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Parlamento

Piel de Lava

TEATRO

Por razones de tácito conocimiento, la obra Parlamento del grupo Piel de Lava, que estrenó en junio del año pasado como una sátira sobre un probable futuro esquizoide, hoy se nos presenta más cercana a una lupa incómoda e impiadosa de nuestro inmediato presente, especulativo y espectacular. En las instalaciones de Arthaus Central, cuya blancura y ascetismo remiten primero a un museo de arte moderno, la pieza se tensa hasta el disparate y, aunque se presenta a la manera de una puesta en proceso, Parlamento ya es cabal.

Abajo, en la Tierra, hay disturbios, caos y sobre todo (oh, actualidad), fuego. Arriba, en el escenario, el parlamento que representa a la humanidad se transmite en vivo por internet. Entre sus miembros destacan tres mujeres legisladoras de distintas nacionalidades, una presidenta y un músico.

Además, se encuentran presentes dos asistentes, conocidos como “cromas”, interpretados por las propias legisladoras. Estos trabajadores son la tercera generación de cromas, lo que nos sugiere un futuro distante y, al mismo tiempo, revela la persistencia del determinismo y la servidumbre de clases. Están ataviados con trajes verdes y se encargan de diversas tareas para las políticas: desde colaborar en la producción de spots de campaña, hasta servir té y ocuparse de la limpieza, todo mientras se funden discretamente con el fondo y pasan desapercibidos en la transmisión.

Menos hiperbólica de lo que querríamos, Parlamento pone en colisión cuatro discursos de la derecha actual: el de la Ley escrita y su estricto cumplimiento (Pilar Gamboa); la defensa férrea de un supuesto derecho a autopercibirnos en guerra (Valeria Correa); la restauración edilicia, incesante y helénica (Elisa Carricajo); y, por último, una sospechosa filosofía del deseo (Laura Paredes): no el deseo lacaniano, sino el del mindfulness que cultiva a un Yo ingenuo, solipsista, y pasa por alto cualquier variante económica, cultural o social.

Las luchas por el poder se entrelazan, resonando con la perspicacia de Hannah Arendt sobre el papel de la soledad en el surgimiento del autoritarismo. Los personajes de Parlamento encarnan esta soledad megalómana en diversas formas, todas edificadas sobre justificaciones aparentemente altruistas, pero siempre supeditadas a perversos móviles personales. Las cuatro Piel de Lava representan también varias modalidades del habla castellana, en cuatro tipos de acentos (gallego, italiano, venezolano, brasileño), de los que aprovechan sus propias muletillas, fonéticas y simbólicas, para argumentar sus despropósitos. Con las demostraciones de sus extraños esfuerzos por ayudar a la humanidad incendiada y las aparentes mejores intenciones, los cuatro discursos se desinflan por su propia ineficacia y comienzan a patinar sobre sí mismos.

Así como el capitalismo contiene en su interior al anticapitalismo, cualquier dislocamiento de la realidad, una rebelión masiva abajo en la Tierra o el reclamo laboral de los trabajadores cromas ya están presupuestados en el sistema galáctico. Mientras que la presidenta del Parlamento decide transmutarse, deviniendo al final en una inteligencia artificial domada y correcta, asuntos más estructurales como la desigualdad histórica se resuelven con una simple canción ecuménica, englobadora de todos los himnos e interpretada por el fantástico Zypce. La Doxa tranquiliza; es fácilmente transmisible, replicable. Pensemos en el lenguaje burocrático y en el lenguaje del mercado; pero también en el (bastante mediocre, por ahora) ChatGPT, e incluso en ciertos lenguajes periodísticos, políticos, académicos, que han encontrado sus propias formas de replegarse huecamente. El sentido común, que todo lo absorbe y todo lo regresa hecho una mercancía, sólo puede ser desafiado mediante la incomunicación y mediante el vaciamiento de la referencialidad —hasta alcanzar la limpidez de lo genérico — que sucede, por ejemplo, en Final de partida, y que resuena en la obra de Piel de Lava.

La dramaturgia de Beckett supera negativamente la dialéctica amo-esclavo, haciendo emerger del vacío algo absolutamente extraño que no puede ser asimilado por el capital. La resistencia semántica reside, a lo mejor, en esta creación de objetos herméticos y oscuros que sean incapaces de ser regurgitados.

En Parlamento, la dialéctica negativa brota de la incomodidad del cuerpo: soluciones físicas, exabruptos onomatopéyicos, tics nerviosos y lenguales. Si el teatro es el lugar por excelencia en donde el lugar común debe masacrarse, Parlamento es una carnicería verbal que, sentados en las butacas, nos exalta y nos hace desternillarnos de la risa, pero que saliendo del teatro y luego de confirmar su argumento en la realidad inmediata, nos hiela y desalienta.

 

Parlamento, dramaturgia y dirección de Piel de Lava, Arthaus Central, Buenos Aires.

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