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Mi libro enterrado

Mauro Libertella

LITERATURA ARGENTINA

Como si el rito de paso fuera sencillo, la primera frase del primer libro de Mauro Libertella se abre con “mi padre” y se cierra con un “yo”. Prodigios de la sintaxis, entre uno y otro media apenas el departamento de dos ambientes en que escribe el hijo, el mismo en que murió el padre cuatro años atrás. Pero la delicada simetría de la frase no oculta un rumor de fondo que muy pronto empieza a aflorar: a Libertella hijo le llevará más de setenta páginas escribir el nombre del padre, Héctor Libertella, sin sentirse “un usurpador”, y medirse con el vanguardismo empedernido que convoca en la literatura argentina apenas se lo pronuncia. Con dos novelas escritas a los doce años, el premio Primera Plana a los veinte y el Paidós a los veintitrés por una novela que era “todo lo nuevo que se puede pedir a un escritor en 1968”, Héctor Libertella fue, entre otras cosas, un modelo imbatible de precocidad. “Un buen espejo de escritores”, según Aira, “con el tiempo, el último que quedaba”.

En el espejo del padre, con toda lógica, el comienzo del hijo se demora. A la edad en que ahora escribe, su padre ya había sido beatnik, trotamundos, experimentador excéntrico y hasta caricatura de Hermenegildo Sábat. Él, en cambio, a la edad en que el padre publica su primer libro, ya ha lidiado con su “derrumbe” y su muerte prematura, que ahora rememora en el suyo con dolida serenidad. Pero la clave del encuentro no está en darse finalmente por vencido frente a la precocidad del padre que lo persigue como una “bestia que lo corre por atrás”, ni en exhumar el experimentalismo obcecado de sus muchas reescrituras. En las antípodas del hermetismo del padre, Libertella hijo rezuma transparencia, como si revisando sus papeles, hubiera elegido heredar esa rara nitidez de su autobiografía póstuma, La arquitectura del fantasma (2006), que es a la vez una contraseña generacional. La claridad tocada de sentimiento con la que ya ha tomado distancia en sus primeras notas de periodismo hace llorar al padre mientras lee lo que ha escrito sobre la muerte de Syd Barrett, el líder psicodélico de Pink Floyd. La escena es mínima en el recuento pero cifra un diálogo callado y conmovedor. ¿Por qué llora el padre? ¿Por Syd Barrett, despojo sombrío del Swinging London? ¿Por el ocaso de la psicodelia, el derrumbe y la soledad de la autodestrucción? ¿O llora porque él también se mira en el espejo del hijo, que escribe en esa lengua clara, íntima pero no necesariamente sentimental, con la que los escritores más jóvenes se apartan de las escrituras “intraducibles” que él supo cultivar? “Ah, una familia, hijo”, había escrito, “una gran familia es un gran ejército de robots que reciben mandatos de no se sabe dónde y que los trasladan a no se sabe quién”. Mauro Libertella ha escrito su primer libro ensayando una respuesta. Incómodo en el ejército de robots, tomando el fantasma por las astas, escribe un libro breve y sentido, con vocación de elegía, diálogo póstumo y entierro. Quizás, macedonianamente, como le hubiera gustado al padre, ha escrito el primero necesario antes de empezar.

 

Mauro Libertella, Mi libro enterrado, Mansalva, 2013, 77 págs.

1 Ago, 2013
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