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Parece imposible escribir sobre Drieu La Rochelle sin hacer mención a sus actividades colaboracionistas durante la segunda guerra mundial o de su suicidio, como si esos detalles de la biografía —que no son para nada detalles, porque parecieran una inclinación subjetiva que viniera cocinándose desde inclusive más atrás y que no se confunden con una simple decisión oportunista del momento o un acto impulsivo— fueran una fuerza centrípeta que se tragara toda la obra e impidiera en definitiva leer. Difícil valorar su obra sin agregar una adversativa que la matice, un adjetivo que la sancione o una disclaimer que establezca una distancia ideológica segura entre el autor y el lector. Complicado por lo tanto leer sus textos sin que estos no sean reducidos a la triste categoría de documento de época o de genealogía del presente (si alguien no escribió un “Drieu La Rochelle y el ascenso de las nuevas derechas” lo debe estar haciendo en este momento).
Sin embargo, la obra, con sus arrebatos confesionales, sus juicios altisonantes y su compleja coherencia ética, pareciera propiciar algunas de esas lecturas extraliterarias. Pero —parafraseando a Aira— sería un error leer a Drieu para pasar por buena persona o por responsable. Al contrario, sería interesante leer a alguien un poco más amoral analizando su obra, alguien que enfatice la fascinación que su estilo produce, la seducción peligrosa a la que nos conduce, las simpatías inmorales que suscita en nosotros; alguien que construya un lenguaje que permita explicar la obsesión casi arcaica de su autor por un mal que no puede entender, pero también alguien que pueda articular esa tendencia autodestructiva con una cierta pesadez histórico-epocal que lo corroe sin que eso redunde en sociologismos de rigor, lecturas psicológicas truchas o juicios morales para la tribuna.
¿Se puede hablar entonces de los procedimientos de Relato secreto, su retórica taxativa y su memorialismo oscuro, sus regodeos narcisistas llenos de patetismo y su obsesión cuasi hipnótica por la nada, sus saltos vertiginosos de Baudelaire al pensamiento hindú o su desprecio aristocrático por las multitudes sin caer en un trivial formalismo que olvide las consecuencias efectivas que todo esto tuvo en la vida de su autor pero que tampoco reduzca su contenido a pseudo-explicaciones causalistas que se desentiendan del modo en que el propio texto pide ser leído, esto es, un relato? Es obvio, si leemos que alguien escribe: “Miré el cuchillo. Nunca antes había mirado un cuchillo. Comprendí de golpe todo lo que había en el acero. Algo que había manejado todos los días, sin saber, algo que había sido tabú en mis manos. El misterio durmiente de los objetos a mi alrededor de a poco se revelaba (…) Tanteaba con el extremo del dedo la punta, la tanteaba y la sentía. Empujé suavemente, empujé más fuerte. Empezó a doler y me detuve. Volví a empezar más fuerte bajo un nuevo impulso de curiosidad, de deseo. El dolor cambió de repente de carácter, se volvió más concentrado, más agudo y una gota de sangre brotó. Me quedé boquiabierto: así que era posible. Por primera vez, miraba mi sangre, sin llorar, sin retroceder. No sin miedo. No obstante, aceptaba mi miedo, me adaptaba a él, quería domarlo, identificarlo en mí con otra cosa”.
Y luego sabemos que el individuó en cuestión se suicidó. Decimos “claro”, pero eso no explica por qué ese pasaje es formidable o por qué de hecho nos emociona. Relato secreto es la confesión de una fuerza exuberante que atosiga al autor desde su niñez y que vuelve —si le creemos, si lo leemos bajo el más estricto pacto autobiográfico— inclusive ociosa la explicación del suicidio posterior como forma de arrepentimiento y acuse de recibo de su participación política. Sin embargo, es también algo más, algo que nos hace olvidar de todo lo anterior y nos hace ir gozosamente más allá del referente: es el relato de una forma de vida inédita que busca su expresión adecuada, de un intento vacilante y digresivo para volverse inteligible a sí misma, de un secreto descubierto tempranamente que intoxica la vida sin medida y sin solución, pero que convierte a dicho sujeto, entre sufrido y arrogante, en un personaje memorable.
Si leemos Relato secreto haciendo abstracción de todas las presiones hermenéuticas que nos ejerce el historicismo, no perdemos nada de su efecto. Pero si leemos Relato secreto sabiendo que existen —como de hecho lo sabemos— todas las ignominias en las que el personaje recayó, entonces el texto, lejos de impugnarse ante nuestros ojos, se nos vuelve endemoniadamente más fascinante.
Pierre Drieu La Rochelle, Relato secreto, traducción de Raúl A. Cuello, prólogo de Guillermo Piro, Partícula, 2025, 102 págs.
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