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Los que duermen en el polvo

Horacio Convertini

LITERATURA ARGENTINA

“Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados; unos, para la vida eterna, y otros, para vergüenza y confusión perpetua”, dice el profeta Daniel en un pasaje que, tanto en la Biblia como el Tanaj, refiere la doctrina de la resurrección y la vida eterna. En esta novela, la frase es una metáfora: el poder exige la competencia despiadada, el fin siempre justifica los medios, excusa la corrupción, la depravación, el terror. El apocalipsis en forma de epidemia ha llegado y la salvación no puede ser sino mesiánica. Acaso porque somos todos seres para la muerte, la cuestión es qué hacemos mientras tanto.

En una voz confesional, Jorge, el narrador protagonista, organiza la anécdota desplazándose desde la historia romántica al género de terror y al policial negro, en distintos tiempos: hila retazos de presente y pasado en una trama en la que el adentro y el afuera se reflejan mutuamente; como en una tétrica carrera darwiniana, nos comemos unos a otros. Al comienzo es fácil identificarse con él porque es un antihéroe enamorado de su mujer, Érica, que ha desaparecido y no sabemos la razón.

Puertas afuera de su matrimonio, un mal desconocido azota a la Argentina: los seres humanos se transforman en “bichos”, especies de zombis hambrientos y caníbales que atacan a mordiscos a otros, que a su vez se convierten también en “bichos”, solo que desmembrados. El virus se expande hacia el norte como una rueda de fuego; los sobrevivientes huyen a la Patagonia buscando refugio detrás del Río Colorado, donde pretenden una vida normal ajena al horror. El nuevo gobierno traslada la capital a Río Gallegos y, para levantar un laboratorio que contenga la peste, recibe fondos billonarios del mundo conmocionado.

La urgencia justifica que los dirigentes se autoasignen el pingüe negocio de la epidemia, la derivación casi natural del monstruoso efecto del poder, peor que el brote macabro. Un interventor federal, el Lele Figueroa —político ejemplar porque labra su propio camino mientras miente que preserva el bien común— lidera la reconquista de Buenos Aires desde el barrio de Pompeya con un equipo de mercenarios. Jorge pide ser incluido porque urge “huir del fantasma de Érica que era peor que los bichos y que la muerte misma”. En su vida anterior, Jorge, el único que no tiene apellido porque es un perdedor, fue periodista y luego funcionario. A medida que construye su historia con Érica, lo derrota el juego del poder matrimonial, por el que es capaz de tolerar la humillación, pero no el abandono. Como dice su amigo el Lele, nuestro cerebro cuenta con un “centro de la decepción” que produce reacciones químicas para amortiguar el efecto de los hechos negativos. Según cómo nos funcione ese centro, veremos el vaso medio lleno o medio vacío: inventaremos nuestra realidad y obraremos en consecuencia.

De una excelente factura y dosificación de la intriga, la novela tiene la virtud de satisfacer tanto a los lectores que buscan saber qué pasó como a quienes escrutan lo simbólico entre líneas.

 

Horacio Convertini, Los que duermen en el polvo, Alfaguara, 2017, 176 págs.

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