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La pregunta es: ¿cuál es la relevancia del rock argentino en 2018?

DISCUSIÓN

 

Esta es la pregunta / y yo pregunto: / “¿cuál fue la pregunta?” 

Almendra, “Florecen los nardos”, 1970

 

1. Charly durante la transición hacia la democracia; Don Cornelio y La Zona, con Patria o muerteante la debacle alfonsinista; Bersuit, al filo del estallido en 2001. Basta citar estos momentos del rock argentino en sintonía con la Historia, si el objetivo es testear cómo la violencia que hoy contenemos no está resonando en forma de canción. El “hit del verano” fue otro: un antihit cocinado en el under o al calor de las tribunas. Pero ¿cuál es el lugar del rock en medio de esta crisis social? ¿Podrá pulsar el Zeitgeist esta vez? Y no nos referimos a aquello de “escribir letras leyendo los títulares del diario”, claro…

Babasónicos ofrece una respuesta posible, en un nuevo simple que aparentemente no busca más que multiplicar preguntas: “No se puede sólo desatar el nudo / con un estribillo pop / que lo repetís hasta que lo puede cantar / un conjunto de orangutanes”. Convengamos que semejante statement equivale a un disparo en los pies, peor aún tratándose de un grupo que ha crecido a fuerza de unos cuantos estribillos. Especialmente uno, demasiado seguro de sí: “Ya sé / cuál es”. Y ahí se impone una pregunta: ¿podría llamarse (simplemente llamarse) “Putita” un hit del rock cosecha 2018? Lo mejor que le sucedió a la cultura joven argentina luego del #niunamenos resultó la peor pócima contra el rock: el neofeminismo a escala teen. Desde páginas como Ya no nos callamos más fueron apilándose denuncias de chicas contra rockers por abuso de menores, las cuales llevaron a juicio a músicos (caso Cristian Aldana, de El Otro Yo), llegaron a “disolver” bandas de éxito (ver Salta la Banca) o pusieron en crisis a tres de los proyectos más representativos de esta década (Él Mató —autores de la hímnica “Mujeres bellas y fuertes”—, Onda Vaga, Michael Mike). Cuando las mujeres decidieron no callarse más, el rock se obligó a hacer silencio. El que calla otorga: ¿será que no hay rock sin sexismo? ¿O podrá cumplir su sentencia sin autodestruirse en un workshop que anuncia en la puerta “Silencio: varones en deconstrucción”?

La desorientada reestructuración de la industria discográfica, combinada con la dispersión de propuestas que alimentan las plataformas digitales (la profecía de Momus circa 1991: “En el futuro, todos serán famosos para quince personas”), descentró la hegemonía que podían ejercer antes de Internet un solista o un grupo sobre otros. Ya no existe centro ni cetro, ni siquiera para las bandas más entrenadas en seducir a la mayor cantidad de generaciones rockeras. Las Pastillas del Abuelo, pongamos por caso, sintetiza como ninguna estilemas de las últimas décadas, sin hacerle sombra a la masividad del Indio (más Rey ahora que Patricio ayer) o La Renga. No es simple ocurrencia dar con un diagnóstico si se comparan los nombres de Los Abuelos de la Nada con el de Las Pastillas: el nuevo rock, el que bautizaremos de “los nietos de todo”, debe asumir el peso de la Historia y la Tradición, trauma que normalmente es privativo de folcloristas, lo cual nos habla de adónde hemos llegado (es notable la forclusión de la retromanía en Los Espíritus, Las Diferencias, Las Sombras, Mostruo!).

Por si fuera poco, en el nuevo mapa de la música popular juvenil, al rock se le cruzó una alternativa temeraria: el trap. Un género que, alejado de todos los prejuicios éticos del rock (e incluso del pop), se atreve a reivindicar el consumismo, la competitividad, la “transa” y, sí, el machismo (lo ratifican las mismas mujeres que rapean para burlarse de otras —sus contrincantes— antes de que un hombre elija a aquella que “lo hace” mejor). Durante la década kirchnerista, el lema era “La Patria es el otro”, traducido en la asimilación de la cumbia por parte de las clases medias. Con el reggaetón como mediador, el trap aterrizó justo en el momento en que había que aprender a ser un buen “emprendedor” y/o “influencer” con el fin de no quedar fuera del Sistema, vendiéndose ya sin tabúes a la marca que fuera. Para resumir, un simple experimento: acérquese una propaganda estatal de hace unos años a una publicidad de celular actual. Quedará en evidencia un contraste de épocas y valores reflejados en sendas músicas, por más maniqueo (bajo el influjo de “la grieta”) que pueda parecer nuestro análisis al paso…

Dicho esto, cuando todo parecía perdido, en medio de un sismo económico y moral de aquellos, irrumpe oportunamente “La pregunta” de Babasónicos.

 

2. “La libertad de conversación se está perdiendo”, apuntaba Walter Benjamin en el séptimo ítem de su “Viaje por la inflación alemana”(Calle de sentido único, 1928). Durante las crisis económicas, la función fáctica cambia automáticamente de meteorología en la vida cotidiana: el “Cómo está todo” se refiere ahora a los efectos y afectos provocados por “lo económico-sublime” (Joseph Vogl). Justamente, el imaginario del “mal tiempo” se apoderó hasta del discurso del presidente, cuando nos explicó que estábamos “atravesando una tormenta” (sin dudas, se comprueba la colaboración autoral del spinettiano Alejandro Rozitchner). Como la sobredeterminación de lo económico ya no permite ambigüedades ni excursus, “La pregunta”prendió en ese terreno de monopolio semántico y se volvió más que significativa. Es el hit del “invierno” liberal. Como sucedió en su momento con la Alicia de Serú Girán, se activó la ilusión de simetría alegórica: por ejemplo, la referencia de Dárgelos a un pago con intereses se lee como alusión al new deal con el FMI. Pero muy pocas veces una canción se compone hoy, se graba mañana y se edita a los dos días. Por eso, “La pregunta”, registre la fecha de elaboración que registre, constituye un milagro comunicativo para ser estudiado por la estética de la recepción.

