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Para atravesar y sobrevivir la ráfaga del invierno

Charles Reznikoff

OTRAS LITERATURAS

El primer libro traducido en la Argentina del poeta estadounidense Charles Reznikoff es una suerte de ensayo bajo forma de poesía. Deja sin aliento al lector capaz de pensar en ese autor que está y no está, en una Nueva York helada y desértica retratada con mano maestra en estampas diversas. En Nueva York y, a la vez, en todas las ciudades donde la experiencia urbana es un real que nombra esa experiencia y otra cosa, acaso más radical, más violenta y más silenciosa en su corrosión permanente de las ilusiones a las que la intemperie somete a personajes, individuos, sujetos o testigos, como se prefiera. En edición bilingüe, Para atravesar y sobrevivir la ráfaga del invierno —con selección, traducción y notas a cargo de Celeste Soresi y Mariela Montero— es iniciativa y logro y, si se quiere, revisión de la tradición objetivista, que Reznikoff compartió con Louis Zukofsky, George Oppen, William Carlos Williams y Lorine Niedecker (y que tiene epígonos locales, algunos notables). Casi todos eran neoyorquinos y judíos, nacidos a finales del siglo XIX o principios del XX, fallecidos —casi todos— en la década del setenta. Con objetivistas se quiere decir que eran (como en la Argentina lo son Oscar Taborda y Daniel Durand) “realistas”, objetivos en el sentido del que ignora deliberadamente el protocolo de conceder razones que reproduzcan vis-à-vis la ideología que atraviesa esos versos: tanto que algunos etiquetaron esa producción como “poesía social”. Pero no: es otra cosa. El transporte rítmico, que impulsa el verso, está vacío, sólo es transporte de sí. La mirada es profundamente singular y el lenguaje transporta, cierto, pero no alcanza. Esa vacancia se cura con palabras justas, que “acuerdan” con el pensamiento y así dialogan con la filosofía y la política. Esas palabras, las de Reznikoff, son las palabras de todos, las palabras de la tribu.

El poema, planteado casi como un paseo, carece de toda inocencia, encabalga la ironía como un elemento discreto más, no se deja atrapar ni por el “tema” ni por la “forma”, pero algo de su humor negro se traslada, se deja oír, late. Y late desde un principio: “Salmón y vino tinto / y una torta suculenta con pasas de uvas y nueces: / ninguna dieta para un escritor de versos / que debe aprender a ayunar / y beber agua con mesura”. Porque “aquellos de nosotros sin casa ni tierra / que partimos mañana / debemos mantener nuestro equipaje liviano”. El viaje a ninguna parte es el recorrido por esa ciudad enorme, páramo de hormigón y cristal que resguarda sin nombrar la experiencia de lo urbano. Los materiales del texto son las palabras y lo que resuena, rebota, refracta de lo real que no deja de insistir; un materialismo del lenguaje que invierte la idea, deudora del romanticismo, de que bajo los adoquines hay una playa, un fondo, una sustancia, un fundamento, un origen. Pues nada: hay nada. “Una fila de monoblocks, ventanas tapiadas; / una fábrica vacía, ventanas rotas; / una ladera de hojas muertas, yuyos muertos, / viejos diarios y latas oxidadas. / Ahora viene un grupo / en ropas viejas y zapatos rotos / que dicen cortésmente, / ¿El camino, señor? Si no le importa / díganos / el camino, por favor”. Sigue la noche, la noche en los bares, la noche de los expulsados y los mendigos, la noche adentro de un subte, la noche de los bichos encarnizados con los restos cuando nadie, ningún bípedo implume los pone en riesgo. En primera o en tercera persona, la ronda de los otros se hace impersonal, definitivamente masa sin poder.

Reznikoff rompe el lazo entre núcleo sintáctico y métrica; el verso afirma su identidad montándose al verso sucesivo para intentar atrapar aquello que en el procedimiento arrojó fuera de sí, y en la sucesión figura la imposibilidad de atraparlo (y más aún de reflejarlo). No lo atrapa ni siquiera cuando retorna a la primera persona, la que denuncia el agujero de lo irrepresentable, digna representante de un hombre capaz de estudiar la masacre de los suyos en los campos de concentración nazis y de “engañar” a sus contemporáneos con ese realismo socialista, lugar común de la militancia más obsecuente y canalla.

 

Charles Reznikoff, Para atravesar y sobrevivir la ráfaga del invierno, selección, traduccn y notas de Celeste Soresi y Mariela Montero, Luz Mala, 2013, 34 págs.

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