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El libro de la almohada

Sei Shônagon

OTRAS LITERATURAS

No se sabe con certeza si el origen de El libro de la almohada fue una pila de papeles dispersos, apuntes desordenados compilados tardíamente por un admirador anónimo o un cuaderno de notas prolijo y minucioso, escrito antes de ir a la cama, ocultado con celo de las miradas indiscretas en uno de los cajones de la almohada de madera en la que la cortesana Sei Shônagon apoyaba la cabeza para dormir. Intercaladas entre otro tipo de anotaciones, abundan largas listas, extensos catálogos de las más variadas experiencias. Cosas inapropiadas, cosas molestas, cosas sorprendentes y perturbadoras, cosas que pierden al ser pintadas, cosas que ganan al ser pintadas, cosas que no pueden compararse, cosas espléndidas. En un recorrido inagotable, Shônagon nos cuenta que acaba de mandar un poema —el envío de cartas es constante entre los amantes—, y luego de que el mensajero partió, encuentra un par de palabras que corregir. Es una noche de primavera y la luna luce hermosa. A vuelta de página, un precepto: no manchar con tinta el cuaderno en el que copiamos relatos y poemas.

Le debemos a Amalia Sato la primera traducción completa al castellano de este clásico japonés del año 1000. Antes de ella sólo existían versiones parciales, selecciones de fragmentos, antologías. Desde su publicación en 2001, por Adriana Hidalgo, nunca abandonó los anaqueles de las librerías. Las ediciones se sucedieron sin pausa. Diecinueve años después, Adriana Hidalgo publica esta edición especial, con dibujos de Lola Goldstein. Los lectores que cosechó desde entonces merecían el regalo de este nuevo objeto para atesorar.

En tiempos de Shônagon, la escritura con ideogramas chinos, con kanjis, estaba reservada a los hombres. El chino era para los japoneses el equivalente del latín para los hombres del Renacimiento. Se consideraba de mal gusto que las mujeres lo empleasen, ni siquiera era bien visto que revelasen conocerlo, como si se tratase de una vanidad inadmisible. La escritura china se aplicaba a los “grandes temas”, como los asuntos de la corte, la historia, la teología, la ciencia y las leyes.

Sin embargo, la mejor literatura de ese tiempo, el período más glorioso de la historia japonesa, fue escrita por mujeres. Al estarles vedado el chino, las mujeres propiciaron un cambio en el sistema de escritura. Estas damas exquisitas, de un gusto refinadísimo, entregadas al ocio, escribían en hiragana, un silabario que les permitía expresarse de un modo más natural que el chino. Amalia Sato señala que “por única vez en la historia conocida de la escritura, aparecen dos sistemas, masculino y femenino, fundados en preferencias estéticas distintas”.

En su traducción, Sato tuvo la delicadeza de dejar algunas palabras mágicas para ser leídas del modo en que se pronuncian en el hiragana original. Por decisiones así su traducción enamora.

Hay que decir que, en rigor, esas palabras no son de Shônagon, ya que el manuscrito de El libro de la almohada desapareció antes del fin de la era Heian en 1185 y, como corresponde a todo libro inmemorial, durante siglos los copistas suprimieron y añadieron fragmentos a las versiones en danza, siempre fragmentarias y dispersas. Se trata, entonces, del hiragana de estos días, tomado de la traducción al japonés moderno de Matsuo Satoshi y Nagai Kazuko. Pero el perfume es el mismo; ha sabido mantener la fragancia de los corredores imperiales, de los jardines cubiertos de nieve, de los ciruelos, de las hojas verdes y frescas de la época del festival, cuando aún no cubren por completo los árboles.

Así, leemos un catálogo de “Cosas odiosas” —una de las enumeraciones más extensas del libro— que protesta por “Un suzuri cuya superficie es tan dura y lisa que el sumi se desliza sin sedimentar nada de tinta”.

Con toda justicia, Sato relega a una modesta nota a pie de página, el sitio de las explicaciones superfluas, la indicación de que el sumi es una barra de tinta y de que el suzuri es una vasija de pizarra que se utiliza para preparar aquella tinta.

 

Sei Shônagon, El libro de la almohada. Edición especial, traducción de Amalia Sato, dibujos de Lola Goldstein, Adriana Hidalgo, 2020, 302 págs.

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