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Justicialismo en la luna

MÁQUINABLANDA

 

“El sol del domingo ya salió. / Toda la familia va a pasear. / Quiero armar con vos una molotov / y a la oligarquía expropiar.” La primera vez que escuché y vi a Bombita Rodríguez casi me doblo de la risa. Incrustando consignas, siglas y la antigua fraseología insurreccional en la voz de un imaginario e impresentable cantante de masas, Diego Capusotto y Pedro Saborido se permitían esas combinatorias que, se supone, sólo la ficción puede forzar. La operación necesitaba de un formato “verosímil” para diluir el paroxismo: el género periodístico. Es con ese lenguaje que se nos dice que Bombita alguna vez fue muy famoso e hizo bailar el “Mao-Mao” a toda una Argentina que lo ha olvidado. Bombita fue el Palito Ortega Montonero, un combatiente del “socialismo nacional bailable”. En ese mundo de ensueño en donde la vanguardia blindada encuentra su síntesis con el gusto popular, la familia va al cine a ver El picnic de los Montoneros, cuyo trailer la define como una “comedia de izquierda para grandes y chicos”. La película cuenta “las simpáticas ocurrencias de una agrupación armada a la hora de ocultar su arsenal durante un picnic”. Bombita tiene allí un amigo, Carlitos FAP-FAR, clon de Balá, que añade nuevo sentido a su onomatopeya: “ea ea jpp”.

Después de la carcajada inicial comencé a sentir, sin embargo, el peso de una borra inquietante (algo que, intuyo, deben haber buscado los creadores de Peter Capusotto y sus videos). Tal vez parte de esa molestia tenga también que ver con el presente político. Se le ha objetado al kirchnerismo la ausencia de espesor histórico con que revisa aquellos años y cómo reduce a las víctimas del terror estatal a la categoría de “idealistas”, despojando la representación generacional de todos sus “aparatos” (ideológicos, militares). Ese déficit se trató de compensar con cierta dosis de espectacularidad. ¿Cómo conciliar en un mismo espacio resignificado, la ESMA, al presidente que impulsaba la anulación de las leyes de impunidad y a Soledad Silveyra, entonces presentadora de Gran Hermano, leyendo el poema de un amigo de Néstor Kirchner víctima de la dictadura? Me pregunto si Bombita no es el rostro de ese malestar y lo ilumina con una ucronía que mezcla a Enrique Carreras con el general Giap y Carl Schmitt.

El imaginario de la guerra de clases ha generado sus propios horrores al sacrificar el presente en pos de una utopía. Lo que suele llamarse “setentismo” injerta en el presente la vulgata del pasado para anular la discusión sobre el futuro. Bombita (diminutivo que silencia el impacto de la detonación) yuxtapone en los hechos ambas fantasmagorías. Pero el presente no tolera semejante bricolaje. Los mismos diarios que hablan del “fenómeno Capusotto” alternan en sus páginas recordatorios de los familiares de desaparecidos y ofertas públicas de recompensa a quienes conozcan el paradero de los represores prófugos o la suerte corrida por Julio López.

