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MÚSICA

“Me enseñaste el lenguaje y el provecho que obtuve es que sé maldecir”, le reclama el esclavo deforme Calibán a Próspero, duque de Milán, en La tempestad. Esa es la tragedia, escrita por William Shakeaspeare en 1611: el lenguaje lleva impresa la monstruosidad. ¿Acaso es posible pronunciar palabra sin mal-decir? Entre los hombres sólo existe un lazo: el más preciado pero al mismo tiempo el más incierto, el más incómodo pero al mismo tiempo el más apasionante.

Maldigo es la palabra que Liliana Herrero elige para nombrar su nuevo disco. Se trata de un punto de llegada, la consolidación de una apuesta lanzada en su anterior e igualmente destacado trabajo, Este tiempo (2011). Sin resignar el arriesgado equilibrio entre tradición e innovación que caracteriza su música desde siempre, los últimos años han encontrado a la cantante entrerriana embarcada en un ambicioso proyecto que no sólo ha actualizado su propuesta artística, sino que además la ha llevado a posicionarse como un referente central de la pujante escena musical local.

En casa de Herrero, los de ahora y los de siempre conviven: Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra al lado de Miguel Abuelo y Fernando Cabrera, Ramón Ayala y Aníbal Sampayo junto con Luis Alberto Spinetta y Guillermo Klein. Entre todos ellos, una presencia se destaca. En Este tiempo el primer tema era “Tu nombre y el mío”, de Lisandro Aristimuño. Ahora el joven compositor rionegrino (cuyo último álbum, Mundo anfibio, se cuenta entre lo más significativo producido por un músico argentino en los últimos años) asume los créditos como productor artístico de la totalidad del álbum.

Maldigo sella el hallazgo de una forma musical. Es decir, un cierto sonido que es claro (no necesariamente sencillo), que discurre con soltura y que identifica a la artista. Valga como ejemplo “Bagualín”, la notable pista inicial del disco. Atravesada por el grupo de Herrero, la canción de Fernando Barrientos toma una fuerza impactante. La guitarra de Pedro Rossi, combinada con la de Aristimuño, construye un arpegio ecléctico, una especie de ostinato que genera una sensación de circularidad. Las ajustadas intervenciones de Mario Gusso (percusión) y Ariel Naón (bajo) marcan el ritmo ternario (que remite a la música folclórica) y a la vez lo recubren de una cierta ambigüedad, que los efectos digitales acentúan. Finalmente, en la destacada participación de Martín Pantyrer (aquí en saxo barítono, pero por lo general en clarinete o clarón) Herrero parece haber hallado un complemento ideal para su voz.

Para la cantante entrerriana no existe sino la apropiación personal e íntima, la deformación como principio de cualquier búsqueda y comprensión. De allí que su palabra ocupe indefectiblemente el primer plano. Es en el decir donde la canción se transforma en un objeto necesario. Maldigo suena actual e inquieto. Y plantea el desafío de ir más allá, de buscar nuevas formas de seguir diciendo. No sería extraño que estas aparezcan, es sabido que Herrero prefiere andar por los caminos de cornisa. Como una alquimista nocturna, va juntando palabras y maldiciendo hasta crear algo nuevo.

 

Liliana Herrero, Maldigo, S-Music, 2013.

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