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La guerra es el acontecimiento que se perfila “como la movilización de los seres, anclados hasta allí en su identidad, llevada a cabo por un orden objetivo al que no se pueden sustraer”, escribió Emmanuel Levinas en Totalidad e infinito (1961). La violencia interrumpe la continuidad de las personas, las hace desempeñar papeles en los que ya no se encuentran, funciones que no son las suyas, las compromete en algo que las pierde. Los individuos se vuelven entonces meros portadores de fuerzas que los dirigen a sus espaldas. La guerra, para Levinas, no es un mero accidente de la historia ni un rayo que se nos cruza por azar, sino que es “la patencia misma de lo real”. En su sacrificio de la unicidad en favor de un porvenir convocado como más objetivo y verdadero, el ser se presenta como guerra para el pensamiento filosófico. La política es entonces la ontología de esa guerra y el verdugo de una moral de la paz.
En Dejar un mundo, de Agustina Muñoz, la llegada de la guerra prepara a la comunidad (los tres actores en escena) para un ritual transmitido a través de las generaciones. La escenografía es casi inexistente: atrás y hacia uno de los costados, casi por fuera del espacio escénico, hay unos tubos metálicos que, al mecerse, chocan y resuenan. Con ese sonido se recibe al público. Antes de partir, los jóvenes bailarán la danza de las espadas, que están dispuestas como cruces en el mismo suelo que los alberga y sobre el cual, antes de cada conflicto, ponen en juego la liturgia. Todos en el pueblo lo saben: quien pise la espada estará anunciando su propia muerte. No regresará del campo de batalla. ¿Y cómo despide una madre o un padre a su hijo, o una hermana a su hermano que se dirigen hacia la muerte? Hay relatos sobre esa escena, hay pinturas. Pero no son más que eso: representaciones. Demos por cierto que ese joven se dirige de verdad hacia donde va. ¿Y qué sabemos de él o de su vida —salvo que alguien se la imagine— más que el hecho de que es un anónimo soldado? ¿Qué se siente al verlo partir? ¿Y qué siente él mismo caminando ese camino?
El dispositivo presentado por Muñoz es en apariencia mínimo: un ritual, un baile (la hipnótica y bella coreografía de la danza de las espadas en versión libre de Diana Szeinblum), una secuencia narrativa que se repite pero cambiando cada vez a sus actores de posición, preparando en cada reiteración la introducción de una diferencia cuyo posible significado no llegamos a intuir sino hasta bien tarde. En cada partida hay alguien a quien le gusta el sabor del membrillo, alguien que se detiene a observar los colores del atardecer, alguien que se va muy lejos con la convicción de que todo va a estar bien. “La repetición no modifica nada en el objeto que se repite”, escribió David Hume en una célebre tesis del siglo XVIII, “pero cambia algo en el espíritu que la contempla”. Quizás podría parecerle a un espectador distraído que la escenificación de esta pieza de Muñoz no lo toca en nada: el baile es ancestral, la guerra es de otro tiempo, ¿y sin embargo la acción cuándo sucede? Los actores permanecen idénticos a sí mismos, pegados a la facticidad de unas vidas truncas que no llegarán a ser más que lo que interpretan, pero en su repetición dejan abierta la pregunta respecto de una diferencia por la que quien la vea deberá interrogarse.
De las interpretaciones de Milva Leonardi, Camila del Campo y Tom Werth puede decirse que son impecables, además de emotivas y contundentes. De la dramaturgia de Muñoz, agregar que hace de su obra una parábola existencialista cuyos núcleos son básicamente escénicos más que discursivos. Hay texto, pero sobre todo hay voces que lo sostienen, que lo repiten, que lo dejan resonando, como si Muñoz mostrara que al fin y al cabo no hay guion si no hay voz que lo manifieste, que lo encarne, que lo actúe (aunque esa actuación conduzca a su muerte). Lo dicho pasa de generación en generación como una canción que se nos pega al oído y que tarareamos sin ser conscientes, como una promesa que enunciamos sin saber lo que decimos. Lo musical es de una gran presencia en toda la obra (la música original está a cargo de Esteban Insinger). ¿Y existencialista en qué sentido? En su acepción más auténtica y firme: la existencia es posibilidad abierta, proyecto dado a sí mismo como elección sujeta a determinadas circunstancias y junto con otros. Y en la obra, más que un conflicto, la marca de una tensión: la que se vislumbra en los personajes entre el anhelo por desarrollar la propia posibilidad y el asedio de un poder cuya dominancia es justamente la negación de toda alternativa y de toda aventura posible, algo que cruza las vidas de cabo a rabo y las expone (para decirlo con un verso de Alejandra Pizarnik) a “formar fila para morir”. La instancia crítica de la obra con el tiempo presente se vuelve ineludible en la misma medida en que se hace difícil catalogarla en los términos de una pura denuncia. Como en esos juegos de adivinanzas en que solo se puede responder “sí” o “no”, alguien podría preguntar: ¿Hace referencia a una situación puntual y concreta del presente? No. ¿Hace referencia al presente? Sí. ¿Hace referencia al futuro? Sí. Sería difícil adivinar de qué está hablando la obra y uno podría darse por vencido para ofrecer una respuesta, que no casualmente es una sensación que describe bastante bien nuestra actualidad. ¿Será la deserción, como sugirió hace unos años el pensador italiano Franco “Bifo” Berardi, la única respuesta aceptable ante el colapso de la vida actual, el automatismo y la primacía de lo financiero, la crisis climática, o frente al horror de lo que podría venir? Disponer de tiempo como una forma de prevenir el desastre es aquello contra lo que la guerra se impone. O lo mismo que decir que donde hay guerra, ya no hay tiempo que reste más que para acudir al llamado de los tambores. O bien, para expresarlo en un tono más acorde con esta puesta de Agustina Muñoz, al ruido metálico de unas largas campanas tubulares.
Dejar un mundo, dramaturgia y dirección de Agustina Muñoz, Paraíso Club de Artes Escénicas, Fundación Cazadores, Buenos Aires, del 1 al 14 de octubre de 2026.
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