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Partes de Ciudad Juárez

FICCIÓN

 

Las series de Roberto Bolaño en Los sinsabores del verdadero policía, “La parte de los crímenes” de 2666 y otros escritos póstumos.

 

Hacia el final de Los sinsabores del verdadero policía, el séptimo libro póstumo de Roberto Bolaño, aparecen los cadáveres de dos mujeres violadas, golpeadas y degolladas. No es mucho lo que se dice de los crímenes, sólo los nombres de las mujeres, las cifras obscenas de las edades, 17 y 18, y los lugares precisos en que aparecieron los cadáveres en Santa Teresa, una ciudad de frontera en el desierto mexicano de Sonora. Es apenas una mención al pasar en la historia difusa que hilvana las cinco partes del libro, centrada en Amalfitano, un profesor de literatura chileno exiliado junto con su hija en Santa Teresa, su relación amorosa con un ex alumno español por la que tuvo que abandonar las clases en Barcelona, su debilidad por un oscuro escritor francés, J. M. G. Arcimboldi, y cientos de filosas referencias literarias reales y ficticias, incluidas las amistades, los enemigos y las tramas de varias novelas de Arcimboldi. Aunque los nombres y las biografías no coincidan del todo, los lectores de Bolaño reconocerán el lugar de los hechos, algunos personajes, e incluso algunas historias, como la del árbol genealógico del policía del título, Pancho Monje, una saga extraordinaria de nueve mujeres violadas y abandonadas que se remonta a 1865 y llega a la madre del policía, bautizadas todas con el mismo nombre, María Expósito. La historia de las Expósito aparece casi textual en 2666, la monumental novela póstuma que Bolaño escribió en sus últimos años, pero es el propio policía convertido en Pedro Olegario Expósito, más conocido como Lalo Cura, quien la recompone en “La parte de los crímenes”, varado entre el sueño y la vigilia frente a las huellas dactilares, las manchas de sangre y semen que ilustran los libros de criminología que estudia después de las horas de servicio. Se cuenta en 2666 después de dos páginas interminables de chistes machistas con que los judiciales de Santa Teresa amenizan el desayuno en un bar al paso tras la noche en vela, riéndose a carcajadas con sus Smith & Wesson sobre las mesas de plástico, cuando la novela ya describió en detalle los cadáveres de más de ochenta mujeres violadas, mutiladas y estranguladas, encontrados en los alrededores de Santa Teresa. Habrá más cadáveres todavía hasta sobrepasar la centena, sinécdoque macabra de los más de trescientos asesinatos de mujeres registrados entre 1993 y 1997 en el doble real de Santa Teresa, Ciudad Juárez, la más violenta de México. No parece casual que la saga de las Expósito, la retahíla de chistes y los asesinatos de mujeres estén en el centro de 2666 y sacudan al lector hasta la convulsión física con la letanía de casi dos siglos de violaciones y muertes, y la contundencia de las cifras. Es la radiografía más escrupulosa del mal que la literatura recuerde y arremolina el resto de la novela como uno de esos tornados que sacuden los desiertos de México. Comparadas con el inventario de “La parte de los crímenes”, las dos muertes de Los sinsabores del verdadero policía son apenas la antesala del infierno. Qué llevó a publicar una novela que Bolaño interrumpió, transformó y reescribió tocado por la urgencia de los hechos no se explica demasiado, pero lo que queda claro leyéndola es que, cuando las muertes empezaron a multiplicarse en Ciudad Juárez, Bolaño abandonó las muchas series literarias que había compuesto para dar brillo a las clases de Amalfitano, las cartas del poeta español y la figura de Arcimboldi, para concebir otra serie y convertirla en el centro oscuro de su genealogía del mal del siglo xx. Sin ánimo ya para la ironía, los “sinsabores” del título original se convirtieron en 2666 en cifra apocalíptica. “La literatura es lo esencial o no es nada”, escribió Bataille en La literatura y el mal. “El mal, una forma aguda del Mal que la literatura expresa, posee para nosotros un valor soberano.” También Bolaño lo intuyó hacia el final, apremiado por la muerte. “A eso se reduce todo”, había escrito en “Prefiguración de Lalo Cura”. “Acercarse o alejarse del infierno.”

