Sutil
La cultura es una estafa combina perfiles de escritores (Bianciotti, Copi y Singer, entre otros) con crónicas y reflexiones sobre los elementos decadentes del capitalismo sudamericano y artículos inclasificables. Entre ellos, el breve artículo sobre el rol de McDonald’s en la cultura argentina y estadounidense es una sinécdoque de la estética y del modus operandi de Hernán Vera Alvarez. Allí, el autor establece un parangón entre la función esplendorosa de los McDonald’s en Buenos Aires y el rol marginal de los locales en Estados Unidos. La comparación muestra, sutilmente, el cambio de vida del autor: hasta el 2000 vivió en Argentina y desde entonces está radicado en Estados Unidos.
El libro está escrito con una prosa tersa y directa. En la superficie y en el fondo se percibe una manera de concebir el mundo: todo lo vivido puede convertirse en literatura. En este sentido, Vera Alvarez continúa la tradición de quienes cultivan la vida para después escribirla. Aunque algún distraído lo ubicaría entre los escritores realistas que disfrutan de los márgenes y de la experiencia vital para escribir sobre lo que sea, esta forma de pensar su escritura es un error. Nada está más lejos de este autor que el desprecio por la búsqueda de la palabra justa y de la expresión literaria. Más cerca de Borges que de Hemingway, vive para escribir, es decir, busca la experiencia para convertirla en palabra asombrada, reflexiva o narrada.
¿Cómo se forma un escritor? ¿Cuánto influye la ciudad en la que vive en su escritura? La cultura es una estafa desmonta los prejuicios de la crítica literaria snob para la que “un veinteañero aprendiz de escritor” no debe vivir en Miami sino “en ciudades de mayor prestigio artístico, como Barcelona o París”. La escritura de Vera Alvarez es una muestra contundente de que pensar y hacer literatura supone menos la experiencia de la ciudad consagrada que la creación de un mundo personal en el lugar menos pensado.
Bolaño imaginó una literatura nazi en América. Vera Alvarez compara la literatura fantástica de clase media en Argentina con la escasez de literatura que aborde el subte y con los viajes en subte de los nazis en Buenos Aires. Aunque no propone una literatura nazi, sí piensa en una futura literatura que no sea de clase media y que no sea necesariamente fantástica. Constata que en las piezas de Borges no se menciona el subte. Al parecer, la sospecha de que Bioy Casares haya viajado en subte es falsa. “Como en el hospital, lo primero que sentimos en el subte es el olor”. ¿Qué olor tendría la literatura argentina del subterráneo?
Con sus crónicas, ensayos, fragmentos de diario y perfiles, La cultura es una estafa es un objeto difícil de ubicar. Acaso, se podría decir que es un resumen extraño, estrafalario, del periplo vital-literario de un lector rumiante, vagabundo. Quizás sea una forma de aproximación a su oficio. Como todo eco, el sonido del libro, el ruido de las cosas que se elevan y caen es difuso e imposible de encuadrar. En un artículo sobre el Chelsea hotel, cita a Paz Soldán: hay latinoamericanos perdidos en Estados Unidos (frase que es una paráfrasis de otra de Bolaño). Alguna vez habría que hacer un diccionario o un catálogo de los desencajados, los que no entran en ninguna categoría. Modestamente, a algunos nos encantaría estar en esa hipotética categoría de los sin categoría. Como se puede sospechar que le ocurre a Vera, nos sentimos más cómodos en la no caja, fuera de lugar.
Hernán Vera Alvarez, La cultura es una estafa, Suburbano ediciones, 2025, 146 págs.
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