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MÚSICA

Santo patrón del lo-fi. Titán del power pop. Estas sentencias, entre muchas otras, les caben a R. Stevie Moore y a Jason Falkner, respectivamente.

Desde principios de los setenta, R. Stevie Moore hizo un arte de la grabación casera: cientos de casetes y ediciones en vinilo y luego CD (y muchísimo CD-R), con un índice de productividad (su Bandcamp es más grande que Montecarlo) que hace quedar a alguien como Robert Pollard (Guided By Voices) como un perezoso diletante. Su influencia, tanto en actitud como en estilo, ha permeado a punto tal que Ariel Pink sin Moore sería impensable tal como se lo conoce, algo explicitado en un disco conjunto mayoritariamente tedioso pero con un título insuperable (Ku Klux Glam, 2012).

Jason Falkner, en cuyo estudio casero grabaron Moore y Pink parte de aquel álbum, se hizo notar como integrante de dos grupos que deberían-haberla-pegado-pero-no: Jellyfish y The Grays. Tampoco tuvo éxito como solista en plan one man band, pese a ser editado en un principio por una major: su principal fuente de ingreso está en su labor como sesionista, sobre todo en producciones de Nigel Godrich, como las de Beck (a quien acompañó en su segunda visita a la Argentina), Air o Paul McCartney.

Finalmente, casi cinco años después de su grabación, Moore y Falkner editaron Make It Be, el cual —más allá del añejamiento de las sesiones y de que la mayoría del repertorio sean reversiones del canon de Moore— es por robo de lo mejor de 2017. Si hay algo que ambos músicos tienen en común, más allá de los placeres de la grabación casera, es el entendimiento innato de qué hace funcionar a una canción, en conjunción con un gusto por la desviación de la norma apenas insinuado en la discografía de Falkner pero una constante en la de Moore.

Aun con un audio alejado del estándar profesional de hoy (por suerte), Make It Be es el disco de Moore que mejor suena. Obviamente, salvo una trompeta en la versión del clásico de Huey “Piano” Smith “Don’t You Just Know It” (en la que R. Stevie afecta una multitud de voces, incluyendo la de un nene de tres años), entre ambos se ocupan de todas las voces e instrumentos. Falkner hizo que las canciones de Moore que eligió regrabar alcancen sus versiones definitivas, con ambientes espectrales y atemporales logrados con una combinación de instrumentos y procesadores vintage: abundan los placeres aurales.

La mayoría de las novedades son improvisaciones instrumentales (también publicaron un EP virtual de diálogos entre guitarras), aunque hay una gran nueva canción (“Sincero Amore”) que combina lo mejor de ambos. Aparte de la idiosincrasia en composición, arreglos y producción, otra cosa que hace a Make It Be un gran álbum es la digresión mooreana: las canciones son interrumpidas no sólo por los instrumentales sino también por los monólogos y comentarios de Moore (con dieciocho tracks y casi una hora, hay tiempo para todo). Cierra con un típico fluir de conciencia de Moore, en el que le habla a un grabador para capturar una “asombrosa idea para el disco de Jason”: un tema titulado “Falkner Walk”. Pun intended, Moore tararea un walking imitando un contrabajo.

Frases como “secreto mejor guardado” aplican a estos dos artistas. Pero Moore hizo tanto, ajeno a cualquier idea de filtro, que empezar por el disco equivocado puede desbaratar la idea de que estamos frente a un genio —un documental titulado, precisamente, I’m a Genius (And There’s Nothing I Can Do About It), tampoco ayuda a la causa—. Ahí está el valor adicional de Make It Be, en el que Falkner (de quien cualquier disco solista da cuenta de su artesanía pop) ayuda a Moore a hacer no sólo un gran álbum sino también una perfecta introducción —probar además con el clásico Phonography o el compilado Meet The R. Steve Moore!— a una obra verdaderamente única.

 

R. Stevie Moore y Jason Falkner, Make It Be, Bar/None Records, 2017.

1 Feb, 2018
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