 

Las listas, las clasificaciones, las series abundan en la literatura de Bolaño desde sus primeras novelas, pero sólo en “La parte de los crímenes” se convierten en forma narrativa acabada, inspirada por la misma serialidad inconcebible de las muertes, como una traducción conceptual de la urgencia por nombrar lo innombrable. Como en el resto de la novela, la inventiva desaforada de Bolaño multiplica los personajes, las historias y las tramas, pero esta vez la pura invención queda en segundo plano. La historia del judicial Juan de Dios Martínez y la psiquiatra Elvira Campos, la del periodista del DF Sergio Ramírez y la vidente Florita Almada, la del falso culpable Klaus Haas e incluso la del joven policía Lalo Cura rodean el misterio de las muertes, pero son piezas secundarias en el funcionamiento de un artefacto mayor que es el verdadero motor de la maquinaria: la serie de ciento nueve asesinatos que desde la primera página hasta la última Bolaño reconstruye a partir de los cadáveres. La intervención episódica de policías, periodistas, detectives y hasta de un especialista en asesinatos seriales de la CIA acerca el relato al género policial, pero lo que cuenta es la inspección metódica de los cuerpos, a medida que aparecen en los descampados de Santa Teresa. Agrupados por fechas, por proximidad geográfica, por parentescos, a veces aislados, los partes de las nuevas muertes marcan el avance con el ritmo acompasado de un lamento fúnebre y la nitidez de un retablo malsano. Los datos secos del parte policial, la precisión científica del informe forense y los interrogatorios sumarios, casi siempre inconducentes, distancian los hechos brutales del caso, pero una observación de otro orden, un imperceptible cambio de tono que se cuela en el informe, corre el foco, trastoca el conjunto y lo acerca como el punctum de una foto. Bolaño no da voz a los muertos como Rulfo en Pedro Páramo pero deja que hablen los cadáveres con una orfebrería certera del detalle. En casi todos los casos registra los nombres completos de las mujeres, las edades (15, 17, 18, 20, 25, pero también 13, 12 y hasta 10 años), el color del pelo (casi siempre negro y largo), los motivos fatales de la muerte (balas, cuchilladas, paros cardíacos, golpes, estrangulamientos), las marcas de las torturas, vejaciones y maltratos, la última vez que fueron vistas y el lugar preciso en que aparecieron los cuerpos mutilados. Pero lo que de veras cuenta en la serie son las variaciones y los detalles de lo que queda entre los cadáveres, precisiones inservibles en los partes burocráticos pero elocuentes para la mirada piadosa que los conserva como una seña particular, un último fulgor vital, una marca femenina que la brutalidad masculina no consiguió borrar: un vestido de tela ligera de color morado de los que se abrochan por delante, unas sandalias de cuero labrado de buena manufactura, unas bragas blancas con lacitos a los costados, un anillo dorado con una piedra negra y el nombre de una academia de inglés del centro de la ciudad, una falda de mezclilla puesta al revés, un pantalón debajo de otro pantalón, una blusa verde oscuro recién comprada, un guante de terciopelo como los que usan las vedettes pero sólo las vedettes de cierto prestigio, un tenis Converse de color negro con agujetas blancas, una pequeña cicatriz en la espalda con forma de rayo. Las muertas son obreras, mozas, vendedoras, colegialas, y sobre todo empleadas de las maquiladoras en las que la familia entera monta partes para las multinacionales que están al otro lado de la frontera, pero la vida entera de Santa Teresa se lee en los cuerpos y los pocos datos que recogen las investigaciones policiales. No sólo la toponimia completa de las maquiladoras, los barrios, los parques, las discotecas, los bares y los basureros públicos, sino también los interiores sórdidos de las casas de alquiler, las rutinas de la maquila, los sueños de redención de los migrantes, el comercio de los “polleros” con que se intenta atravesar la frontera, el breve paréntesis de fiesta en las discotecas, los cines, los bares. Y por sobre la sordidez del fresco de la vida en la frontera, la trama indiscernible de poder y dinero que asocia a narcos, policías, militares, políticos, terratenientes y empresarios de la maquila en la ola impune de violencia, matriz formidable de más sadismo y de machismo redoblado. La serie sólo monta las piezas del rompecabezas siniestro pero a veces, perdida en el abismo de lo inimaginable, especula razones junto con los judiciales: “Probablemente al principio”, razona Juan de Dios Martínez sentado al volante de su coche, tratando de encontrar alguna lógica en los cinco tiros de bala de Angélica Ochoa, asesinada por su marido ante la sospecha de que iba a abandonarlo, “la Venada sólo quiso hacer daño o atemorizar o advertir, de ahí el balazo al muslo derecho, luego, al ver el rostro de dolor o de sorpresa de Angélica, a la rabia se le añadió el sentido del humor, el abismo del humor, que se manifestó en un deseo de simetría y entonces disparó sobre su muslo izquierdo. A partir de ese momento ya no pudo contenerse. Juan de Dios apoyó la cabeza contra el volante y trató de llorar pero no pudo”. La especulación que desarma al policía no cabe en las generalizaciones de las páginas rojas (“las muertas de Juárez”), ni en los eufemismos de la sociología (“los feminicidios”); “epitafios de la generalización”, como los llama Carlos Monsiváis, que disuelven el vínculo de las personas con las víctimas. Frente a las abstracciones que banalizan el mal y las estadísticas que aplanan la magnitud de los crímenes, la reconstrucción pormenorizada de 2666 cuantifica, acumula, clasifica, repite y particulariza con variaciones mínimas. Si en la ciudad real las muertes se suceden a un promedio de cinco por mes, Bolaño registra una cada tres páginas: es su máxima concesión al realismo en una sucesión que funciona con otra lógica y busca otra clase de respuestas. El lector, abrumado por la taxonomía, se descubre armando sus propias series inconducentes de nombres, edades, lugares, redes, tratando de aplacar el desconcierto con algún principio de orden que sofoque la desmesura de la violencia bruta. Para conjurar el mal que tiene entre manos, Bolaño ya había ensayado la vía alegórica en “El policía de las ratas”, un cuento de El gaucho insufrible, reescritura negrísima de “Josefina la cantora” en la que el caso inédito de una rata que mata por placer desvela al policía del título. Pero frente a la dimensión del espanto de Ciudad Juárez, la economía de la alusión kafkiana le habrá parecido escasa. “Como Ciudad Juárez”, respondió en una entrevista cuando le preguntaron cómo imaginaba el infierno, “nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”. Para acercarse al infierno en “La parte de los crímenes” concibió el dispositivo narrativo más lacerante de la ficción contemporánea, destilado de una barbarie que vuelve trivial la insidia de las ratas.

