35 muertos

Sergio Álvarez

LITERATURA IBEROAMERICANA

Tras la resaca del boom, en la literatura latinoamericana, orillada por la violencia política o meramente delincuencial, ha cobrado vigor la novela que pretende reflejar la historia y la sociedad de un país como método para interpretar su presente. Este afán realista, en sus expresiones más abarcadoras, suele seguir dos patrones: el sincrónico y el diacrónico. En el sincrónico, se exploran distintos ámbitos de un mismo espacio en un lapso más o menos breve; el ejemplo colombiano paradigmático sería Sin remedio (1981), de Antonio Caballero. En el otro modelo, el diacrónico, se narran varias décadas de la vida de un personaje, de forma que los acontecimientos históricos más notorios queden registrados, a veces como telón de fondo, a veces cobrando protagonismo. Así sucede en 35 muertos, que en realidad refiere a los últimos treinta y cinco años del siglo XX colombiano.

En la novela, un pícaro sin nombre se las ingenia para vivir una infancia feliz en el campo; también para, siendo todavía niño, lanzarse de lleno a la colombianidad que propone Álvarez y ser, sucesiva y a veces simultáneamente, guerrillero comunista, pandillero, soldado, vagabundo, titiritero, paramilitar, delincuente de cuello blanco, emigrante y narco de baja estofa. Si es mucho para un país, tanta realidad resulta desmedida para “el pelado”, y eso sin contar las coincidencias imposibles que se suceden entre balazos. Pero la apuesta de Álvarez es clara: la desmesura, en la cual entra de lleno, de a ratos simulando explícitamente una telenovela o inspirándose en un bolero; no por nada cada capítulo lleva como epígrafe las líneas de alguna canción.

La estructura alterna partes en las que “el pelado” cuenta su propia historia con otras en las que se les da voz a las decenas de personas a las que les tocó vivir o morir junto a él. Podría reprocharse la similitud de todas esas voces, pero la que finalmente prima, coral y única, rebosa tanta vida en medio de tanta muerte que acaba siendo una falta menor. Porque si algo sobresale de 35 muertos es la calidad de la escritura, consistente y musical, tan caribeña, en la que resuenan los compases de Guillermo Cabrera Infante, Luis Rafael Sánchez y Mayra Montero. Y como suele suceder en la novela caribeña, además de la violencia está el sexo, que aparece por todas partes y en todo momento; sin llevar una cuenta exhaustiva, se diría que por cada muerto hay un polvo, con todo y con su respectiva historia de amor. Esta fiesta de vitalidad en medio de las masacres, la prosa juguetona que narra los hechos más abyectos, la fatalidad con que se retrata el devenir colombiano, la influencia de la cultura popular más cursi y el torrente de acción dotan a la novela de un aire de ligereza algo incómodo, que convive con la manera en que Álvarez muestra que la vida sigue y se celebra aun en los escenarios más crueles. Será el lector quien decida si 35 muertos banaliza la historia reciente de Colombia para reducirla a una telenovela (magistral, pero telenovela al fin y al cabo) o si, por el contrario, explora nuevos lenguajes y formas para captar la terrible dualidad de un país en el que ni en los periodos más sangrientos se dejó de bailar.

 

Sergio Álvarez, 35 muertos, Alfaguara, 2013, 504 págs.

16 May, 2013
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