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Las visiones venenosas

Fermín Eloy Acosta

LITERATURA ARGENTINA

Mediante una señal indefinida, una entidad convoca a las cuatro jóvenes protagonistas de Las visiones venenosas a compartir una casa-quinta dentro de un parque donde hay otras casas con otros grupos como el de ellas. Sin conocerse entre sí previamente y sin casi relacionarse con sus vecinos, deberán convivir y esperar hasta que esa entidad, a la que a falta de nombre conocido llaman “Ellos, Las cosas”, vuelva a comunicarse. Con esta novela ganadora de la segunda edición del Premio Hebe Uhart de Ediciones Bonaerenses, Fermín Eloy Acosta le da consistencia a una poética que ya había comenzado a construir con Bajo lluvia, relámpago o trueno (2019). En ambas, la voz narrativa es la de una mujer, y la escritura, con su estilo pausado y sus acentos precisos, bordea lo poético. 

Si en aquella primera novela el cortejo fúnebre que avanzaba por el campo obligaba al despliegue sucesivo del tiempo y de la narración, porque, finalmente, era un relato de viaje, aquí, aunque los días pasan, el aislamiento y la espera lo detienen todo. Esa permanencia en un punto circular de espacio y tiempo también imprecisos apremia a las mujeres a completar con descripciones y narraciones lo que en un principio se les presenta como un conjunto vacío y silencioso. Entonces, de la agudización de los sentidos y la recursividad perceptiva (“yo me quedaba quieta, yo miraba lo mismo en lo mismo”) emerge la descripción exhaustiva de la naturaleza: paisaje, plantas y árboles existen sólo en la medida en que son nombrados (“miraba afuera y los perfiles de las cosas en el parque salían de a poco del negro sombroso de la noche”). Y del silencio material (“Silencio”, se dice varias veces) de ese presente continuo salen los relatos fragmentarios e intercalados del pasado: la historia de la profesora de pintura de Olga la narradora, que había ganado un premio de escultura sin poder progresar en su profesión; la experiencia de Belita como obrera en una fábrica de fósforos; las reuniones del padre militar de Graciela con sus compañeros retirados, a quienes ella debía atender; el tío borracho de Elsa que vivía en el fondo de su casa y buscaba una y otra vez los dientes que le faltaban. 

La trama parecería partir de los antiguos relatos sociales y políticos del siglo XX: aquellos jóvenes que abandonaban todo para abrazar una utopía, ya fueran hippies en busca de una comunidad o militantes revolucionarios que respondían al mensaje de un líder. Sin embargo, aunque aquí hay varios grupos de jóvenes desperdigados en lo que llaman comunas, y aunque desechen el pasado de las anteriores generaciones (“Que lo viejo deje paso a lo nuevo, dijo alguna”), su futuro no está en la posibilidad de construir un nuevo mundo, sino, apenas, en el vacío de una espera pasiva y mesiánica, durante la cual creen estar sometidas a la evaluación de una mirada externa permanente (la de “Ellos, Las cosas”, que las estarían eligiendo para una prueba final; la de quienes miran desde las otras casas; la de ellas entre sí, que llegan incluso, para ello, a formar bandos de a dos) para la que es necesario exhibirse creando contenidos: “también ella, también Graciela, buscaba formas de mostrarse a los que también nos miraban, pacientes, desde cualquier rincón del parque”. 

Así como Ricardo Piglia sostenía que Roberto Arlt había captado en Los siete locos el clima político de su época sin haber nombrado jamás a Yrigoyen, del mismo modo Fermín Acosta, sin nombrar nada ni a nadie de la actualidad, viene a captar con Las visiones venenosas la tremenda exposición y al mismo tiempo el vacío en que se mueve la sociedad de esta Argentina contemporánea.

 

Fermín Eloy Acosta, Las visiones venenosas, Ediciones Bonaerenses, 2025, 200 págs.

28 Ago, 2025
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