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MÚSICA

El archipiélago de las dieciocho islas Féroe está en el Atlántico Norte entre Escandinavia, Escocia e Islandia. Es un país autónomo del reino de Dinamarca, con 49.000 habitantes, tradición pesquera, montañas boscosas, prados, techos a dos aguas y una capital moderna. Teitur Lassen se crió en las Féroe, pero desde que en 2013 grabó en Los Ángeles y España Poetry & Aeroplanes, ha lanzado otros cinco álbumes en inglés de pop rock folksy, magro, cordial pero premeditado, que le ganaron fans en Europa y Estados Unidos y le valieron varios premios. No porque haya colaborado con Rufus Wainwright o con la Sinfónica Nacional Danesa perdió el estilo de asombro inocente e incrédula distancia isleña. Por su parte, el imparable Nico Muhly, treinta y cinco años, discípulo de John Corigliano, delfín de Steve Reich, sensación del mundo clásico y el hype neoyorquino, viene extendiendo los seudópodos de la contemporánea hacia todos lados: corales, sinfónica, camerística, percusión, cine, electrónica, Grizzly Bear, clubes del Lower East y ópera para grandes salas del mundo. Todo lo hace con una solvencia inseparable de un eclecticismo pasional, pero desde Mothertongue (2007) está claro que si a algo apunta sobre todo es a disolver la relación coercitiva entre verso medido y pulsos o alturas, rescatar la canción de la cárcel de un tiempo pautado y, por ejemplo, deconstruir una visitadísima balada anónima enfocando, no el avance del relato hacia el desenlace, sino las posibilidades tónicas de la palabra misma y la intensidad del retraso y la espera. La historia de Confessions empezó hace diez años, cuando Muhly era compositor residente en el Muziekgebouw de Eindhoven y llamó a Teitur para trabajar juntos en un encargo. Teitur le propuso inspirarse en los videos más inocuos posteados en YouTube en 2008, como forma de preguntarse qué mundo había detrás de esa materia chocante y loca; qué le decía de él mismo; por qué lo fascinaba. La usó para escribir letras llanas, fragmentarias, pantallazos de intimidad chambona, y Muhly las arregló con aparato posminimalista, pero orquestado para el Holland Baroque, un ensamble de cuerdas y flautas (que, salvo el clavecinista, toca de pie). Entre el canto y la cavilación suspirada, la voz de Teitur se acomoda panchamente a los variados embates del arreglo y a la tímbrica barroca, sin escansiones enfáticas aunque no sin expresividad: falsete infantil, repeticiones crecientes hasta el ¡aah! o menguantes hasta el arrorró; unas veces suena como en posición fetal; otras como en puntas de pie. Confessions pinta la bufa intimidad publicitaria de tanta gente de hoy desde una empatía cuyo humor está en el contraste entre la fineza del cantante y la dinámica vigorosa del arreglo. Sumemos la tensión entre un lenguaje destinado al oído contemporáneo y un conjunto barroco. Nada en estas canciones quiere abrir una cuña en las neuronas ni colarnos un gusano sonoro; de hecho, algunas consisten en frases melódicas elementales repetidas en distintas octavas. Lo que queda en la memoria es una fuerza de banda de sonido y una galería de leves caprichos y jirones de anécdota —un patchwork lírico de restos del naufragio digital—, avenidas en la duración, sin medida. En ese plano son canciones imborrables: «Mi mundo tiene muchas caras. Algunas residen en espacios chicos»; «Adoro el olor de mi impresora a la mañana. Olvídense del café. Olvídense del perfume de las hojas muertas o el champú. Es el olor de mi impresora lo que me alegra el día»; «Traté de describirte a alguien. No te parecés a nadie que conozca. No podría decir ‘Se parece a Jane Fonda’. No te parecés a Jane Fonda para nada». Así de prosaico, sí. A estas alturas, de obras que cruzan canción pop con música de cámara hay cantidad (favor de no recordar la de Elvis Costello con el Cuarteto Brodsky, la envarada The Juliet Letters). Como esta síntesis de patafísica trivial contemporánea aliñada de siglo XVII, más bien pocas.

 

Nico Muhly & Teitur con el Holland Baroque, Confessions, Nonesuch Records, 2016.

19 Ene, 2017
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