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Arte y Estado. Sobre el envío argentino a la Bienal de Venecia

DISCUSIÓN

No es del todo sorprendente que una artista como Nicola Costantino y un curador como Fernando Farina adopten una actitud vanguardista frente a la mediación estatal en el envío argentino a la Bienal de Venecia. Costantino se había defendido ella sola –con el desparpajo de ser por entonces una artista no del todo consagrada– cuando algunos críticos la acusaron, hace un par de años, de banalizar los campos de concentración nazis al vender como objetos de arte los jabones hechos con la grasa de su liposucción. Dado que tanto la artista como el curador son previamente afines a este tipo de acciones performáticas que completan la obra –como la de polemizar con los polemizadores–, este no pretende ser un juicio sobre Eva-Argentina. Una metáfora contemporánea, sino sobre una acción política concreta de la que participaron ambos en el contexto de esta Bienal: escribir en la pared del pabellón argentino que los videos oficiales sobre Evita –realizados por Tristán Bauer para acompañar la muestra– “son innecesarios y pueden confundir sobre la interpretación de la obra”.

En la actualidad, todas las artes se encuentran en la misma situación que el cine a comienzos del siglo XX: la de ser un arte de Estado (tal como lo definía Lenin). No porque ahora los Estados hayan tomado la existencia de todas las artes –y no sólo la del cine– como una cuestión de soberanía, sino porque todas ellas se comportan como lo hacía el cine cuando sólo él era un arte de Estado. Las artes ya internalizaron completamente el sistema de mediaciones al que, a comienzos del siglo pasado, sólo estaba sometido el cine. Ese sistema le había sido copiado, en partes iguales, al Estado, por su organización burocrática y jerárquica, y a la industria, por su capacidad de producir en serie y de pensar según las reglas del marketing. Las instituciones (públicas y privadas) que conforman actualmente el circuito de consagración artística controlan la forma en que la cultura se desarrolla como un todo (en su parte pública y privada), incluso cuando cada vez más artistas apuesten a liberarse de su tutela y se valgan de internet para reemplazar sus mediaciones, porque internet irónicamente las replica, al iniciar por fuera del circuito público-privado-oficial la inserción de los artistas en ese mismo circuito.

Las mediaciones institucionales hicieron que las artes fueran cada vez más parecidas entre sí, tanto para los artistas como para los críticos. Desde las gestiones de los agentes hasta la firma de los contratos, desde las páginas web hasta las relaciones públicas para obtener invitaciones al exterior, desde las inauguraciones, las ferias y las bienales hasta las críticas y los reportajes en los medios: todo lo que no es el arte (dentro del círculo del arte) se delega en especialistas que se instruyen, para las corporaciones, con el mismo modelo de organización de cualquier burocracia estatal. Pero cuando las artes se parecen cada vez más al cine como arte de Estado, el mercado del arte se parece cada vez más al mercado a secas. Por eso no debería sorprendernos que sea ahora el Estado (como en el caso del envío argentino a la Bienal de Venecia) el que hace visibles, a los ojos de los artistas, las mediaciones que el mercado ya no deja ver.

Mientras en la modernidad el Estado era obedecido en la misma medida en que era invisible (lo visible eran las relaciones de producción en el mercado), esa lógica se invertía dentro del círculo del arte. Por eso hoy, finalmente, la omnipresencia del mercado se ha vuelto más ominosa (más invisible) que la del Estado. En estos términos, diferenciarse del Estado –escribiendo la propia disidencia en la pared del pabellón argentino– resulta más fácil que diferenciarse del Mercado. Que la intervención de la Presidenta en el resultado final de una obra sea más visible que la del curador muestra cuál es el orden de las invisibilizaciones (es decir, del verdadero Poder delegado) en el círculo contemporáneo de las artes.

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