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La hierba de las noches

Patrick Modiano

OTRAS LITERATURAS

Si En el café de la juventud perdida era el ejemplar más melancólico de un género casi inexistente —la novela situacionista de misterio—, La hierba de las noches es la continuación por otros medios del fragmento de autobiografía que Modiano desplegó hace tiempo en Un pedigrí. Una vez más, el escritor monta con agilidad el trípode que sostiene sus ficciones: la psicogeografía de un París clandestino y espectral, mujeres misteriosas que a veces son meras esfinges sin secreto y un narrador al borde de la ensoñación o de la amnesia que recoge, sin preguntar de dónde vienen, los regalos modestos de la memoria involuntaria. Allí donde acababa la autobiografía renuente, empieza ahora el relato de una vida soñada. Para reconstruirla, el narrador cuenta con un viejo cuaderno de notas; para esclarecer sus enigmas, con el informe que un detective empático le entrega décadas después de que se haya cerrado el caso policial que rozó los años de su juventud.

Como siempre en Modiano, la prosa es límpida y funcional a la relativa inanidad y el delicado misterio de los sucesos que narra, pese a que aquí gravite el affaire Ben Barka y esté en juego, por lo menos, la muerte de un hombre, tal vez a manos de la mujer amada. “No se me dan bien las metáforas”, nos confesaba en Un pedigrí. Y eso explica, quizá, la banalidad de las que emplea esta vez —el pasado como un mensaje escrito en código morse a ser descifrado más tarde, por ejemplo—, pero no la poesía sigilosa que nunca está ausente en sus libros. Bajo la falta de profesión definida, el narrador esconde una muy concreta vocación de escritor en ciernes. Y si se deja olvidado un manuscrito en una casa de campo, en sus derivas urbanas va bien acompañado por una comparsa de fantasmas literarios: la baronesa Blanche —una aventurera veinteañera guillotinada en 1794—, la Venus negra de Baudelaire Jeanne Duval, Tristan Corbière y sus amigos, Charles Cros y su perro Satin. Hay incluso una alusión cifrada a Restif de La Bretonne, flâneur nocturno antes de toda flânerie, y un encuentro bien real con el poeta Jacques Audiberti. El narrador, por si fuera poco, dice haber encontrado en La eternidad por los astros uno de sus libros de cabecera. ¿Gravita aquí la tesis de que todo ser humano es eterno, como quería Blanqui, en cada uno de los segundos de su existencia? Aunque afirme un eterno retorno de sucesos levemente desajustados, a Modiano lo guía un sentimiento acusado de la caducidad, una sensibilidad extremada respecto de las personas y las cosas a punto de desaparecer. Arqueólogo de los “gestos que eran cotidianos y ya han quedado abolidos”, el narrador evoca a los cafés con nombres más antiguos que los que entonces ostentaban. Descubre en recodos de París el paisaje de una ciudad de provincias o de un pueblo invernal de montañas, u hoteles con esa clase de cortinas negras que, en tiempos de la guerra, impedían que la luz se difundiera, de acuerdo con la consigna de la Defensa Pasiva, y a su vez especula que el despacho de policía adonde espera ser interrogado pueda ser el lugar exacto en que se ahorcó Gérard de Nerval. Nido de aventureros dieciochescos, capital del siglo XIX, botín de la ocupación alemana, caja de resonancia de las atrocidades coloniales…, Modiano descubre los diversos estratos de París en París, como Troyas debajo de Troyas. Pero no hay épica del tiempo recobrado —para el narrador, pasado y presente apenas se distinguen— ni mero afán de documentación —todo está al servicio de una vida imaginaria—. Por eso la frase inicial de la novela, que bien podría ser la última, refrenda el onirismo del relato al tiempo que dice negarlo: “Sin embargo, no lo he soñado”.

 

 

Patrick Modiano, La hierba de las noches, traducción de María Teresa Gallego Urrutia, Anagrama, 2014, 168 págs.

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