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La organización permanente

Damián Selci

TEORÍA Y ENSAYO

La filosofía política contemporánea, atravesada por los avances del posestructuralismo y el posfundacionalismo, tiene un problema: no se la juega por nada. De ahí que tengamos en las últimas páginas de los grandes textos que siempre citamos (desde los clásicos biopolíticos hasta los más aguerridos posmarxistas) esos ejemplos que fechan los libros, como un levantamiento en el norte de África o los muy diversos Occupy que hacían hasta hace no mucho las mieles de más de un pensador. Pero es eso, nada más: un detalle. Damián Selci, en Teoría de la militancia (2018) y en La organización permanente (2020), recurriendo a un género de larga tradición como el ensayo de interpretación de la realidad nacional, pasa no sólo a identificar de manera clara las contradicciones del mundo contemporáneo, sino que dedica páginas enteras a presentar una solución. Digamos, invierte las proporciones antedichas.

La organización permanente, su último libro, parte de reconocer sus antecedentes: la teoría posestructuralista es totalmente acertada a la hora de tachar el planteo metafísico-sustancialista de la teoría marxista. No hay una sustancia responsable de la revolución, no hay una preeminencia ontológica del proletariado para llevar adelante el cambio radical (postura de Laclau, Mouffe y tantos otros). Pero falla en el aspecto propositivo. Esa es, sostiene Selci, una limitación ética autoimpuesta para evitar caer en los totalitarismos. Cosa que empobrece las consecuencias de esos avances: antes que pecar, mejor es no decir nada… gran pecado del posestructuralismo. Selci sale de la trampa volviendo a un significante de peso para nuestro mundo político vía Lacan: la “militancia” sería aquello que ocupa el lugar del sujeto en un mundo desubjetivado y, en tanto tal, ejerce su voluntad a la vez que practica sin ambages su único juego, presentar constantemente al otro (y no “representarlo”). Así, habría una reapropiación militante de la frase de Rimbaud tomada por Lacan: “Yo es Otro”, pero Otro militante, siempre en movimiento y en expansión, ya que el fin de la militancia es hacer del otro puntal un militante.

Selci rompe la apatía imperante en las reflexiones filosóficas en política al dejar muy en claro el lugar desde donde enuncia: él es militante de La Cámpora y, en tanto tal, puede pensar y ver cómo las aporías del pensamiento “post” pueden encarnar una acción política efectiva en un contexto presente y latinoamericano. El giro hacia la “responsabilidad absoluta” de la militancia, propuesto por Selci y de ecos sartreanos, se convierte así en la manera de encontrar en Perón y la idea de “la organización vence al tiempo” un modo de romper esa pretensión europeizante de divorciar praxis de teoría (como si no hubiesen existido Lenin o Gramsci). La militancia puede hacerse cargo de todo, incluso, de aquello que ella no hizo y que determina, desde el pasado, nuestro presente. La manera de superar esas contradicciones sin comprar el fetiche de lo “no resuelto” como condición del pensamiento es apostar por la responsabilidad y la organización para actuar, buscando resultados en el sentido más inmediato del término. El único punto que enturbia el entusiasmo en la prosa de Selci es que arma una teoría para la acción que, claro está, tiene como interlocutor a los intelectuales. Por elevación, busca su lugar dentro del territorio de la acción efectiva y del lector militante, aunque eso implique mirar a largo plazo y apostar por la aparición de nuevas figuraciones en la Realpolitik. Nuevas subjetividades, quizás, aún en formación.

 

Damián Selci, La organización permanente, Las cuarenta / El río sin orillas, 2020, 264 págs.

15 Jul, 2021
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