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Cultura y política

Raymond Williams

TEORÍA Y ENSAYO

Hay una frase que suele usarse para expresar el efecto de lo inesperado, o de lo inexplicable: “hay que quemar todos los libros”. Aparece cuando un saber previo (o su imagen, que son los libros) se muestra inútil para entender lo que sucede, lo que puede estar ocurriendo. Por ejemplo, los periodistas deportivos la emplean para comentar la consagración de un equipo cuyo funcionamiento no se basa en lo que se entendía como preferible y que parece ir en contra de todo saber, que servirá de poco en el futuro.

Pero es una imagen que excede el mundo deportivo y sobrevuela hoy la casi totalidad de nuestro imaginario. Aun para quienes encuentran en el mundo de las ideas su lugar de pertenencia, o más, el territorio desde el cual delinear y plasmar lo que llamamos mundo, esa sensación (se diría un síntoma de época) emerge a cada paso, en el mejor de los casos formulada desde un optimismo desesperado: hay que pensar todo de nuevo. No quemar los libros, que sería demasiado (un ultraje contra la propia labor), pero dejarlos atrás de algún modo, alejarse de ellos para escribir otros nuevos, pensar distinto, en otra dirección, desde otro punto de partida. Esa percepción de falta de un universo simbólico más o menos firme y coherente, de un supuesto que actúe como el suelo que nos sostiene, ese padecimiento por el desorden (o la perversión) del conocimiento es lo que de alguna manera refiere esa palabra que cada vez usamos más para describir el presente: distopía. Nuestro tiempo parece inaprensible para el saber y las herramientas conceptuales de los que disponíamos: las teorías parecen haberse vuelto, de pronto, inoperantes. Parecen haber ganado “los malos”, podría haber expresado Patti Smith en Instagram si se tratase de un mundial de fútbol. Pero haciendo incluso el esfuerzo de pensar todo de nuevo, podría suceder que llegáramos a las mismas conclusiones (o parecidas) que algún pensador del pasado. A ideas que ya habían recorrido de modo muy claro lo que buscamos entender. Nos veríamos así frente a la circunstancia de tener que reafirmar lo que estaba bien formulado en esos libros que, parecía, había que quemar. La expresión se convierte entonces en pregunta: ¿están aún vigentes las herramientas conceptuales que analizaron el mundo en que hasta hace poco vivíamos? Y si lo están, ¿por qué ya no nos resultan útiles? “En algún lugar en el mundo del pensamiento humano que heredamos de nuestros predecesores se encuentra la senda adecuada, las ideas necesarias. Pero mantenerlas en su lugar, en contacto directo con nuestra experiencia, es una lucha constante”, afirma Raymond Williams en uno de los artículos que componen Cultura y política, una recopilación de textos que reúne diez ensayos inéditos, seis de los cuales tienen origen en charlas y conferencias públicas.

Figura clave del marxismo inglés y de la llamada Nueva Izquierda (a mediados del siglo pasado), Williams ha intentado en sus libros concebir la cultura en términos de formas de vida, de prácticas cotidianas compartidas que son algo más que mera ideología y que conforman una cultura central y dominante que funciona de manera corporativa: “El conjunto de significados y valores que, al ser experimentados como prácticas, parecen confirmarlos y, al dar a lugar a su vez a nueva prácticas, constituye un sentido de la realidad para la mayoría de las personas de una sociedad; un sentido de la realidad más allá del cual es difícil que la mayoría de los miembros de la sociedad se muevan”, expone en “Teoría cultural marxista”, conferencia pronunciada en 1973 en Montreal y que es el cuarto artículo de este libro. ¿Qué significaba entonces (o aún hoy) reconocerse como un pensador de raigambre marxista? En principio, dar por hecho que el ser social determina la conciencia. Los trabajos de Williams, entonces, tanto en el nivel teórico como en sus análisis de la novela inglesa o sus estudios sobre la cultura popular, insisten en la necesidad de precisar un vocabulario conceptual capaz de brindar modos de concebir de manera específica el sentido de esa “determinación” (concepto “de una gran complejidad lingüística y real”). Es ese afán por llegar a una definición concreta sobre una formación histórica lo que se hace visible en esta serie de textos. ¿Qué significa, por ejemplo, “democracia burguesa”? “Una cosa precisa, un significado preciso por el que la existencia de un sistema político electoral capaz de elegir un gobierno dentro de sus propios términos coexiste con la permanencia de un poder económico totalmente desigual”.

A lo largo de los textos que componen Cultura y política, Williams discute las implicancias de la sociología de la cultura de Pierre Bourdieu, se pregunta por el futuro del marxismo y del socialismo, se detiene en los prejuicios que pesan sobre las formas populares de escritura o cuestiona el consenso crítico acerca del canon “modernista” (principalmente, por lo que ha llegado a implicar en términos sociales). Se detiene en el significado de diversas nociones, por ejemplo, en la de trabajo, para tratar de dar con la razón de la brecha entre lo que significan y lo que se las ha hecho significar.

 

Raymond Williams, Cultura y política. Clase, escritura y socialismo, traducción de Jorge Lago, Prometeo, 2026, 204 págs.

 

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