Pero mi incomodidad frente a Bombita (el eco de la carcajada) fue más allá, y comenzó a manifestarse en el capítulo que hace referencia a su encuentro, en 1972 y en Madrid, con el General, quien le pide que arme las “formaciones especiales musicales”. A ese efecto Bombita reúne a su grupo, Los Cinco por Uno, con el que sale a apoyar la campaña presidencial de Héctor Cámpora. Graba un disco que vende ocho millones de placas y “obtiene su segundo Firmenich de oro”. (Mario Firmenich vive hoy semiescondido en Barcelona. Fernando Vaca Narvaja, otro sobreviviente de la cúpula montonera, tenía una gomería. Frente a las cámaras de CQC posó una vez con un inflador automático como si fuera un rifle.) En la entrega siguiente, Bombita recibe un llamado. Es Carlitos FAP-FAR. “Un sector de los metalúrgicos está haciendo un acuerdo con la rama femenina para plantar la bandera justicialista en la luna”, le advierte. “Pero allí están los yanquis y ahora estos también”, responde Bombita. Es el comienzo de la aventura Bombita contra los burócratas sindicales del espacio. Con Arcana, la obra de Edgar Varèse, tronando de fondo, el ídolo se enfrenta a los robots de la CGT. Mientras, en los tribunales del país actual, en el momento de la emisión de este episodio se reactivaba la causa por la muerte de José Ignacio Rucci, el secretario general de la CGT en los setenta. Un reciente libro sobre el asesinato (Operación Traviata, de Ceferino Reato) volvía a instalar en escena un episodio que marcó el clímax del enfrentamiento entre Montoneros y Perón, y que hoy se utiliza como punta de lanza para reactivar la teoría de los dos demonios. Aun la presidenta Cristina Fernández, que intentó hasta la sobreactuación extraer plusvalor simbólico de Hebe de Bonafini, se vio obligada a recibir a los deudos del sindicalista y acompañarlos en su llanto. Días después de que Bombita paseara por el cosmos, en la misma Televisión Pública y el mismo horario se exhibió Ni olvido ni perdón. El documental de Raymundo Gleyzer gira alrededor de la Masacre de Trelew de 1972. Gleyzer trabaja con imágenes en crudo de aquellos hechos. La consigna “cinco por uno”, el canto de venganza lanzado masivamente en el velatorio de los diecinueve guerrilleros de ERP, FAR y Montoneros, recupera allí su resonancia trágica; no admite desplazamientos irónicos (recién este año la justicia pudo procesar al ex capitán de la Armada Luis Emilio Sosa, considerado el principal responsable material del fusilamiento). El involuntario contrapunto que el canal estatal había creado entre el Bombita cosmonauta y Ni olvido ni perdón me trajo a la memoria otros pastiches y frívolas apelaciones.

Recordé el éxito editorial de Libro de Manuel y la cómoda aserción de Julio Cortázar de que, para él, la literatura era el equivalente de la metralleta; me vinieron a la mente la propaganda de Rojo Trapal (un vino de mesa que prometía un amanecer rojo “para todos”) y el vecino que, siendo yo un adolescente y estando solo en mi casa, me pidió que colgara en el balcón una bandera de las FAR y Montoneros (“son nuestros compañeros”, se leía); exhumé escenas de Rolando Rivas taxista en las que se comentaba a Marcuse mientras Rolando, enamorado de una nínfula de la clase alta, cavilaba frente al volante sobre la suerte de su hermano partisano. Y claro, Palito Ortega. “Creo en el socialismo”, decía, y en una película “actuaba” en consecuencia: encarnaba a un médico de los pobres que, desde el trabajo villero, de base, desafiaba el mandato paterno y de clase. Palito mismo –y no sólo él– había sido un proto-Bombita; pero, acompañando el giro de los sectores medios, sería su reverso encarnizado. En 1976, una nueva publicidad de vinos daba cuenta del cambio de época: la nueva marca era Termidor. Un año más tarde, Ortega y Balá protagonizaban Brigada en acción, la primera épica parapolicial del Proceso. “En el otro vagón hay sospechosos. Deciles a los muchachos que vayan viniendo de a uno”, le avisa Carlitos (el agente Carlos Firulo) a Ortega, que es su superior, el principal Alberto Nadal. Hay una persecución. Un policía muere. Nadal se estremece. Se empieza a oír una guitarra bien folk y Ortega, a lo Joan Baez, tomando prestado el estilo de una artista prohibida, canta antes de subir a un Falcon blanco: “Pobre de esa gente que olvidó su religión, / esos que a la vida no le dan ningún valor, / los que confundieron la palabra libertad, / los que se quedaron para siempre en soledad”.

Forzando los estereotipos y las situaciones, transitando una zona proclive a los intercambios y la reducción, Bombita nos insinúa en el delirio algo que ha sucedido “verdaderamente” y puede volver a ocurrir en una sociedad de ánimos tan pendulares. ¿O no asustaron, este año, los gritos de “puta montonera” lanzados contra la nunca montonera presidenta Fernández en el curso de la “crisis del campo”? Gritos demasiado simétricos a la vacua nostalgia de una experiencia límite.

1 Dic, 2008
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