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Sinsentidos comunes

Ezequiel Zaidenwerg

LITERATURA ARGENTINA

Bien decía Borges que decía Stevenson que hay una cualidad que en la literatura lo es todo. O mejor dicho: una virtud sin la cual las otras virtudes son inútiles. Esa virtud es el encanto. Encanto, sentido del juego: eso que está encarnado en el idioma inglés al punto que se dice “play” para la acción de tocar el piano, o actuar, o para una obra teatral… Y hay una forma en la poesía inglesa que ha sido particularmente afortunada para ser ocasión de esa virtud: el limerick, una estrofa de cinco versos acentuales de rima aabba. Básicamente utilizado para hacer humor sexual u obsceno (es fama que cuando le preguntaron a Bennet Cerf, fundador de Random House, cómo habían hecho para elegir al ganador de un concurso de limericks que había organizado la editorial, respondió: “Muy fácil, descartamos todos los indecentes y elegimos el que quedó”), fue reinventado para siempre por Edward Lear a mediados del siglo XIX: sus limericks, sin importar lo inquietantes que puedan ser a veces, tienen siempre algo encantador: “There was and Old Man who said ‘Hush!/ I perceive a young bird in the bush!’/ When they said, ‘Is it small?’/ He replied, ‘Not at all!/ It is four times as big as the bush!’”. (En la lograda traducción de Daniel Samoilovich: “Aquel anciano dijo: ‘¡Justo ahora/ viene a meterse un pájaro en la mora!’/ Preguntaron: ‘¿Diminuto?’/ Respondió: ‘En absoluto./ Cuatro veces más grande que la mora’”).

Tratar de dar ese encanto en castellano es el difícil desafío de este libro, como lo prueban las ilustraciones de Raquel Cané que, sin menoscabo de su originalidad, pueden ser vistas como un homenaje a las que acompañan los limericks de Lear. Y es un desafío difícil porque no hay entre nosotros una tradición de poesía del encanto: el humor suele tomar o bien la forma agresiva del gaucho Martín Fierro (“Al ver llegar la morena/ que no hacía caso de naides/ le dije con la mamúa:/ ‘Va… ca… yendo gente al baile’”) o bien formas de caústica parodia o ironía inteligente (el Daneri de Borges, por ejemplo: “He visto, como el griego, las urbes de los hombres,/ Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;/ No corrijo los hechos, no falseo los nombres,/ Pero el voyage que narro, es… autour de ma chambre”). Es cierto que María Elena Walsh había ya utilizado la forma entre nosotros en su Zoo loco (1964), pero se trata un libro dirigido claramente al público infantil, y en cambio estos Sinsentidos comunes son tan disfrutables para un chico como para un adulto.

Pese a lo difícil del reto, Zaidenwerg logra —mediante endecasílabos, heptasílabos y sobre todo la rima— crear en castellano mucho de ese encanto. Tal vez él sea más lúdico e inteligente donde Lear logra ser más misteriosamente íntimo, pero de todos modos hay algo central que se ha alcanzado: el arte de hacer durar la chispa que susurró la forma, como en: “Había un vagabundo de Esperanza/ que rezongaba: ‘No hacer nada cansa’./ Luego en cosa de un mes/ falleció por estrés/ aquel sufrido vago de Esperanza”. O en este otro: “Había un cirujano de La Plata/ que operaba vestido de pirata:/ ‘Es que así me relajo y nunca yerro el tajo’,/ argüía el cirujano de La Plata”.

Hay que agradecer la graciosa apropiación que es este libro y abandonarse a su encanto. Sólo lamento que no tenga veinte o treinta páginas más.

 

Ezequiel Zaidenwerg, Sinsentidos comunes, dibujos de Raquel Cané, Bajo la Luna, 64 págs.

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