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“Todo lo sólido se disuelve en el éter”, parafrasea David Toop en Océano de sonido (1995), una especie de bitácora dispersa, con numerosas referencias a músicas e intérpretes, entrevistas, citas y diarios de viaje. Sin linealidad cronológica, su particular “deriva personal” logra, sin embargo, algo que parecía imposible: condensar la escena musical de los noventa, expansiva y múltiple, con su particular énfasis en el sonido.
“Las divisiones estancas entre géneros parecían estar resquebrajándose”, recuerda Toop en una nota preliminar de la flamante edición en castellano. La escritura del libro, estilo cut and paste, está animada por la obsesión de explicar cómo el sonido (y la música, en particular) llegó a expresar tal grado de apertura y eclecticismo que provocó que los objetos sólidos de la tradición musical europea se licuaran.
¿En qué momento comenzó a ser relevante en la música —aún más que el ritmo, la melodía o la armonía— “retratar un clima”, “diseñar una atmósfera” o “crear un paisaje sonoro”? ¿O incluso flexibilizar la representación del espacio acústico para lograr una música tridimensional? Un punto de partida posible para Toop es la Exposición de París donde Debussy escuchó, en 1889, el sonido de los gamelanes que luego lo inspiraría para escribir piezas estáticas, espaciales, fuera del flujo temporal. “Flotar libremente en un mundo líquido de tiempo no lineal” se revela como el deseo de una cultura donde la inmersión en el sonido y la escucha alcanzó una preponderancia inédita. En los paisajes sonoros que se describen en el libro, alimentados con fantasías futuristas y la pretensión de trascender el cuerpo, abundan las referencias a montañas, estrellas, satélites, viajes al espacio exterior; ingravidez y computadoras.
Entre Debussy y nuestro “régimen sónico” actual —inmóvil, etéreo y desterritorializado—, Toop traza una inmensa red interdisciplinaria que va dando visibilidad al proceso de descomposición gradual de la canción y la composición, donde todo parece cruzarse con todo: las raves, investigaciones musicales y antropológicas, diseño sonoro, los productores discográficos, los psicotrópicos, performances, psicodelia, paisaje sonoro, chill out onírico, dub, lo-tech y lo místico, lo ciberdélico, Jon Hassell y su proyecto utópico del Cuarto Mundo, Sun Ra y sus “vibraciones cósmicas”, Stockhausen reivindicado por Miles Davis y resistido por Kraftwerk. Las vanguardias, con un particular rescate de Varèse, y las expresiones más abiertas del free jazz tampoco están ausentes, ni muchas otras.
Este despliegue de expresiones musicales y sonoras, aparentemente ajenas y lejanas en el tiempo y el espacio, podrían asociarse con cierta organicidad con una “palabra polisémica y pegajosa que se adhiere a todo lo que toca”: ambient. Especie de paraguas conceptual, el ambient surge como síntoma del cambio en la creación y producción musical en el Reino Unido: primero con Eno y luego, según la genealogía de Toop, con el desembarco en los ochenta de la música house de Chicago, la techno de Detroit y los productores de garage house de Nueva York.
Los estudios de grabación y la consola de mezcla “como un instrumento pictórico” son los grandes protagonistas en este nuevo escenario, junto con los productores, responsables de las nuevas cualidades expresivas del sonido grabado: atmósferas exuberantes, texturas esponjosas y climas étnico-futuristas. En este entramado, los DJ devinieron artistas que profundizaron los procedimientos de fragmentación de la música disco y ampliaron la materia prima válida para producir un álbum: desde sonidos de la naturaleza o del mundo animal hasta cantos chamánicos o cualquier tipo de música del pasado. Todos ellos —sugiere Toop— imaginaron la música del futuro, es decir, la de nuestro presente, en términos de hibridación tecnológica.
El desafío de pensar a través del sonido, describir su capacidad para narrar y considerarlo en relación con otros fenómenos y disciplinas es el mérito más sobresaliente de Toop. Con más de cien años de música grabada, todavía son pocos los que se animaron a hacerlo. Anticipó un campo, el de los estudios culturales del sonido, hoy consolidado y apenas incipiente cuando el libro se publicó hace veintidós años.
David Toop, Océano de sonido, traducción de Tadeo Lima, Caja Negra, 2016.
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