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La isla de los conejos

Elvira Navarro

LITERATURA IBEROAMERICANA

“En los días carnavalescos está siempre el juego de otorgarse a uno mismo ir hasta la periferia, asumiendo un papel y un aspecto completamente ajenos: el disfraz elegido muestra a la vez la periferia en que te encuentras y el centro que buscas evadir”. La sentencia es de un diálogo robado del blog de Rafael Argullol al hilo de una conversación sobre centro y periferia, pero traza a la perfección las coordenadas para navegar hacia La isla de los conejos, el más reciente trabajo de Elvira Navarro (Huelva, 1978). Once relatos marcados por el extrañamiento y las constantes huidas, que se encuadran justamente entre los ejes de la periferia y el disfraz.

La periferia de lo real, se diría. Con tramas que se prolongan hasta el límite de lo cotidiano y encuentran en ese espacio fronterizo el hábitat para el realismo fantasmal que la autora acostumbra practicar. Un hombre puebla una isla del Guadalquivir con decenas de conejos hasta prácticamente mimetizarse entre ellos (“La isla de los conejos”). Su intervención invasiva del ecosistema y su afán desmesurado de control llevan detrás una condena, admitir que es incapaz de naufragar fuera del mundo. Una hija huérfana imagina el tránsito de su madre hacia la muerte y termina perdida en el océano de su propia memoria (“Memorial”). El ejercicio mnemotécnico adquiere el lenguaje de su época y ella no puede más que recordar en imágenes. Fotografías reales o imaginarias que le devuelven su propia vida en trozos colgados en un muro de Facebook, como si el ánima de su madre, a la deriva, lanzara mensajes en una botella desde el más allá virtual.

Pero también la periferia física; la del territorio y la del cuerpo. Porque el libro entero se sucede entre parajes desolados, habitaciones apartadas, espacios alejados del centro urbano y humano (islas); y extrañas metamorfosis físicas que juegan con la veracidad de la anatomía. Desplazamientos todos que Navarro utiliza como incubadoras en las que encerrar a unos seres siempre a punto de abandonar y abandonarse. “Permanece el deseo de traspasar los límites del paisaje; esta ansiedad por saber qué hay más allá me lleva a caminar como si acudiera tarde a algún sitio”, escribe en uno de los relatos. Al alejamiento le sucede la insinuación de lo monstruoso y aquí asoman los disfraces carnavalescos. La isla de los conejos se puebla de mutaciones animales y se recrea en el aspecto más nauseabundo de la naturaleza: insectos, gusanos, aves chillonas, cabras-ratas; excrementos, vahos, larvas, arbustos, inmundicia.

En otro de los relatos (“Estricnina”), una extraña pata animal crece en la oreja de una chica; el miembro nuevo va adquiriendo independencia hasta atreverse incluso a incursionar en la escritura. La transformación se consuma en los instintos: sensaciones de perro rabioso acometen sobre la narradora y ella acepta su destino y sale corriendo tras la presa. Otras huidas y otras metamorfosis completan el volumen. “Las cartas de Gerardo” o “París Périphérie” ahondan en el desajuste que genera alejarse del territorio conocido, con la esperanza de encontrar en esa desbandada la puerta al cambio o la total evasión. “La habitación de arriba”, relato de trasfondo modernista, ofrece formas alternativas de confrontar la identidad: la mutación son los otros, ser habitado por los otros. O, como le ocurre literalmente a la protagonista, soñar los sueños de los otros sólo para descubrir, en esa aparente buena nueva, un miedo inexplicable.

Mención especial merece “Encía”, no porque supere a los relatos mencionados, sino porque encuentra en un pequeño desajuste el mayor de los hallazgos del conjunto. Navarro propone en esa pieza una manera brillante de reformular ciertos preceptos del relato fantástico. El lector no puede evitar pensar en Kafka pero se equivoca si predice los efectos; la autora invierte el mecanismo conocido. Aquí una pareja que rechaza las convenciones opta por fingir que se adhiere a las exigencias de la vida cotidiana en lugar de marginarse. Viajan a una isla simulando una boda falsa, un viaje de novios, una vida acomodada. Pero es el cuerpo el que de nuevo se revela. Cuando la pareja cree haber vencido los dogmas colectivos, algo empieza a convertir al hombre en un insecto. Ya no hay escapatoria posible, en nada formará parte de la colonia de animales. La periferia no era más que otra forma de regresar al centro. “Tengo la impresión de que llamamos periferia a muchas cosas. Pero también están en la periferia nuestras propias regiones de sombra”, declara Navarro en una entrevista; “de esas regiones surge la pulsión de mi escritura”.

 

Elvira Navarro, La isla de los conejos, Literatura Random House, 2019, 160 págs.

21 Feb, 2019
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