 

La mexicana Teresa Margolles buscó la forma de lidiar con los fantasmas de la violencia de México sumergiéndose en las morgues y recorriendo las calles regadas de sangre; hizo arte con “lo que queda” después de las muertes, residuos y efluvios de las “guerras” del narcotráfico. También el belga-mexicano Francis Alÿs buscó un camino en la poesía política de sus performances absurdas: se internó en el ojo de los tornados que sacuden los desiertos de México, para registrar con su cámara de video el centro mismo del caos. Más distante del lugar de los hechos, Bolaño hizo ambas cosas a su manera, confiando en el poder de la serie que desde siempre lo ayudó a alejarse y acercarse, buscar el foco, hasta encontrar la medida cierta de la distancia. Basta un ejemplo remoto para comprobar su eficacia. A la catarata de Bolaños póstumos, agreguemos una pieza: una postal a Enrique Lihn, guardada entre la veintena de cartas y postales que Bolaño le mandó al maestro a principios de los ochenta y se conservan entre los papeles de Lihn, archivados en una biblioteca norteamericana. Sin las fórmulas de rigor, sin dedicatorias ni preámbulos, apretando la letra para que quepa el recuento, Bolaño escribe:

Lecturas: Philip K. Dick, Dickens, Cervantes, Delicado. Estado del tiempo: hermosa niebla, estolas de frío. Sexo: Tobogán blando. Cocina: Macarrones a la veronesa, pizza a la mexicana. Aventuras: yo soy Lemmy Caution. Escritura: yo soy Amacaballo Fat. Música: Jon Hassel. Ciencia Ficción: ¡El Wub! (Más allá yace el Wub). Cuadros: George Henry Durrie. Heroínas: Mujeres en los puentes. Vestuario: pantalones rotos y tres suéters. Visión: Lentes negros a las 5 de la mañana. Animales: en todas partes, sus hociquitos tibios o fríos como navajas. Fantasías: besar a Sidney Carton en el patíbulo. Fantasías: vivir dentro de un cine. Fantasías: ver a Dumbo como un Rayo en el cielo de Gerona. Así pasan las horas en la Universidad Desconocida, querido Enrique. Un beso y un abrazo. Roberto.

