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Al país de las guerras

Diego Angelino

LITERATURA ARGENTINA

Diego Angelino es un novelista entrerriano nacido en 1941 y afincado desde hace muchos años en el sur del país. Ganó un premio literario importante en su juventud, que lo llevó a “seguir intentando”, es dueño y alma máter de un vivero en El Bolsón y da la impresión de ser un viajero consumado. Estos y otros datos personales pueden encontrarse en el esbozo autobiográfico con el que cierra esta notable publicación de la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos que, además de la novela y el autorretrato del autor, incluye un prólogo de Martín Kohan, otra novela, Sobre la tierra, una especie de secuela de Al país de las guerras escrita muchos años antes y llevada al cine por Nicolás Sarquís, y separadores con imágenes de la obra pictórica de Cándido López.

Por su extenso derrotero histórico y geográfico, que va de 1858 a la década del 30 del siglo XX, de Andalucía a Nogoyá y de Urquiza a Yrigoyen, Al país de las guerras se lee como una novela mucho más ancha de lo que sugiere su extensión. Sin embargo, pese a esa amplitud trabajada, entre otras cosas, por la anticipación o por el recuerdo —en la página 56 hay un apretadísimo y casi íntegro resumen de la trama—, la novela tiene como ancla un derrotero más íntimo y familiar, el de tres generaciones de Salamancas —Félix, Santiago y Diego— y las peculiaridades con las que afrontaron sus destinos. De ritmo pausado pero rebosante de peripecias —incluso, “pausado” puede ser más un efecto del estilo que del material narrativo y de su disposición—, el relato hace gala de una notable capacidad enciclopédica. Apalancado por la incrustación de múltiples piezas informativas o detalladamente explicativas en medio de su natural movimiento narrativo —se trate de los toros Miura o de la figura de ciertos caudillos—, el punto de vista asume un tono didáctico que se entrevera con alguna que otra imagen discursiva más figurativa o poética. El uso de voces como “cortijo” si se trata de Andalucía, o “melga” o “querencia” en la Entre Ríos del 1800, hace pensar también en un muy preciso trabajo de adecuación entre el diccionario de uso y el tiempo y el territorio del relato. Uno y otro aspecto —el artesanado lingüístico y las explicaciones— favorecen la impresión de realidad general que toda invención reclama para sí, de manera que no hay ninguna necesidad de acudir a la historia o a un manual de ganadería para apuntalar la novela. Con notas de western acriollado —las caravanas de colonos, la cuadrera en la que el negro Muñoz lo pierde todo— o de hondo melodrama —la muerte accidentada de Félix Salamanca o la locura y el lento afantasmamiento de doña Encarna—, Al país de las guerras presenta una historia extensa de migraciones, fatigas, encumbramientos, adioses y deudas en lo que, parafraseando la introducción de Kohan, podríamos llamar un relato moderno, sólido y plenamente autoconsciente.

 

Diego Angelino, Al país de las guerras, EDUNER, 2019, 352 págs.

14 Nov, 2019
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