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Los sorrentinos

Virginia Higa

LITERATURA ARGENTINA

Natalia Ginzburg, dichosamente convocada a dialogar con nosotros por el epígrafe de Los sorrentinos, escribió una vez contra el advenimiento de un lenguaje artificioso, edulcorado, que empezaba a elegirse en reemplazo de otro que ella proyectaba más próximo a las cosas y a sus denominaciones. En su ensayo de 1989 titulado “El uso de las palabras” señalaba ese nudo creciente de motivaciones hipócritas que imponían al “no vidente” por el ciego o al “trabajador ecológico” por el barrendero. Con disfraces que disimulan crisis entre turbulencias, con o contra desinencias y grafismos colocados en favor de una igualdad, traslúcido u opaco, el lenguaje nos atraviesa. Ahí está, si no, la historia de Los sorrentinos, cuyo relato puede asociarse a una receta de cocina y a la familia que la atesora, a un recordatorio de la asimilación inmigrante, de ciertas costumbres sólidas y a su vez acrisoladas, pero sobre todo a la creación y al uso de un léxico… fuera de serie.

Narrada por la escritora y traductora Virginia Higa con una destreza asombrosa, que nos embruja y nos hace olvidar las complejidades relacionadas con la gramática y la sintaxis —al relato lo impulsa una naturalidad narrativa tan tersa y tan lograda que nada parece deliberada u obsesivamente escrito—, Los sorrentinos se prueba como una novela memorable: es casi inevitable que, una vez conocidos, ciertos personajes y ciertas situaciones no conserven una sobrevida en nuestra imaginación y en nuestra memoria. Chiche sin dudas, pero también su hermano Umberto, cuyo destino es triste aunque no desgarrador, como si su muerte fuese el final más apropiado para lo que sabemos de su vida. Carmela, el ilustre Pepé. La casona amarilla en Sorrento, que no es un personaje pero que es el escenario donde más o menos todo empieza a amasarse, y el asombroso cameo narrativo de Máximo Gorki. El brevísimo reinado culinario de la “Gorda Montero” y la callada autoridad en ese mismo terreno de Facha Farina. Entre las múltiples magias que nos convida Los sorrentinos, la diversidad de anécdotas es una fenomenal. También lo es el humor, gracioso en el final de las conversaciones, con chispazos irónicos que tallan parecidos a verdades, aunque otras veces aparezca lastrado con algo de nostalgia, como si la comicidad limpia y a pura carcajada no fuese un horizonte natural de la vida ni de esta forma de recordarla. Y cierto, sí, las palabras; ese idioma común de los Vespolini, cariñosamente glosado por Higa, y cuya presencia hace de la novela algo tan único como el plato que se sirve en la Trattoria Napolitana. Catrosha, catrosho, sciaquada, spaccone, pappochia. ¿Alcanzaría alguno de nosotros el estatus de Carpi? ¡Boh! ¡Puros chinasos!

En los pliegues de su diatriba contra aquel uso hipócrita de las palabras, Ginzburg también dejaba en claro qué otra clase de lenguaje defendía. Este que compone Los sorrentinos, lleno de gracia y empatía, franco y con modulación de documental, se contaría entre sus preferidos. Su cautelosa naturalidad, su poder evocativo, su eficacia: ¿cómo podría uno resistirse a saborear, a la par o después de la lectura, un plato de esa pasta suave, rellena, con forma de sombrero y sin repulgue? Un homenaje a su creador, además, debería incluir una pasada por el festival de cine que La Feliz organiza en primavera.

 

Virginia Higa, Los sorrentinos, Sigilo, 2018, 152 págs.

6 Sep, 2018
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