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Matate, amor

Ariana Harwicz

LITERATURA ARGENTINA

En mayo de 2015, un blog literario convocó a cuatro escritores argentinos, entre ellos a Ariana Harwicz, para que recomendaran libros de otros. Harwicz seleccionó tres y fundamentó su elección de El adversario (2000), de Emmanuel Carrère, con un comentario que parece quedarle bien a su Matate, amor, cuya primera edición fue en 2012 y que ahora se reedita. En relación con El adversario decía Harwicz: “Me interesa cómo se desliza biográficamente de una existencia marcada por lo convencional a una libertad psíquica extravagante, de un empleado y padre de familia a esconderse en pleno día en los bosques de Jura”; y remata: “No importa cómo y cuándo pasó exactamente el hecho ni las conclusiones éticas en clave realista, si este hombre no hubiera sido de verdad, el arte debería imaginarlo”. Puesta a imaginar, en Matate, amor Harwicz construye un relato en el que una mujer, hundida en un bosque íntimo de familiaridad y costumbres gravosas, huye cada tanto a otro que arranca en el patio de su casa y se extiende en todas direcciones. Allí afuera habita un ciervo cuya presencia, real o supuesta, tiene sobre ella un efecto balsámico; pero allí conviven los otros, especímenes rancios de una pobre animalidad humana, y también ella, una graduada universitaria “más bestia que esos zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par”. Acaso esa transformación, ese pasaje entre la civilidad letrada, que la protagonista añora y ha perdido, y su presente atestado por los múltiples modos de lo salvaje, sea el corazón de la novela. La puerta de entrada a esa brutalidad adocenada pudo haber sido el amor, y la salida quizá esté señalada por la locura. El ritmo del relato, mientras tanto, se tensa entre continuas ensoñaciones, la vida realmente vivida y un deseo —sexual, feroz, omnipotente— cuya satisfacción es apenas incidental o importa menos que su persistencia. Personas como perros o como lobos; sueños de dientes afilados y apetitos que arrasan y queman; hienas y chacales; los hábitos de la familia y su comunidad, así como las metáforas, las descripciones y casi todas las herramientas narrativas que despliega Matate, amor, están tensadas también por ese componente brutal, como si una suerte de ímpetu animal hubiese contagiado a la novela en su conjunto, a su atmósfera, su lectura y su recuerdo. A veces de un modo quieto y pensativo, a veces chicoteado por la velocidad de una road movie, el vaivén entre un polo y el otro, entre la sobreadaptación a ese medio enrarecido y el descalabro emocional o psíquico que el trabajo supone —y que tanto aflige a la protagonista—, se vuelve un combate golpe por golpe coloreado con imágenes fuertes que, a veces, se empantana en la repetición. En cualquiera de sus versiones, sumisa o sacada, ella enhebra una suerte de autoanálisis —rabioso también— en pequeñas estampas que son como las fotos de un álbum familiar cada vez más oscurecidas por la sombra de lo que es y lo que hay. La amabilidad teñida de envidia o conmiseración, la dejadez, la vulgaridad, el recelo y sus secuelas en cataratas están ahí, siempre, en todo: incrustaciones preciosas en la delicada orfebrería de la sociabilidad o el amor.

 

Ariana Harwicz, Matate, amor, Mardulce, 2017, 160 págs.

1 Jun, 2017
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