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El cielo de la selva

Elaine Vilar Madruga

LITERATURA IBEROAMERICANA

Un epígrafe de Medea, de Eurípides, abre El cielo de la selva, de la cubana Elaine Vilar Madruga: “Más quisiera yo embrazar tres veces el escudo que parir una sola”. Medea mata a sus hijos para vengarse de la traición de su esposo, Jasón. En la novela, hay otro personaje de ascendencia clásica sobre el que escribió Eurípides: Ifigenia, la hija de Agamenón, a la que Atenea salva de morir sacrificada bajo el cuchillo de su padre a cambio de convertirla en sacerdotisa del templo de Artemisa, encargada de sacrificar a los extranjeros que llegan al país de los tauros.

La novela de Vilar Madruga tiene rastros de las dos, aunque no tome la historia de ninguna. En una hacienda al borde de la selva, viven la abuela, Santa —la que debe parir— y “los niños”, entre los que sólo Ifigenia tiene nombre y capítulos propios. No se mata a los niños por odio o venganza, como hace Medea, sino por obediencia, como la hija de Agamenón, para calmar a los dioses o a la selva, que se confunde con ellos.

El cielo de la selva no es la historia de una familia en una casa en un espacio exuberante como en el realismo mágico. Está también el otro lado de la selva, que es el lado realista de la novela: el barrio, los narcos, los militares. Tampoco hay realmente una familia, sólo algunos de sus miembros en una organización que se parece más a una institución de disciplinamiento —hay una jaula, miedo, hambre— o a una unidad productiva —procrear es producir—. Los hijos se matan como las gallinas (se puede pensar en “La gallina degollada”, de Horacio Quiroga).

Los personajes, en cambio, están ligados por la organización de la hacienda y de la novela, que alterna el foco entre ellos, pero une sus historias con la repetición del final de cada capítulo en el principio del siguiente. Restos de una familia, rastros de tragedias griegas, ecos de los territorios y las poéticas de la tradición más exportable de la literatura latinoamericana.

La crítica a la maternidad obligatoria en una ficción de género puede recordar El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Acá también hay mujeres pariendo para satisfacer la demanda del poder. Acá también aparecen destellos de solidaridad entre algunas de ellas —las mujeres son “una especie amiga de ayudarse mutuamente”, dice la Ifigenia de Eurípides—. Pero la manera en que se especifica cada uno de esos puntos marca la diferencia. Y de eso hay que enterarse leyendo.

Si hay un boom, es este que en nuestra lengua nos da el lujo de reunir género con género y ver qué sale. Las novelas y cuentos anteriores de Elaine Vilar Madruga se inscriben de manera explícita en la ciencia ficción. Lo que hace este momento latinoamericano es llevarla de editoriales cubanas, o del circuito especializado, a otras como la chilena La Pollera, que publicó Salomé en 2016, y a Elefanta, una editorial mexicana con marca latinoamericana en su catálogo y, por suerte, en su distribución, que ya había editado La tiranía de las moscas en 2021.

En La tiranía de las moscas había una Casandra, como acá está Ifigenia, y un poder sobrenatural, que es el de los hombres, los padres o los dioses, como también en Atwood y en los griegos. Puede pensarse que hay una fórmula, pero Vilar Madruga le da un giro. El destino se deshace de la inmanencia clásica, la lengua muta y la selva se pone roja. De esto también hay que enterarse leyendo.

 

Elaine Vilar Madruga, El cielo de la selva, Elefanta, 2024, 272 págs.

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