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Las bolas de Cavendish

Fernando Vallejo

TEORÍA Y ENSAYO

No se conforma con ser el primer escritor marciano, tras haber declarado a Colombia país extraterrestre. En Las bolas de Cavendish —novela extrema por lo ensayístico/ensayo inusitado por lo novelesco—, Fernando Vallejo se pone el traje de autor universal y nos lleva de paseo por el Cosmos. A través de agujeros negros y de estrellas que dentro de millones de años tal vez hagan del cazador de Sagitario una hoz y del Escorpión un martillo. De cuásares brillando como billones de soles y de exoplanetas para cuyos supuestos habitantes no sabemos si vale o no la redención de Cristo. Todo sin salir del aula donde el protagonista dicta la cátedra de “Imposturología” en la Universidad de Antioquia a alumnos que no parecen tan dispuestos a desaprender lo que él les desenseña. Que todos —de Newton a los físicos cuánticos, pasando por el “viejo marihuano” de Einstein— forman una banda de impostores que pretenden explicarnos fenómenos para los que no existe ni ecuación ni cerebro capaz de comprenderlos.

A caballo del refutacionismo y del anarquismo epistemológico, el “yo” es una variante punk de profesor chiflado empecinado en denunciar una estafa de proporciones paradigmáticas. A “Efe Ve Ere”, como lo alude el que tiene sus mismas iniciales, el autor le inventa un antagonista académico: Vélez, profesor de cosmología, “todólogo”, “Wikipedia andante”. Un personaje que muere, reaparece vivo y vuelve a morir, con la misma arbitrariedad con que la madre del narrador puede morir ora de diabetes, ora desbarrancada, o variar de un libro a otro la cantidad de sus hermanos: nueve, quince, diecisiete, veinte… Con Vélez, el “yo” discute para qué sirve una ciencia que se embrolla en mediciones y fórmulas matemáticas sin saber “qué es una dimensión, ni qué es una onda, ni qué es un electrón, ni qué es una partícula, ni qué es una cuerda, ni qué es un fotón, ni qué es decencia”. Porque si algo busca el terrorista enciclopedista es desnudar las limitaciones de la sapiencia del Homo sapiens. Para eso reformula la idea de Kant de que las especulaciones acerca del Universo son una ilusión de la razón, diciendo que el tiempo y el espacio son “turbulencias del cerebro”. O señala el infundio que supone medir el tiempo con un reloj, o el peso de la Tierra con las bolas que Cavendish usó en su famoso experimento.

Inspirado en el provecho que le saca Galileo Galilei al recurso del diálogo en sus escritos científicos, Vallejo busca darle a la ciencia, más que una vuelta de tuerca, un giro copernicano. Así como desconfía de los números y del Sistema Internacional de Unidades, su personaje considera un fraude la ley de gravitación universal y postula que la luz no viaja porque es una “radiación de la materia”. Y aunque concibe a Dios como el mayor de los agujeros negros, el hereje se guarda de pedir para los ganadores del Nobel de Física una hoguera como la de Giordano Bruno. Divulgador en su faceta de “ilegitimador”, lo que hace Vallejo en este libro —que es mucho más que una reescritura del Manualito de imposturología física (2004), por el ingenio con que logra novelar un ensayo— es discutir el problema del estatuto lingüístico de la ciencia.

Con una prosa hipnótica, en la voz de la primera persona más singular de las letras contemporáneas, Vallejo ha escrito uno de los libros de ciencia ficción más originales de los últimos tiempos. ¿O no parece haber sido hecho el Universo a la medida de este paladín de la hipérbole?

 

Fernando Vallejo, Las bolas de Cavendish, Alfaguara, 2017, 200 págs.

4 Ene, 2018
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