“La pregunta” abre el álbum Discutible y lo abre tanto, tanto, que después este se cierra bastante. Más que nada a la altura de Teóricos (track 7 de 10, típica canción-cebo para periodistas, cuyo paradójico destino consiste en aportar otro síntoma a la enfermedad que describe; pero su mayor virtud radica en una cita que se agradece). Y tanto se cierra, decíamos, que al final se conforma con ratificar gestos de estilo siempre disfrutables, pero ya probados.

La apertura de “La pregunta” implica en términos musicales el máximo desarrollo de un mantra tantra en el marco de un hit. Como si aquella trama telúrica inaugurada en “Coyarama” ganara acceso random a la disco post-Daft Punk. El ritornelo (no hablemos de estribillo para orangutanes, ni de clímax: tantra dijimos) torna circular la canción que, a fuerza de cánones vocales bordeando el palimpsesto (término al que Dárgelos se anima en otra canción), invita más a preguntar que a responder. Ese ritornelo dice “La pregunta es:”. Así, con los dos puntos al final, tal es la certera interpelación orientada al oyente. El efecto de identificación del tema no se produce cuando las estrofas parecen expresar un argumento articulado, sino entre el par de versos “Habrá que insistir / como lo hicimos tantas veces” y el verso fantasma “La pregunta es:”. Es decir, cuando la dinámica cíclica de la canción se mimetiza a toda orquesta y todo swing con la sensación de “otra vez esto”, de “mal endémico de la Argentina”, de eterno retorno de lo mismo… Y de inercia (“quién se va a ensuciar / si al final nunca le va a pertenecer”). Así el tema redondea el emoticón más adecuado a un momento de pura incertidumbre.

 

3. Entre un aporte y otro al refranero pop, el rock argentino supo cuestionar el uso del imperativo a la hora de sumarle adeptos a la contracultura, y de paso, poner en crisis el pacto con el receptor: “¿Para quién canto yo entonces?”, “¿Son por acaso ustedes hoy un público respetable?”, “¿Quién sabrá el valor de tus deseos?”, “¿Qué ves cuando me ves?” “La pregunta” pertenece a esa tradición de manera casi terminal.

Y finalmente, lleva a preguntarnos por qué queremos reivindicar la pregunta. ¿Porque sugiere sin afirmar? ¿O porque lo hace (la mayoría de las veces) sin necesidad de confrontar? Sabemos que en ocasiones es mejor preguntar (y repreguntar) que contraargumentar. Es la táctica de los débiles. Un “dardo envenenado”, que puede bajar del púlpito o del estrado a quien argumenta con la mayor de las convicciones. Es la finta ideal cuando la afirmación satura: ¿acaso dar con la pregunta precisa no es la mejor manera de desestabilizar por un rato nuestro destino en “la era de la posverdad”?

Pero la pregunta como arma suele también esconder la amargura de ya no poder decir. En este sentido, es el arma del renegado, del que sufrió un gran desengaño, del que ya no cree en nada. Del que calla y aguanta. Como el que elige el silencio: “No queremos asistir en la prensa al espectáculo de sangre que va a darse en la república. No hemos aprendido a cortejar en sus extravíos ni a los partidos ni a los gobiernos”, escribe José Hernández al cerrar su diario Río de la Plata en 1870. O como el canto: “Y dejo rodar la bola / que algún día se ha de parar / tiene el gaucho que aguantar / hasta que lo trague el hoyo / o hasta que venga algún criollo en esta tierra a mandar”. Al menos, el que pregunta, calla o canta es poseedor de un saber en potencia, uno que no tiene el que afirma, cuyo saber ya es pasado.

Es difícil que una pregunta cantada suene a interrogación; especialmente en géneros tan asertivos como el rock o el pop, donde las preguntas siempre terminan siendo (de algún modo) afirmadas. Ya que es difícil formular una pregunta desde la cultura del rock, ¿por qué no problematizar la enunciación de preguntas en una canción (pop)? Gesto contundente el de la canción de Babasónicos, sobre todo si se tiene en cuenta el contexto en el que la pregunta del tema tiene que ser formulada. Gesto superador: lo que se busca es determinar cuál es la pregunta; una tarea más revolucionaria y colectiva que ratificar la consigna que se sabe de antemano, como en el himno sandinista homónimo: “¿Cuál es la consigna? FSLN”. Hoy la cuestión es meta (discursiva): quién se mataría o mataría y en nombre de qué o de quién.

¿Quién va a defender…? Ok, ¡¿quién?! ¡¿Quién será…?! ¿Quién va a defenderte de mí? También esta repregunta pone el dedo en la llaga: el riesgo que representa para el poder el resentido, el renegado, el que no pudo decir, el que no fue escuchado, el que no pudo preguntar(se), el que tuvo un deseo ya no insatisfecho, sino uno ni siquiera reconocido o registrado. El Dárgelos gaucho, bajo sospecha, echado de su casa antes de merecerlo. ¿No estamos ante un personaje que tras haber gritado en vano “Que se vayan todos”, al final decide irse él?

La moraleja, que surge en la intersección entre esta canción y la Historia, plantea la necesidad de la pregunta como un ejercicio colectivo cuando todo se cae, cuando es más difícil que nunca (o directamente imposible) decir y ser escuchado. (Precisamente ahora) queremos pensar la pregunta. Y que nos la dejen preguntar.

 

 

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