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TEATRO

Desde fines del siglo XIX, muchos son los teóricos y críticos que han anunciado la exclusión del drama del ámbito del teatro, que vaticinaron que el escenario habría de limitarse únicamente al espectáculo. Tendrían que haber sido encarcelados hasta que se cumpliera la profecía, tal como hacían en Egipto con aquellos adivinos que anunciaban catástrofes naturales o cualquier otro género de desgracias. Los dioses benevolentes se han apiadado de nosotros y nos han librado de esa condena.

Gurisa es un espectáculo excepcional, que no ha eliminado el conflicto dramático. La coreografía de Valeria Narvaez, el vestuario realizado por Daniela Taiana —y que destaca la ambigüedad genérica—, las actuaciones y el desempeño vocal y corporal de los actores-bailarines —Pablo Palavecino, Marcelo Estebecorena, Fred Raposo, Francisco Bertín, Juan Azar y Nicolás Deppetre—, la iluminación y los juegos de luces de Omar Possemato y Valeria Junquera, la utilización de la música y el sonido a cargo de Javier Estrin, todo es excelente. En nada encontramos el gusto por el virtuosismo ni la pedantería ni la grandilocuencia. Todo apunta, en cambio, a ofrecer al espectador un espectáculo sensorial orgánico gratificante e intenso.

La trama se inscribe en la ya algo larga tradición del criollismo queer, que se remonta al menos hasta 1949, cuando se estrena la mítica Vidalita, de Luis Saslavsky, y que incluye entre sus autores más importantes al Copi de Cachafaz. En los conflictos de género no están ausentes, por cierto, las diferencias de clases, con sus disputas y sus modos propios de producción de deseo.

En un lugar de la pampa de cuyo nombre no quiero acordarme, diversos personajes viven múltiples historias de amores pasionales más o menos prohibidos, que se cruzan con mandatos familiares más o menos coercitivos y con historias de fronteras y exilios más o menos forzados. Entre ellas, destacan la disputa entre un gaucho y un indio por una mujer, la historia conflictiva de dos hermanas —una que ha permanecido al cuidado de la estancia familiar, mientras que la otra ha huido hacia Inglaterra por un amor prohibido— que se echan en cara sus frustraciones y ven la desgracia en el propio destino y la dicha en el de la otra, y la vida amenazada de una vieja bruja que amenaza con volver de la muerte.

El drama es así de carácter fragmentario, y ese mundo pampeano árido y hostil se va componiendo de retazos de historias, de intensas situaciones, de fracciones de conflictos, de deseos realizados o frustrados e incluso de muertes. Así, Gurisa ofrece al espectador un drama renuente e intenso en la forma de un espectáculo placentero para los sentidos.

 

Gurisa, dramaturgia y dirección de Toto Castiñeiras, El Portón de Sánchez, Buenos Aires.

22 Jun, 2017
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