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A propósito de «Sobre la figura del arrepentido», de Alejandro Rubio

CORREO DE LECTORES

Me costó encontrar materia sólida en la reseña de Rubio, ¡tanta es la espuma que destila! Hasta que, dándole vueltas, veo pasar delante mío, como sombra helada, una nueva versión de teorías que sólo se afirman a base de negar cualquier otra. Algunos (por ejemplo) plantean razonablemente que algún día, digo yo, habrá que dirimir responsabilidades. De ninguna manera es necesario dar por bueno el libro de Leis para sentirse molesto con la prosa de Rubio. ¿Acaso es anatema aceptar como verosímil que, al menos en parte, se está haciendo un uso sectario del pasado reciente? Estamos todavía lejos del temple necesario para “comparar memorias”. Al menos no sigamos viviendo en el limbo de la auto-exculpación.

Alberto Silva, 30 de junio de 2013

 

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El desdén por la corrección política y por el patrimonio técnico o profesional de ciertos términos es una rebeldía contra el control verbal, núcleo de todas las opresiones. Pero no porque reivindique el uso libre de las palabras (en toda su amplitud semántica) uno va a negar la aureola de connotaciones que les da el variado discurso social. Arrepentido, el participio con que Alejandro Rubio califica a Héctor Leis, hace pensar en perdón, contrición, remordimiento y otras nociones religiosas, que Leis parece no menospreciar. También tiene una larga tradición jurídica que, dicen los especialistas, se remonta a Jeremy Bentham. Personalmente empecé a leer arrepentido en la prensa a raíz de los juicios a los terroristas italianos de los ochenta y luego a capos de la mafia. Más tarde siguió apareciendo a menudo en relación con el narcotráfico, y en Argentina entró en alza hacia 2000 a raíz del asunto Banelco y el revelador Pontaquarto. En el campo legal, un arrepentido es un sujeto que da información a cambio de una posible reducción de pena. El que dice –más si es un poeta tan perspicaz como Rubio– que un ex combatiente crítico con su acción y la de las organizaciones armadas de los setenta es un arrepentido (cosa que en cuanto a él Leis ha negado explícitamente), está sugiriendo varias extensiones; entre otras: informante, negociador, ex delincuente, voluble, renegado, cristianucho, incluso apóstata. Tal vez es eso lo que quiso Rubio, precisamente; poner a Leis en un pantano de significaciones. A mí esto me parece menos socarrón que chicanero. La condena por deslizamiento semántico (aun si, como en este caso, hay una autoinculpación), no sirve para profundizar en las discrepancias y está muy ligada a procedimientos que desde hace más o menos siglo y medio han llevado los sueños de un mundo menos infame, o de otro mundo, a la desilusión, el fracaso y/o la derrota, y a cantidades de militantes veraces a la desgracia. (Será por eso –una memoria histórica, ya que estamos en el clima– que a tantos militantes o aliados nos subleva, por ejemplo, la advertencia de “no hacerle el juego al enemigo”). Pensando en la vida futura, no estaría nada de más sostener un estilo mientras la derecha erizada se prende a las críticas de los liberales republicanos (como los miembros del Club Político Argentino) al gobierno y a los movimientos que lo apoyan para acusarlos guarangamente de despotismo, nazismo, estalinismo, lo que venga. En una cultura en que tener suerte es tener el culo roto e hijo de puta puede ser un elogio, en que los asnos de la comunicación espectacular peroran sobre el fascismo, no es poco lo que se juega políticamente en los matices del sentido.

[Una aclaración. Como saben los que las vienen siguiendo, ni Otra Parte en papel ni este Semanal han tenido nunca editoriales. Tampoco queremos, en honor a la diversidad y el interesante curso del tiempo, que los temas que se tratan en las secciones se eternicen en artículos de réplica y contrarréplica. Por eso existe este correo, y por eso eventualmente, aunque sea poco ortodoxo, los miembros de la revista nos permitimos escribir una carta.]  

Marcelo Cohen, 4 de julio de 2013

 

Alejandro Rubio llamó arrepentido a Héctor Leis. Es falso que Leis sea un arrepentido, como deja claro Marcelo Cohen en su respuesta a Rubio. Sin embargo, pareciera que Cohen no puede evitar pronunciarse políticamente y elevar su cuestionamiento a Rubio a una moraleja del buen kirchnerista. Dice esto, en relación con el cuidado del léxico: “Los asnos de la comunicación espectacular peroran sobre el fascismo”. El mismo día en que lo dijo, ¡ay!, Guillermo Moreno increpó a dos periodistas (los asnos) de Clarín (la comunicación espectacular), porque le habían preguntado por la política de precios, al grito de: “Identifíquese” y “Ustedes tienen las manos manchadas de sangre”. ¿Si esto no se llama fascismo cómo se llama? ¿Hasta dónde puede extenderse el arte de buscar “los matices del sentido” de los que habla Cohen? No se trata de matices. Se trata de no mentir. Leis no es un arrepentido. Moreno es un fascista.

Eugenio Monjeau, 5 de julio de 2013

 

30 Jun, 2013
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