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Como si pasara un tren

Lorena Romanín

TEATRO

A contrapelo de buena parte del panorama actual porteño, sin pretenciosas vueltas de tuerca, sin guiños al espectador, sin autorreferencialidad, Como si pasara un tren muestra de manera ejemplar todo lo que se puede hacer con tres grandes actores, una obra excelentemente estructurada, diálogos inteligentes y una escenografía y puesta en escena al servicio del drama. En ese sentido, la representación da cuenta de las nupcias felices entre el teatro y el drama, un hecho poco frecuente desde principios del siglo XX, tal como ya lo había señalado tempranamente Lukács en su Historia evolutiva del drama moderno.

En sesenta minutos de una intensidad imparable, con una sutil y enorme comicidad, con momentos de tremendo dramatismo, vemos desarrollarse los vínculos de Juan Ignacio (Guido Botto Fiora), su madre Susana (Silvia Villazur) y su prima Valeria (Luciana Grasso). Valeria llega desde la capital a pasar unos días con su primo y su tía, que viven en una pequeña ciudad del interior. La obra rechaza cualquiera de los motivos fáciles de la oposición campo/ciudad: menosprecio de corte, alabanza de aldea, así como el desprecio de la vida rural desde una perspectiva superada del habitante del mundo urbano. Por el contrario, la visita genera pequeñas tensiones y grandes cambios tanto en la vida de los personajes de la pequeña ciudad como en la prima citadina que llega de visita. En este marco, se desarrollan los conflictos de Juan con su padre ausente, con su madre presente y con su prima visitante, así como los conflictos de Vale con su madre ausente y su tía presente. En los conflictos con los personajes ausentes, la obra hace un gran trabajo con el “fuera de escena”.

Cuando finaliza la pieza, ninguno de los tres personajes es el mismo. De todos, Juan es quien realiza los cambios más significativos, pues en el marco de una dramaturgia minimalista logra salir del hogar y dar los primeros pasos en una especie de novela de educación, cuya contracara es el aprendizaje de Susana, que debe transitar el aprendizaje y la módica, progresiva independencia de su hijo. En este vínculo, que a su vez pone en juego la paradoja de la educación, la conquista de la autonomía que debe estar mediada por la heteronomía, Vale funciona como mediadora entre la autoridad de la madre y los deseos del hijo, que —según la ocasión y las contingencias— pueden o no cumplirse y producir desdichas o satisfacciones. De este modo, la obra recupera la buena vieja tradición de los conflictos domésticos y cotidianos, que comenzó a indagar el teatro del siglo XVIII y aún está presente en gran parte del mejor cine actual.

 

Como si pasara un tren, dramaturgia y dirección de Lorena Romanín, Camarín de las Musas, Buenos Aires.

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