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Todas las noches escribo algo

Carlos Correas

TEORÍA Y ENSAYO

Hay una esperable fascinación por el grupo de existencialistas de Contorno que parece crecer con el tiempo. Es que el destino de cada uno de esos “personajes” (parece que ni fueron personas) es tan particular como sintomático del estado de la intelectualidad porteña del momento. Y remarco lo de porteña, porque lo que hubo en Carlos Correas, Juan José Sebreli y Oscar Masotta es, ante todo, mucha noche, mucho levante nocturno y mucho vivir según las propias determinaciones, a la manera de clones de Jean Genet, dando vueltas por los cafés de la calle Corrientes a mediados del siglo pasado. Pese a lo dicho, sin dudas, el más desconocido de los tres para el ojo público es Correas. Y quizás sea el más interesante. Quiero decir, el más coherente entre lo que decía y lo que escribía. Todas las noches escribo algo, reunión de varios artículos dispersos, aparecidos en publicaciones entre marginales y de circulación académica, es justamente una invitación a volver a Correas para ponerlo en la balanza con sus otros compañeros de mesa de café y ver, en definitiva, qué queda de todo eso. Quién queda, mejor, en pie.

Dentro de las muchas lecturas que se pueden hacer de estos trabajos “sueltos”, sorprende la centralidad que ocupa en la reflexión de Correas la figura de Kafka. Pero ¿qué Kafka? ¿Cuál de todos? ¿El atosigado por su padre, objeto de atención del psicoanálisis? ¿El maestro del escapismo, según Deleuze y Guattari? No, para nada. En Kafka, Correas encuentra a un par existencial, encuentra al soltero que visita burdeles y que no quiere comprometerse con nadie, alguien que está tan vinculado a su escritura que poco quiere tener que ver con los demás asuntos de lo cotidiano. Y es que el peso de lo ideal en Kafka lo lleva a tratar su cuerpo como mera instancia de pasaje para lograr lo otro: hay una búsqueda metafísica que impone su peso en la manera en que se lleva la vida y en la escritura. ¿No es eso también lo que puede leerse en el cuento “La narración de la historia”, texto maldito que revela el programa de levante de la mesa existencialista de Contorno? Porque para Correas, la homosexualidad no es definir con quién acostarse, sino oponerse a la moral burguesa, que se cuela hasta en los rincones más inesperados (¿por qué nadie habla de esta pasión por los burdeles kafkiana?) y que, en tanto programa vital, bien puede abandonarse cuando se lo considera oportuno, como Correas dice que hizo entre la causa que le armaron por el citado relato y su reaparición en los ochenta y noventa, no exenta de críticas a sus compañeros de café (La operación Masotta es la clave).

En Todas las noches escribo algo, cualquiera va a encontrar a un Carlos Correas mucho más amplio que el anecdótico: no es sólo el que cayó por una causa de censura, no es únicamente el que parece que vivió “tapado” durante parte de su vida, sino alguien con una idea muy clara de lo que debía ser la filosofía y que eligió vivirla de manera extrema, jugando el papel de maldito cuando no era una moda y abandonándolo cuando le pareció oportuno en pos de su proyecto vital. Perón, Kierkegaard, Kant, Pergolini, Grondona son nombres que aparecen en sus artículos, objeto de lectura, crítica y análisis, siempre para distanciarse y marcar su lugar, el lugar ectópico que le terminó sirviendo para retirarse de la mirada pública y escribir, escribir siempre, lo que le parecía, como le parecía, sin ningún marco ni mesa de café que lo contenga. Para ver la originalidad de Correas basta leer este libro y ver el destino escrito de sus otros dos compañeros.

 

Carlos Correas, Todas las noches escribo algo, Mansalva, 2021, 358 págs.

10 Mar, 2022
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