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Un amigo mío observa que después del éxito de la serie de televisión Friends, todo el mundo empezó a salpicar sus diálogos con chistes, por no hablar del abuso de la palabra “like” entre angloparlantes. Si Friends arruinó el arte de la conversación en Inglaterra, un fenómeno televisivo que está amenazando el arte de la novela cómica son los shows de comediantes stand-up. Idiopatía, la primera novela de Sam Byers, es un buen ejemplo del problema. Imaginen que uno va a ver un show en un club de comedia: el comediante principal aparece en el escenario y cuenta sus chistes durante una hora, todo el mundo ríe y se prepara para volver a casa llevándose una buena experiencia. Pero en el momento en que el telón tendría que caer, las puertas se cierran con llave y el comediante sigue contando sus chistes y anécdotas por otras diez horas. Así es la experiencia de leer Idiopatía.
Se podría calcular la cantidad de chistes que hay en el libro: alrededor de un chiste, observación humorística o juego de palabras cada dos líneas, a un promedio de 35 líneas por página y 310 páginas: en total, 5270 chistes. Muchos de ellos son muy buenos, pero cuando todo es chiste, nada es gracioso. El error fundamental de Byers es que no ha dejado espacio para el timing, que es el oxígeno de todo humor. Pero la emulación de los stand-ups no termina allí. En el escenario, todo comediante encarna un personaje inventado: generalmente, un sociópata narcisista con serios problemas en las relaciones afectivas. En su novela, por supuesto, Byers ha inventado varios personajes. Todos son sociópatas narcisistas con serios problemas en las relaciones afectivas, y el lector queda atrapado dentro de sus cabezas durante toda la novela. Está Katherine, una mujer que sólo encuentra placer en incomodar o torturar a la gente que la rodea; Daniel, su ex novio, convencido de que su personalidad real está tan viciada que tiene que esconderla a toda costa; y su amigo Nathan, un ex drogadicto recién salido de un instituto psiquiátrico donde fue internado después de un episodio serio de autoabuso. Nadie se extrañará si digo que este último es el único que muestra rasgos humanos. La acción comienza cuando Nathan contacta a Katherine (de quien está inexplicadamente enamorado) después de su estadía en el instituto (lo que le da una excusa para contactar a Daniel) y termina con su primer encuentro: las 310 páginas están efectivamente dedicadas a los preparativos de esa cumbre y a los recuerdos, preocupaciones y obsesiones que inspira.
Los críticos han elogiado Idiopatía como una sátira de la vida moderna y lo es, aunque no muy original. No hay que buscar mucho en la librería, en el teatro, en la tele o en el cine para encontrar otras sátiras de relaciones sentimentales, intrigas laborales, activistas ecológicos o padres disfuncionales. Y en cuanto al leitmotiv que recorre todo el libro, se trata de una extraña enfermedad que petrifica la ganadería de Inglaterra. Por favor… hay topadoras más sutiles. Lo raro es yo creo que a Byers le interesaba más que nada este último tema: quiso escribir una novela sobre vacas zombis, pero terminó con una sobre zombis emocionales.
Sam Byers, Idiopatía, traducción de Catalina Martínez Muñoz, Siruela, 2014, 310 págs.
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