LITERATURA ARGENTINA

La natación no estimula las ideas. Es ensimismada y repetitiva, escasa de incidentes y sonidos, sistemática, apta para las consideraciones de física y anatomía y para el pensamiento obstinado. Si transcurre en la naturaleza, el arco de correspondencias y relaciones posibles se abre –con el oleaje, la fauna, las veleidades del cielo–, pero acrece la monótona pugna entre administración rigurosa del esfuerzo, resistencia contra los embates del medio y alianza provechosa con sus potencias. Es esto lo que atrae a los poetas, y no pensemos que sólo por obvias cuestiones de ritmo y aliento o por las connotaciones de épica y misticismo. La artista norteamericana Leanne Shapton, excompetidora olímpica y autora de una serie de vaporosas acuarelas agrupadas como Swimming Studies (2012), dijo que la natación, fuente de proezas y enfermedades, le había dado el coraje de hacer mil veces algo muy poco especializado hasta que sucediera algo especial, y con eso “una sensibilidad aguda a los usos y el pasaje del tiempo”. De un punto cercano a este Alicia Genovese (diez libros de poesía, dos de ensayos) parte en otra dirección y llega ahí donde el tiempo cede al desprendimiento. Aguas contiene catorce pares de poemas, de estrofa variada, con un breve epigrama a modo de estela entre par y par. Puede leerse como una metáfora: un término es una suerte de informes-poema sobre las asombrosas nadadoras de aguas abiertas María Inés Mato, que con una sola pierna y sin prótesis “cruzó el Beagle, el canal de la Mancha, / un estrecho impensable del Mar Báltico… / bordéo el glaciar en paralelo” y “unió el estrecho que separa Malvinas”, y Diana Nyad, que a los sesenta y un años cruzó de Cuba a Cayo Hueso; el otro es el camino del arte poética. Como en toda metáfora, entre los dos términos emerge algo del orden del ser. Nunca mejor dicho: en la desacostumbrada estructura de documental más meditación se abren paso la individualidad del poeta, los otros, la historia, la memoria, el dolor y la entrega de la individualidad al agua de la vida indiferenciada. “Como si, tan oscurecidos, / saltar del yo compuesto, / del yo adaptado, ese pronombre sin eco / y sin afuera; y nadar, / soltar sin más la emoción / e inundar / la mirada seca / de la impersonalidad”. Es como si, a la vez que el libro se anega, la que escribe descubriese lo que ya sabía: que el agua siempre ha sido para ella el medio para la versatilidad y las repeticiones de la experiencia: lago de Walden, cadáveres en la resaca, la sábana empapada por la rotura de bolsa. Al contrario que en los de Héctor Viel Temperley, el nadador por antonomasia, no hay mesianismo en estos poemas, ni crucifixión; el agua de Genovese es cíclica, pagana, y nadar es mantenerse entre la forma y el deseo, entre la afirmación y el abandono: “Abrir el pecho / empujando en círculos / los brazos. Las piernas / en ángulo de rana / y echar hacia atrás / lo que no acompaña; // acostumbrarse a perder…”. Y así como los versos van dejando los rigores de la sintaxis por el tempo de la brazada, los nombres particulares –traje de neoprene, gorra de goma, caparazones rotos, vértebra de ballena, filamentos de agua viva– dejan paso a los genéricos y los neutros, como en los dos dísticos finales: “y, otra vez, el grito / de mojadura bajo los chaparrones // el avance del drenaje del corazón / y la lluvia sobre lo seco”. Venimos al mundo, escribe más o menos Conrad, como si nos tiraran a un río; y nos pasamos media vida pataleando para no hundirnos, sin comprender que se trata de hacer la plancha. Aguas empieza con la natación como deseo y hazaña, y termina con la entrega al agua como vía a la indistinción. Es un libro vibrante y calmo: a medida que uno lo lee, deja de preguntarse si la conmovida luz de celuloide que lo alumbra es de ocaso o amanecer.

 

Alicia Genovese, Aguas, Ediciones del Dock, 2013, 72 págs.

16 Ene, 2014
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