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Unas pocas palabras, un pequeño refugio

Kenneth Bernard

OTRAS LITERATURAS

Cada uno de los relatos de Kenneth Bernard parece elaborado a la sombra de una tesis artificial, simulada. O quizás haya que invertir los términos (como a menudo hace Bernard) y decir que los relatos de Unas pocas palabras, un pequeño refugio producen por efecto pequeñas teorías que toman como objeto desde las bibliotecas hasta los animales, pasando por las notas a pie de página y los hijos.

Bernard es un escritor que por momentos pareciera operar al modo de un artista conceptual, produciendo piezas sintéticas que guardan un relato mayor (que deberá escribir otro). Aunque quizás el principal rasgo de la escritura del autor neoyorkino sean sus continuas especulaciones. El valor diferencial —eso que justifica su presencia, al decir de ciertos críticos— pareciera ser la predilección por enumerar argumentos, hacer listas de explicaciones, darle vueltas al tema de estudio hasta llegar a un punto inesperado. La de Bernard es una escritura límpida y precisa que procede por contradicciones, desdiciéndose, haciéndole lugar a cierta reflexión metafísica. “Tal vez todas las cosas a la larga toman un giro metafísico”, escribe en el relato “Matamoscas”.

Tres cruces con Samuel Beckett. A lo largo de los relatos se encuentra presente la pregunta por la extinción (motivo beckettiano fundamental), pero también por ciertas formas de la degradación. Al igual que el autor de Molloy, Bernard es proclive a las repeticiones, a las insistencias, a punto tal que termina escribiendo: “temo que me repito (pero ¿qué otra cosa puedo hacer?)”. Por último, puede pensarse que los textos tienen un efecto de comicidad (al modo en el que se entiende un gag en Beckett, basta recordar a Vladimir y Estragon). A partir de este punto de lectura, sería pertinente aclarar que no son pocas las veces que un lector puede escuchar ecos de César Aira en la escritura de Bernard (y por consiguiente, de Beckett en Aira).

En el libro editado por Fiordo (primera traducción al castellano de sus cuentos, antes había sido traducida en España su novela Entre los archivos del distrito), se destacan dos textos que combinan organicidad temática con derivas mentales inconsecuentes. Se trata de “Murciélagos” y “Foxtrot y otras cuestiones”. En el primero el autor se pregunta: “¿Cuál es el método adecuado para matar un murciélago?”. Rasgo distintivo del libro es que da un lugar central a los animales y bichos, incluidas referencias que a menudo hacen pensar en una especie de tratado de sociología animal. En el segundo caso leemos una pequeña anécdota sobre Liubov Popova que deriva en una reflexión modesta y luminosa sobre las pequeñas cualidades insignificantes.

Es conocida la anécdota según la cual un día, cuando Mark Rothko iba a salir a la calle, el portero le dijo que se cuidara de la tormenta, a lo que el pintor respondió: “Hay una sola cosa de la que debo cuidarme: de que un día el negro se trague al rojo”. Casi como si Bernard se probara el traje del expresionista abstracto, escribe en su relato “Flâneur”: “¿notaste que el silencio es cada vez mayor, que lentamente pero sin respiro nos está tragando?”. Quizás ese sea el punto insondable contra el que arremete una y otra vez Bernard, aquello que no sabemos cómo llamar, que no tiene nombre, pero que se traga todo.

 

Kenneth Bernard, Unas pocas palabras, un pequeño refugio, traducción de Salvador Cristofaro, Fiordo, 120 págs.

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