Cuando todavía era sólo una promesa y probaba suerte en los concursos literarios, Bolaño resumía la vida en Gerona y el tamaño de su ambición literaria –de Philip K. Dick y Godard a la picaresca de Dickens, Cervantes o Francisco Delicado– en una lista despojada de lecturas, obsesiones, gustos y fantasías clasificados por rubros, confiado en la elocuencia del detalle poético y la clasificación arbitraria. Las miles de páginas que escribirá desde entonces se resumen en esa serie apretada: cada nombre, cada referencia cultural o literaria, cada detalle, teje una trama ceñida que cifra una vida sin la expresividad traicionera de la primera persona ni las trampas del estilo. Veinte años más tarde, para la serie funesta que compuso en su última novela, necesitaba, precisamente, detalles. Fue Sergio González Rodríguez, el periodista que investigó las muertes en el lugar de los hechos durante años y que sería personaje en 2666, quien le dio los datos que Bolaño estaba buscando: nombres, mapas, marcas y calibre de las armas de los narcos, informes forenses, modelos de autos. Nunca había estado en Ciudad Juárez y hacía más de veinte años que había abandonado México cuando escribió “La parte de los crímenes”, pero los datos ciertos del cronista alimentaron la serie literaria. González Rodríguez la leyó después de publicar su propia crónica en 2004, Huesos en el desierto, cuando 2666 ya era una novela póstuma. Su reacción habla de las paradojas de la literatura y el arte: “Me llevó meses leerla –confesó–. Me dejó helado. Haberlo vivido es una cosa pero leerlo escrito con la maestría de Bolaño es otra muy diferente… Roberto estaba más loco que una cabra. Uno no puede creerlo pero es como si estuviera ahí”.

Cuesta imaginar a Bolaño, es cierto, escribiendo la serie de los crímenes durante meses, conviviendo a diario con los cadáveres. En una nota que apuntó junto a los originales, aclaró que el narrador de 2666 era Arturo Belano, que además de su alter ego habrá sido su médium o su Virgilio en el descenso al infierno de Ciudad Juárez. No sería de extrañar que en algún momento, tocado por los detalles que él mismo acababa de componer en el espejo de Ciudad Juárez, haya querido llorar como Juan de Dios Martínez, su personaje imaginario.

 

Imagen [en la edición impresa]. Anish Kapoor, Shooting into the Corner (2008-2009), detalle.

Lecturas. Los sinsabores del verdadero policía (2011), 2666 (2004), El gaucho insufrible (2004) –que incluye “El policía de las ratas”–, Putas asesinas (2001) –que incluye “Prefiguración de Lalo Cura”–, Entre paréntesis (2004) –que incluye la entrevista de Mónica Maristain “Estrella distante” de donde se extrajo la cita sobre Ciudad Juárez– y casi todos los libros de Bolaño fueron publicados en Barcelona, por Anagrama, que también publicó Huesos en el desierto (2004) de Sergio González Rodríguez. La literatura y el mal de Georges Bataille se publicó en Taurus (Madrid, 1987). El comentario de Carlos Monsiváis a propósito de la crónica de González Rodríguez y de Ciudad Juárez aparece en “Escuchar con los ojos de las muertas”, Letras libres, enero de 2003. La postal a Enrique Lihn se conserva entre los “Papeles de Enrique Lihn” en el Getty Research Institute de Los Ángeles. El comentario de Sergio González Ramírez sobre “La parte de los crímenes” aparece en “Alone Among the Ghosts: Roberto Bolaño’s 2666” de Marcela Valdés, publicado en The Nation el 8 de diciembre de 2008.

1 Sep, 2011
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