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El espectáculo del tiempo

Juan José Becerra

LITERATURA ARGENTINA

La idea de que el pasado es algo que nunca termina de ocurrir sugerida por el buffet de un club al que se vuelve al cabo de “mil millones de años”, la exactitud con que se cronometran —y se describen— los videos que registran los encuentros sexuales de una pareja, el diario amoroso de una ruptura interminable o esa escueta historia que concentra, en apenas cuatro páginas, la vida del universo entre una nada y la otra, son algunas de las extraordinarias formulaciones con las que se alude en esta novela a la noción —o a la experiencia— del tiempo. Hay muchas más. Algunas son planas —más lineales, por decirlo así, puro presente o puro recuerdo— y otras se entrelazan en una forma helicoidal: tiempo rulo tiempo rulo tiempo. Y a medida que se avanza en la novela, uno tiene la palpable sensación de enfrentarse, por impulso y efecto de lo que se narra en cada entrada de esta memoria —casi todas encabezadas por la referencia a un año, desde 1844 hasta 2067—, a una faz o una pisada de ese material tan esquivo como dominante. No es un tema de tesis, ningún hecho motiva una reflexión precisa, ningún pensamiento articula o intenta su definición, pero el tiempo es todo y el tiempo está en todo.

Así, como si esa revelación lo guiara, dotado de una fuerte impronta humana aun desde su íntima configuración imaginaria —escucha, piensa y cuenta como un saladeño contemporáneo—, el Chino Guerra, empresario cinematográfico e hijo perpetuo de un padre antológico, pornógrafo de su propia vida privada y dueño de un poder de observación minucioso pero también inteligente, se vuelca a tratar de registrar algo de eso como si los episodios de los que se compone su vida —propios y ajenos, los que se presentan y los que no— fueran más o menos una trinchera, y a la vez una suerte de ofrenda, frente a esa poderosísima entidad que no se suspende y no para. El espectáculo del tiempo es el fruto exquisito de esa intención.

Episódica, fragmentaria y luminosa, incómoda y escabrosa cuando se trata de la sexualidad, representada a través de un montaje en el que las partes tienen la misma importancia que el todo y narrada en un registro en el que conviven —animada tensión— la prosa estilizada del lenguaje literario y el prosaísmo brutal de toda idiosincrasia, la novela consigue jactarse de otro finísimo atributo: quien la lea podrá sentir que está frente a una especie de álbum personal pero de fuerte impacto colectivo, y que cada secuencia narrativa es la formulación de una visión reminiscente, como si las palabras, más que los relojes, fuesen los instrumentos más aptos que el hombre haya creado para captar, y no para medir, el paso del tiempo.

Si un espectáculo es aquello que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer nuestra atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos, nobles o no, aquí, sin duda, nos encontramos con uno.

 

Juan José Becerra, El espectáculo del tiempo, Seix Barral, 2015, 480 págs.

18 Jun, 2015
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