, la legibilidad del libro como un viaje sembrado de información, es otro de sus méritos.
Pese a ese formato, sin embargo, tras la lectura permanece una pregunta: ¿es posible escribir dentro de la lógica que la academia ha planteado como estándar más o menos excluyente para acceder a los módicos beneficios de la institucionalidad, acerca de obras, trayectorias y problemas de amplio alcance e irradiación transversal a las disciplinas? ¿Puede el discurso crítico genérico hablar de lo que importa, construir los tonos y los cruces que cada hora y cada objeto demandan? El ensimismamiento de la prosa universitaria ha llegado a ser una condición evidente de la crisis y, si bien Cámara —en cierta ligereza, en el uso frecuente de la primera persona, entre otros rasgos— muestra querer quitarse de encima el lastre del género, en lo que respecta a esto el libro queda en una interzona. A su vez, la misma condición de “narración comentada” que lo caracteriza puede llevar, por momentos, a dejar al lector con el deseo de una mayor profundización en tópicos que se formulan y que son interesantes o dilemáticos (¿cuáles son las consecuencias, en el nivel filosófico, histórico y de praxis y pensamiento político, del tipo de mirada que Jacoby promueve en estas últimas décadas según Cámara, tales como la comunidad asociada a la categoría de isla y a la condición provisoria?; ¿cuáles son las tensiones o contradicciones entre la figura de autor y la de comunidad?). Por momentos, el libro adopta un aire de crónica que sobrevuela temas de un gran potencial; otras veces, opera la continuación de algunas ideas que el propio artista ha instalado sobre su obra y para la época. Acaso estos sean precios de la búsqueda de un libro breve y conciso, marcas metodológicas o efectos de la comprensible admiración por la impactante trayectoria de Jacoby, pero resultan elementos en los cuales Roberto Jacoby. Un arte al alcance de la mano, al trabajar con un objeto relevante y construir un recorte seductor, deja con ganas de más.
En suma, cada libro de análisis artístico y cultural que se aborda es tanto una singularidad como una nueva ocasión para pensar el modo en que el lenguaje de la crítica puede impactar o no, desde su actual lugar de enunciación, en historias, experiencias y procesos de sentido que nos importen. Roberto Jacoby. Un arte al alcance de la mano propone un relato atento y necesario y una serie de ideas sobre asuntos cercanos y relevantes que justifican su lectura y generan deseos de profundizar. En paralelo, las preguntas acerca del lenguaje y la metodología del pensar universitario, y de la crisis de las humanidades, permanecen abiertas, urticantes.
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