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LITERATURA ARGENTINA

Tratar de captar todo aquello que subyace a La Historia parece una labor tan ambiciosa como la propia novela, que entrega uno o varios mundos enteros. Sin embargo, me aventuro a proponer que es una invención monumental desplegada a lo largo de más de mil páginas, una utopía y a la vez una distopía de los orígenes argentinos, pero también el sueño y la pesadilla de la historiografía, la antiepopeya nacional y, sobre todo, el reverso humorístico del concepto de texto fundacional. Han tenido que pasar dieciocho años —desde 1999, cuando apareció aquella primera edición de circulación reducida— para que esta magna obra impacte en el tejido literario y para que el lector pueda tener una idea precisa del proyecto narrativo de Martín Caparrós, cuyo centro es La Historia, pues arroja luz sobre, por ejemplo, Ansay, su primera novela, o El interior, La voluntad y hasta Echeverría. Lo ha hecho de la mano de Anagrama, que además ha intentado preservar los detalles paratextuales de la edición original: la tapa robusta, el blanco de las solapas que anuncia ya el extrañamiento de la realidad que continúa en el interior.

Antes de acceder al ordenado laberinto de La Historia, el lector se topa con dos universos que enmarcan la novela: Borges y Cervantes, cifrados ambos en la cita de El Quijote que sirve de pórtico: “la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. Implícitamente, Borges se encuentra también aquí, pues este es uno de los fragmentos que escribirá siglos después Pierre Menard. Sin embargo, no sólo este cuento de Borges se encuentra detrás, también están las huellas del “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y las del poema «Fundación mítica de Buenos Aires» y, en términos generales, el ánimo de la ingente labor de relectura y reescritura de las imágenes sedimentadas del pasado.

La novela, mixtura de crónica simulada y de interpretación histórica y reconstrucción ecdótica, avanza mediante el diálogo de los dos planos que la componen, el diálogo entre el presente y el pasado. Por un lado, se pormenoriza la historia de Óscar, cuyo relato se inicia la noche antes de convertirse en soberano de La Ciudad y las Tierras y que le dicta a su amanuense, Jushila. En la novela, entonces, toda la civilización, todo un cosmos imaginado tiene cabida: se detallan usos y costumbres; aparecen tanto ritos como poemas, mitos, biografías; también formas de concebir las relaciones sexuales, la muerte y, sobre todo, el tiempo, pues de toda la cosmogonía que aquí se detalla, el núcleo de reflexión desemboca en el tiempo y la muerte.

Por otro lado, a cada sección de esta crónica le sigue un cuerpo de notas, tomadas por Mario Corvalán Ruzzi, el historiador que ha encontrado cervantinamente el texto de La Historia y se dispone a editarlo, aunque la obra tenga una autoría dudosa, con el fin de institucionalizarlo como el texto fundacional de Argentina: “tenía que restablecer una edición completa de ese escrito, que arrojaría sobre la historia de la modernidad burguesa y sobre los propios cimientos de la historia de mi patria luces a todas luces nuevas y reveladoras”.

El vasto despliegue de la novela tiene así algo de performance, pues escenifica, simula los procesos de los que se sirve la historiografía oficial para tratar de construir una imagen unívoca de la historia, y a la vez, revierte irónicamente esos procedimientos, lanza su imagen deformada, proyecta la pesadilla en la que pueden desembocar, de tal forma que crea una contrarrealidad, un contradiscurso que evidencia la institucionalización tanto de la historia como de la identidad, y propone otra mirada desde la que pensar el pasado. Si el mito de los orígenes de la patria, así como la invención de un imaginario en el que el individuo se acomode, acaban tornándose una cárcel, la ficción, indagando en otras realidades, en otras posibilidades, puede liberar a la identidad del peso del mármol y la eternidad. Acaso La Historia sea una de las novelas que llevan hasta su formulación más radical la idea de reescribir, y por tanto de releer y pensar de nuevo la historia, acechada constantemente por las versiones oficiales que, sin embargo, quedan subvertidas ante la revelación de que todo pasado es ilusorio, todo origen, imaginario, y la historia, en su centro, ficticia.

 

Martín Caparrós, La Historia, Anagrama, 2017, 1024 págs.

30 Nov, 2017
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