LITERATURA ARGENTINA

El acto de la escritura es equivalente al de un viaje hacia un punto de no retorno y de autodescubrimiento. María Casiraghi aborda la experiencia desde un lugar cercano a la intemperie; no hay epifanías en sus versos, sólo imágenes y situaciones congeladas que se repiten, a partir de las cuales reflexiona de manera introspectiva: “¿Te diste cuenta / que siempre detrás de ti / va tu viaje?”. La grafía del poema no registra lo anterior, los hechos del pasado, se detiene en el porvenir: “volar bajo / también te absuelve / puedes ser un día más / entre los días / como una cicatriz de tu futuro”. Decir “cóndor” implica apropiarse de un símbolo de un modo singular. La alteridad, el universo animal, el desplazamiento de los pájaros configuran un universo cerrado sobre sí mismo que sirve para comprender aquello que nos ocurre en un plano terrenal: “Lo primero que se llevan / es el corazón / abren al muerto / y le quitan lo que siente / para que olvide / para olvidar también”. De esta forma aparece una pedagogía, un aprendizaje en el reino animal que de improviso encuentra su correlato en nuestra propia biografía.

La observación del comportamiento de otras especies puede brindarnos quizá una respuesta a la pregunta de cómo llegamos a ser quienes somos y sobre cómo podría ser nuestro destino: “Si lo miras bien / el cóndor también es subversivo / desobedece la ley de gravedad / invierte los estados del alma / y nunca desaparece”. El símbolo aquí viene a instalar un orden sensible con el que la voz del poema dialoga, y el poeta recibe sin divergencia en clave casi alegórica sentidos posibles del mundo y también de sí: “En próximas vidas / en futuros paraísos / se extinguirán los cuerpos, / y la única materia / la única carne / será el viento”. En la repetición de los comportamientos de las otras especies hay algo que aprehender: “Por eso tanta saña y tanto miedo. / Los aparecidos / ya saben volar como los cóndores / el infinito / también tiene sus métodos”. Quién sabe si el modo mediante el cual un cóndor sobrevive no es un modelo a seguir, un gesto a imitar más allá de la palabra, desde el silencio. El símbolo transforma y afecta la sensibilidad, transforma definitivamente el hogar del poeta y expresa aquello que a primera vista resulta inexpresable.

La referencia a un ave del altiplano prefigura la posibilidad de narrarnos desde otro lugar y les agrega una voz a las emociones que no encuentran las palabras adecuadas: “busca en los lagos / el rostro del cóndor / que en cada reflejo / vuela / somos hombres / apenas / heridas del continente / el que limpia / puede curarte”. Son las decisiones y los movimientos circulares los que restauran nuestras diferentes faltas en una suerte de armonía íntima y universal a la vez. Si bien la memoria personal pareciera haberse borrado, en este libro se recupera un relato colectivo: diferentes voces se relacionan con el presente para anunciar una lección decisiva acerca de cómo obrar aquí y ahora en un juego recíproco de luces y tinieblas: “En mi sombra también soy cóndor. / La oscuridad / si vuela / puede alumbrar el mundo”. Casiraghi nos recuerda que la poesía puede ser como el ojo del cazador, el vocablo mudo de la pausa, el interminable tiempo de la espera con que a lo largo de los años hemos ido tejiendo nuestra trama común.

 

María Casiraghi, Cóndor, Alción Editora, 2018, 100 págs.

2 Ago, 2018
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