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El primero de los diez relatos de este libro, “Mal de ojo”, podría funcionar como un perro lazarillo a través de sus historias enhebradas. En él, la narradora tiene que someterse periódicamente a un tratamiento para salvar una visión que se hace cada vez más borrosa. Durante sus visitas recurrentes al hospital se relaciona con un niño, que padece una patología similar, y también con su padre. Es un vínculo de compañía y de encuentro en una zona de carencia, que no pretende convertirse en otra cosa. Todo lo que aprendimos de las películas explora relaciones que son un “casi”: casi madre, casi padre, casi novio… Se trata de esos momentos efímeros en que, aún sin ser nada entre nosotros, nos resultamos esenciales para mitigar la soledad. Como una optometrista, la chilena María José Navia invita a colocarse lentes en una sala de cine para saber con cuál vemos mejor la pantalla. Cada cuento comienza con un epígrafe tomado de películas, y en cada uno los personajes entran y salen como en una comedia negra de enredos. La información que tenemos es azarosa, pero leyendo con atención podemos encajar las piezas, recomponer imágenes, reproducir con placer el esfuerzo que hacemos a diario en el subgénero de la vida para encontrar narrativas dentro del caos.
Los espacios cerrados que elige Navia están hechizados. La atmósfera que resulta ya no está hecha de aire: los elementos de lo humano son el agua, la ceniza, la penumbra tranquila, que nunca esconde lo amenazante sino lo más triste. Escritos en pandemia, cuando el cuerpo se convirtió en una ficción apocalíptica, estos cuentos lo obligan a comparecer en su más pronunciada dependencia: se vuelve ciego, rechaza embarazarse, desagrada, se abomba y alumbra, aborta y sangra, enferma y se aísla. Podría ser agobiante entrar y transitar estas historias, sin embargo, el fraseo corto, la prosa esponjosa, el lenguaje sencillo, las referencias al cine y a relatos tradicionales dan lugar a algo más, como si nos sentáramos en una butaca del cine del barrio y aprendiéramos a sentir o hacer eso que luego haremos por primera vez a la luz del día. En “Escenas olvidadas”, escribe la narradora: “En la película El mago de Oz hay una escena que luego cortaron. Un número musical de unos insectos que cantan. Ya no está y nadie la echa de menos, pero hay una continuidad allí como desarmada”. De esa evanescente sustancia de la experiencia, singular y siempre al borde de la desaparición, están hechos estos cuentos. Su mirada no podría ser más contemporánea.
María José Navia, Todo lo que aprendimos de las películas, Páginas de Espuma, 2022, 160 págs.
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