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Chick Corea & The Vigil en el Teatro Gran Rex

Chick Corea & The Vigil

MÚSICA

El nuevo grupo de Chick Corea, The Vigil, es brillante, tanto en sentido ponderativo —el adjetivo fácil— como sónico. La música fluye con una gracia prodigiosa. Hay un tintineo que parece salir de todas partes, quizá por el predominio de los registros altos y la ausencia de distorsión. Sale de la percusión de Luisito Quintero y de la batería de Marcus Gilmore. De la guitarra límpida de Charles Altura (un maridaje perfecto de la redondez de Jim Hall con la velocidad de Mike Stern) y de los saxos de estratósfera de Tim Garland. Pero el punto nodal está en la relación dialógica entre el contrabajo del cubano Carlitos del Puerto —en reemplazo de Hadrien Feraud— y el piano de Corea. Moderando su biografía “acústica” con la “eléctrica”, la versión 2014 del viejo héroe del jazz fusión parece estar explorando, sobre el filo de un sexteto juvenil, todas las bandas que tuvo, todas las combinaciones instrumentales que guarda su discografía. (Por ejemplo, cuando Garland pasó del saxo a la flauta traversa y Corea se sentó frente al Fender Rhodes, ahí estaba el primer Return to Forever, si bien con menos aspavientos).

A contracorriente de buena parte del jazz contemporáneo, la música de Corea mima al oyente con algunos caramelos que uno quisiera que no se terminaran de disolver en la boca antes de llegar a casa, una vez transcurrido el concierto (por ejemplo, las versiones llenas de swing de “Desafinado” y “Spain”). Eso sucede sin que el músico se vea obligado a negociar su rareza armónica ni la complejidad estructural de sus creaciones “originales”, como “Portals to Forever”, “Ana´s tango” o “Royalty”, el tema dedicado al enorme Roy Haynes. Tampoco se priva Corea, como solista, de esas introducciones iluminadas por los espíritus de Maurice Ravel y Bud Powell, allí donde nadie puede imaginar qué rostro tendrá la melodía entrante.

Imposible no comparar la elegancia y mordacidad de Corea con la neurastenia de Keith Jarrett, su justo contemporáneo. Ambos pianistas despiertan fervores melómanos en Buenos Aires desde hace varios años. Y seguramente en el mismo público. Pero en cada presentación se abisman sus diferencias. Mientras Jarrett toca el piano como si cada nota le bajara del cielo —y por eso no necesita cambiar de formato ni sondear nuevos repertorios—, Corea es un explorador moderno un poco desconfiado del romanticismo. Un día salió a recorrer el mundo y ahí sigue, dando vueltas por lugares sonoros que ya visitó y que ahora puede reencontrar con arreglos siempre renovados. Quizá su arte, nacido de la escena post-bebop, nunca nos conmueva tanto como el último bis de un concierto de Jarrett. Pero nos hace felices cada vez que suena.

Su persistencia en las transmutaciones flamencas —tremendo “Zyryab” de Paco de Lucía, así como el arranque del Concierto de Aranjuez en “Spain”— y su conexión con los aspectos menos idiosincrásicos del latin jazz lo vuelven único entre sus pares. Recientemente, el músico le contaba a Diego Fischerman que su fórmula para seguir tan vigoroso y creativo a los setenta y tres años consiste en situarse en el lugar del educando, nunca del educador. Suena a sentencia inverosímil. Pero hay que internarse en la música de este alumno tenaz para darse cuenta de que en situaciones extraordinarias, como las que sabe producir The Vigil, ciertos aforismos que dábamos por tontos encierran alguna verdad.

 

Chick Corea & The Vigil, Teatro Gran Rex, Buenos Aires, 27 de agosto de 2014.

11 Sep, 2014
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